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Seis años

Javier Negre ha pasado en apenas seis años de recorrer España con un pequeño equipo y una cámara a construir un proyecto periodístico con presencia a ambos lados del Atlántico. Se puede estar de acuerdo o no con él. Lo difícil es negar el recorrido

En 2020, cuando la pandemia todavía había convertido España en un territorio extraño, invité a Javier Negre a Ourense.

Lo hice por una razón bastante sencilla: preguntaba cosas que otros periodistas no preguntaban.

No significaba necesariamente compartir todas sus respuestas. Ni siquiera compartir todas sus preguntas. Significaba reconocer algo que siempre me ha parecido esencial en este oficio: el periodista tiene que acercarse a la verdad precisamente por aquellos lugares por los que resulta incómodo transitar.

Negre estaba entonces al frente de Estado de Alarma TV. Vino a Ourense con Cristina Seguí y un pequeño equipo de periodistas. Entre quienes empezaban a moverse alrededor de aquel proyecto estaba también Vito Quiles. Eran los comienzos. No había grandes despachos, ni corresponsalías internacionales, ni presidentes americanos, ni fotografías con jefes de Estado.

Había una cámara.

Y había ganas.

El programa se hizo en El Cercano, un pequeño espacio cultural de Ourense. Quienes estábamos allí podíamos intervenir. Preguntar. Discutir. Aquello tenía algo del periodismo anterior a los grandes estudios: proximidad, improvisación y conversación.

Recuerdo especialmente una cosa de aquella noche. Negre quería que el programa saliera bien. No aproximadamente bien. Bien

Se enfadó con un cámara contratado en Ourense porque consideraba que no estaba grabando correctamente. Podía parecer una cuestión menor. No lo era. Cuando alguien está empezando y dispone de pocos medios, cada plano importa. Cada error pesa mucho más que cuando detrás existe una gran estructura capaz de corregirlo todo.

Terminó el programa. Durmió aquella noche en una casa de mi propiedad y al día siguiente salió hacia otra provincia para continuar trabajando.

En algún momento de aquellas conversaciones me dijo algo que entonces podía parecer una mezcla de ambición y temeridad:

—En seis años montaré una buena empresa.

Yo le dije que creía que podía conseguirlo.

Han pasado seis años.

Por eso quizá merezca la pena detenerse un instante.

No para decidir si Javier Negre nos gusta o nos disgusta. Tampoco para convertirlo en ejemplo de nada. Simplemente para observar el recorrido.

Porque algunas biografías profesionales se comprenden mejor mirando el punto de partida.

Negre continuó trabajando en España. Estado de Alarma fue creciendo, cambiando y convirtiéndose finalmente en EDATV. A su alrededor aparecieron periodistas y comunicadores jóvenes. Algunos encontraron allí una primera oportunidad. Vito Quiles, que estaba en aquellos comienzos, acabaría convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles de ese ecosistema informativo.

Pero el movimiento decisivo llegaría después.

Argentina.

La victoria electoral de Javier Milei abrió un escenario político nuevo en Hispanoamérica y Negre comprendió muy pronto que allí estaba ocurriendo algo que podía trascender las fronteras argentinas.

Eso también pertenece al periodismo. Llegar es importante. Saber cuándo hay que llegar lo es todavía más.

Muchos periodistas viajaron después a Argentina. Muchos medios descubrieron después el fenómeno Milei. Negre apostó por aquel territorio cuando todavía estaba configurándose el nuevo mapa.

Fue un trampolín. Pero los trampolines solamente sirven a quien decide saltar.

Argentina le permitió ampliar contactos, relacionarse con dirigentes políticos, empresarios, periodistas y nuevos públicos. El proyecto dejó progresivamente de mirar exclusivamente hacia España y comenzó a imaginarse dentro de un espacio informativo mucho mayor: el mundo hispanohablante.

Después llegaron otros países. Colombia, Estados Unidos. La expansión de La Derecha Diario. La construcción de una red de medios y colaboradores con vocación internacional.

Y algo que resulta especialmente significativo: el periodista que unos años antes recorría provincias españolas con un pequeño equipo comenzó a aparecer en escenarios políticos donde se decidían algunas de las grandes conversaciones ideológicas del continente americano.

Se puede discutir su estilo. Naturalmente. Negre practica un periodismo de intervención. No pretende esconder sus posiciones ideológicas. Utiliza las redes sociales como prolongación de su actividad periodística y empresarial. Polemiza. Responde. Ataca cuando considera que ha sido atacado. Sus publicaciones pueden alcanzar tonos que un periodismo más clásico nunca utilizaría.

Todo eso forma parte del personaje público y debe formar parte también de cualquier retrato que pretenda ser mínimamente serio.

Pero reducir su trayectoria a sus excesos verbales sería tan insuficiente como escribirla únicamente desde la admiración.

Hay otra cuestión más interesante.

¿Cómo se construye un medio desde casi nada en un momento en que los grandes medios atraviesan una crisis económica, tecnológica y de credibilidad?

Esa es, probablemente, la pregunta que convierte la historia de Javier Negre en algo periodísticamente relevante más allá de Javier Negre.

Durante décadas, el itinerario profesional estaba bastante claro. Un joven periodista intentaba entrar en un periódico, una radio o una televisión. Después esperaba. Ascendía lentamente dentro de una estructura creada por otros.

Internet destruyó ese itinerario.

Ahora un periodista puede convertirse también en empresario, creador de audiencia, productor audiovisual y distribuidor de sus propios contenidos.

Negre pertenece plenamente a esa nueva generación.

No pidió una silla. Construyó la suya.

Y cuando aquella silla empezó a quedarle pequeña, intentó construir una mesa. Puede gustarnos la mesa o no. Pero existe.

Hay además una paradoja interesante en su trayectoria. Mientras una parte del periodismo tradicional lo ha tratado como un intruso, sus movimientos han ido introduciéndolo precisamente en algunos de los lugares de los que supuestamente debía permanecer alejado.

Y ahí aparece una imagen reciente que resume bastante bien esa contradicción.

El rey Felipe VI saluda a Javier Negre durante un acto institucional en Colombia. Una fotografía. Nada más. Y, sin embargo fue suficientes para provocar polémica en España.

Quizá porque las fotografías institucionales tienen una capacidad extraordinaria para revelar algo que no aparece en la fotografía.

Negre había llegado. No significa que hubiera vencido a nadie. No significa que hubiera vencido a nadie. Significa simplemente que estaba allí. La cuestión interesante no era el saludo del Rey. Era el camino recorrido hasta llegar a aquel saludo. Desde aquel pequeño local de Ourense hasta Colombia.

Desde una cámara contratada para hacer un programa hasta un grupo de comunicación que busca extenderse por distintos países.

Desde Estado de Alarma TV hasta EDATV y La Derecha Diario.

Y desde España hasta Argentina y Estados Unidos.

Marcos de Quinto lo resumió recientemente destacando precisamente algo que a veces queda oculto bajo las polémicas: un joven que, con escasos recursos y sin la estructura de los grandes grupos tradicionales, está construyendo una empresa de comunicación en América.

No hace falta compartir las ideas de Javier Negre para reconocer el mérito empresarial de haberlo intentado.

Y mucho menos para reconocer un elemento que cualquier periodista debería conservar: la voluntad de preguntar.

Aquello fue precisamente lo que me interesó de él cuando lo invité a Ourense en 2020.

Preguntaba. Preguntaba asuntos que otros evitaban. A veces la pregunta podía molestar. Pero una de las funciones del periodismo consiste exactamente en eso.

El poder nunca necesita periodistas que formulen preguntas cómodas. Para esas preguntas ya existen los departamentos de comunicación.

El periodista empieza a ser necesario cuando alguien preferiría que permaneciese callado.

Naturalmente, esa concepción del oficio también contiene peligros. La búsqueda de la incomodidad puede convertirse en espectáculo. La contundencia puede degenerar en estridencia. La velocidad de las redes sociales puede empobrecer el matiz. Y un medio construido alrededor de una personalidad fuerte corre siempre el riesgo de confundir información, opinión y combate.

Ese será uno de los desafíos de Negre en los próximos años. Porque crear un medio es difícil. Convertirlo en una institución es muchísimo más difícil. La primera etapa necesita audacia. La segunda necesita credibilidad. La tercera necesita tiempo. Negre tiene la primera. Ahora tendrá que conquistar las otras dos.

Conozco además su relación con este periódico desde otro lugar. Colaboro todos los meses en Tribuna de El Debate, con texto e ilustración, y por eso me interesa especialmente una cuestión que trasciende nombres y posiciones políticas: qué está ocurriendo con el periodismo español y hacia dónde se dirige.

Los periódicos tradicionales y los nuevos medios digitales no pertenecen ya a mundos completamente separados.

Se observan. Compiten. Se critican. Y también se necesitan.

Los primeros poseen historia, estructura, firmas y una cultura periodística acumulada durante décadas. Los segundos han aprendido a moverse con una velocidad extraordinaria, a conversar directamente con sus audiencias y a atravesar fronteras sin pedir permiso a ninguna rotativa.

Probablemente el periodismo que sobreviva será capaz de aprender de ambos mundos.

Por eso vuelvo mentalmente a aquella noche de 2020.

El Cercano.

Ourense.

Una mesa.

Unas botellas de agua.

Ordenadores.

Un pequeño equipo.

Una cámara.

Cristina Seguí.

Javier Negre inclinado sobre su ordenador, pendiente de que todo funcionara.

Y un hombre que todavía no había construido aquello que decía que iba a construir.

—En seis años montaré una buena empresa.

Han pasado seis años.

Buenos Aires apareció después.

Después Colombia.

Después Washington.

Vendrán probablemente otros lugares.

No sé hasta dónde llegará Javier Negre. Nadie puede saberlo. Tampoco sé cómo será dentro de otros seis años el proyecto que entonces comenzaba a construir.

Pero sí sé una cosa.

Cuando miro aquella fotografía tomada en El Cercano y después observo las imágenes actuales, comprendo que la historia no está en ninguna de las dos fotografías.

Está en el espacio que existe entre ambas.

Porque, al final, no importa la silla.

Importa el recorrido.

El Debate

  • José Rivela Rivela es profesor de artes en el IES de Celanova (Orense)