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En primera líneaÁlvaro de Diego

El estilo del velocista

En un tiempo caracterizado por encapsular necedades en una hoguera fugaz de dopamina sorprende recuperar sus chispazos de ingenio. Sus «chirloras», a juicio de su amigo Ramón Gómez de la Serna, hicieron de Miquelarena uno de los grandes más gregueristas

En aquel tiempo los diarios te abrían ficha policial y uno les correspondía desencadenando marejadillas de celulosa. Te obsequiaban con tinta para las yemas de tus dedos delincuenciales, con los que perpetrabas lentas olas de papel a cada par de páginas. Según Manuel Alcántara, el género entonces más humilde del periodismo, el pie de foto, era también el más leído. Se lo había descubierto Tono: las cosas cortas se leen siempre, pero muy pocos han leído El Quijote. Desde Roma (Cave canem) todo el mundo lee esos letreros que dicen: 'Prohibido fumar', 'No fijar carteles' o 'Salida de emergencia'. Por eso, el periodista y el profesor deben recuperar a esa generación que veló armas literarias en los periódicos desde los años treinta del pasado siglo. Ahora que el fulgor capcioso de las pantallas ha hecho del papel un sarcófago impenetrable de letra muerta. Fue aquella una legión de escritores de tertulia y saldo, inédita por alcanzar la autosuficiencia y legar un articulismo literario de tan descomunal factura artística como público lector. Plumas de peso, que no pesos pluma de la escritura, prestímanos de la palabra que ganaron la Guerra (in)Civil, pero que, como apuntó Trapiello, perdieron la batalla de los manuales de literatura. La mayoría fueron falangistas... ponte en lo peor, amable lector, que la turra se nos viene.

Uno de ellos, quizá aún más olvidado que el resto, si es que la desmemoria sabe de tonos, nació en Bilbao y se llamaba Jacinto Miquelarena (1891-1962). Periodista deportivo y gastronómico, participó en la composición del Cara al sol y descolló como coleccionista de oxímoron, empezando por su nombre, floral y euscaldún. Aquella esquina española de hombres y mujeres cortados de una pieza (de una pieza de cuarcita, por supuesto) incluye un tipo de cardo (eguzki lore) en su recia cosmogonía; y, por ello, acostumbra a colocar ese brote genesíaco, protector y enhiesto, a la puerta de cada caserío.

El 'camisa vieja' Miquelarena pasaba por convencido anglófilo. En esto no se distinguía mucho de su jefe Primo de Rivera. José Antonio recomendaba a sus jóvenes camaradas el visionado de Gunga Din, cine de salacot sin escrúpulos –eurocéntricos– de conciencia. Apenas se detenía en tierra de llanitos (Gibraltar pasa bien desapercibido en sus obras completas). Y trabajaba en un despacho presidido por el If de Kipling, una de cuyas mejores traducciones al castellano correspondería precisamente al propio Miquelarena. Versos de granito para una filosofía del valor escueto.

Políglota y cosmopolita, humorista y amante de la buena y reposada mesa, este melancólico con estragos, pero sin remordimientos, se sentía feliz navegando «la tristeza, con impermeable y sombrero hongo entre cien borrascas invernales». No le desagradaba el clima de aquella isla, maldita por desconocer el sol y las naranjas. Le parecían amables los funcionarios ingleses, sus transeúntes y cobradores de tranvía. Dios lo perdona todo... incluso lo que no tiene perdón de Dios.

Aquel bilbaíno acabó invirtiendo las prioridades de todo ser humano. Al igual que Pavese, vivió como pudo y, desgraciadamente, murió como quiso. Pero fue algo más que un espíritu contradictorio. Figuró entre los más elegantes esprínteres de la prensa hispanohablante. Si el columnismo son «los cien metros», como aseveró el citado maestro malagueño y amante de las cosas breves, Miquelarena los corrió airosamente a diario. Se erigió en gentleman del oficio en una era de letras maestras, de ocasión y en corto, jadeantes, que a veces son más literatura que la morosa de las novelas intonsas. Como el olor a mar de las redes de pesca que languidecen junto a la orilla, aroma más fuerte que el original del mar vecino. Como la madera de algunas pieles que acrecienta el vigor hasta entonces secreto del perfume contenido (maniatado) en un frasco.

En un tiempo caracterizado por encapsular necedades en una hoguera fugaz de dopamina sorprende recuperar sus chispazos de ingenio. Sus «chirloras», a juicio de su amigo Ramón Gómez de la Serna, hicieron de Miquelarena uno de los grandes más gregueristas. Es así que sus artículos palpitan de detalles que, a modo de esquirlas (txirloras es término vasco que significa «virutas de madera»), extrae de su observación sutilísima de la vida cotidiana, de sus viajes, de la insustancial información de relleno de un periódico... a veces de una anécdota pasajera que al descuido deja caer dos desconocidos que te empujan en el autobús. Por eso le fascina la informalidad con la que el turista americano se desprende de la americana. Por eso el avión se le antoja «féretro colectivo, con cristales, que en vez de meterse en la tierra va a subir al cielo». Y por eso funda «La Asociación Bilbaína Robinson Crusoe de Amigos de la Barba», que contempla en sus estatutos: «(…) si fuéramos integralmente varones, sólo toleraríamos en las barracas al hombre sin barba, como sólo en las barracas se admite a la mujer con barba».

Tal fue el éxito de estas perlas de humor que en Bilbao se inventó e hizo muy popular el «Chirlora Cocktail». Madera, coñac y ginebra, a partes iguales, con unas gotas de Orange Bitter y de Angostura, para una bebida de náufrago con la que mantenerse a flote. A punto estuvo Miquelarena de perecer por apnea en el torrente desbordado y bilioso de la guerra. Su firma en ABC, su militancia azul y su lengua suelta en las tertulias de ‘La Ballena Alegre’ le pusieron la cruz en malhadados tiempos para la fe. Como si Garcilaso se hubiese recobrado en el foso de aquella insignificante torre de la Provenza y tuviera que escapar de García Atadell, «creador del espanto como obra de arte», pasó de esquivar la checa a recoger el ‘Mariano de Cavia’ en menos de lo que se amartilla un fusil, tan pronto como se descubre lo que vale un peine… en un arma de fuego. Y, finalmente, fue relator pasmado de una Europa transformada en escombrera.

Según el Informe PISA, la mayoría de los estudiantes españoles de 16 años no son capaces de leer un texto de más de 400 palabras. Dudo que se atrevieran siquiera a abordar las primeras frases de esta tribuna. Como observó desde un andén Pedro Mourlane Michelena al protagonista de estas prosas, «¡qué país, Miquelarena!».

  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
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