Fundado en 1910
tribunaÁlvaro de Diego

Relojes de sol y sentido del tiempo

El tiempo de cada uno de nosotros tiene su particular tempo. Los teléfonos inteligentes, qué macabro oxímoron, nos están robando el sentido telúrico de la vida, la savia de cada momento. Es la esmerilada pantalla la que nos impone un cronómetro de dopamina

Hoy se nos plantea hacer de los robots contribuyentes fiscales y nuestros ineptos representantes nos burlan con equívocas fórmulas de estadística laboral-contable. Nada es nuevo bajo el sol (nihil novum sub sole), mucho menos lo que roza la piel inmarchita e inconmovible de Cronos. Desde la Antigüedad existen fijos discontinuos que interrumpen su jornada a diario, al desparramarse la noche. Desconocen la jubilación y no tienen otros festivos que los fortuitos días encapotados. Son los relojes de sol que sumerios y, sobre todo, egipcios calibraron como expertos medidores del cíclico caminar de Ra por el cielo. Los gnómones de ayer siguen proyectando su implacable sombra en medio de parterres abandonados. Dan cuenta aún de lo que Foxá entendía como «la hora del Creador (…), la hora natural, la hora que se podía tocar, como un pájaro recién atrapado». Siguen ocupando el mismo sitio en el que ya no están las manecillas de metal de las torres abandonadas, de los campanarios desnudos. Entre hormigas, arena e hiedra.

Tuvo que venir la Edad Media, que los ignorantes tienen por oscura, para acelerar con su mecánica la añeja historia del tiempo. Tuvo que venir la Edad Media para prestar a Occidente la engañosa ilusión de que se podía doblegar la vida con exactitud y eficacia. Tuvo que venir la Edad Media.

El ingenio que desde bien pronto permitió llevar el tiempo a cuestas acabó engalanando la muñeca. Si Grecia inventó el reloj de sol portátil, el siglo XIX asistió al nacimiento del reloj de pulsera, esa serpiente enroscada junto a la mano del común de los mortales que el poeta imaginaba presta a mordernos el corazón. Suiza hizo de la edad de la naturaleza un entretenimiento, degradó la majestad de las horas al darles carta de ciudadanía, al hacerlas democráticas.

Artilugios de arena, clepsidras, dispositivos de movimiento... cachivaches todos en un desván que acumula el polvo de una estampida pretérita. «Reloj cósmico» denominaba Jünger al que se alimentaba del desnudo hálito de nuestra estrella doméstica. Antes de que la razón impusiera a martillazos su lógica despiadada y abstracta, ya el hombre había interiorizado la forma de un tiempo «grabado en la trama de la vida». Mucho antes de la tiranía de los turnos y las fábricas, la distancia se medía por el ímpetu de una galopada y la resistencia de una cabalgadura. La caza y la siembra disponían tiempos reales, concretos. La ausencia de luz que llamamos noche parcelaba el sueño. Nada sin sol (sine sole nihil).

Y, sin embargo, solamente el reloj de sol comparte la pavorosa vocación de eternidad del primer reloj atómico que espantaba a Manuel Alcántara a finales de los años sesenta. Si asustaba un mecanismo «monstruoso y fanático» y «con cuerda para tanto rato», infundía todavía mayor pavor que el hombre fuera capaz «de idear, durante sus días contados, un sistema de contabilidad previsto para resistir hasta el borde mismo de lo eterno».

En el fondo, el ser humano alberga una percepción brutalmente subjetiva de la más puntual de las criaturas. Sabe que la precisión no relaja aquellos plieguecillos en la faz del Tiempo, pues de nada ni de nadie se apiadan las arrugas de Saturno. Ya justificó el citado Foxá el rotundo fracaso de su drama futurista Otoño del 3006. Al público no le importa asistir a la representación de quienes vivieron en palacios, vistieron sedas y se desplazaron en carrozas. No les despierta envidia aquellos que lo tuvieron todo de un golpe, pero sin nunca dar un palo al agua. Aquellas personas que disfrutaron de existencias privilegiadas ya no están, mientras que a quienes vivimos nos desagrada ver cosas que sucederán cuando durmamos bajo grávidas mantas de tierra. Otros, mientras, seguirán besándose a la luz de la luna. Con la noche aún por delante, los amantes disfrutarán aguardando el momento en que puedan verse a la inquisitiva luz del alba. Justo antes de que vuelva, una vez más, a comenzar el mundo.

El tiempo de cada uno de nosotros tiene su particular tempo. Los teléfonos inteligentes, qué macabro oxímoron, nos están robando el sentido telúrico de la vida, la savia de cada momento. Es la esmerilada pantalla la que nos impone un cronómetro de dopamina. Nos arroja a un inframundo ahistórico donde no hay espacio para el bendito aburrimiento. Somos los nuevos proletarios del tiempo, mendicantes de horas, minutos y segundos. No sonreímos ya al sol. El niño que fui muchas veces se aburría. El niño que fui no sabía cuánto le iba a echar de menos.

  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
comentarios

Más de Álvaro de Diego

  • 'Gaudeamus igitur'

  • La Cuesta del Cielo

  • Viaje 'al fondo' de la noche

  • Nuestra Transición no es modelo para Venezuela

  • adediego
  • La concordia fue posible

  • Más de Tribuna

    tracking

    Compartir

    Herramientas