El matrimonio cristiano: ventura y aventura
Me sorprendió con una respuesta cuyo calado denotó para mí la profundidad y madurez de su amor. Me dijo: «El miedo me lo daría si no me casara con ella»
Intencionadamente he escogido estos dos términos, en uno de cuyos significados pueden convivir adecuadamente el riesgo y la dicha. Curiosamente «tener una aventura» se utiliza muchas veces como tener una relación extramatrimonial. Y en cuanto a la «ventura», si bien puede significar dicha, felicidad o gozo, también puede entenderse como azar y riesgo. Y me parece que, cuando llega la hora de la verdad del matrimonio cristiano, o sea la hora en la que se traspasa la frontera de los aleatorios y gratos escarceos amorosos, para entrar en el proyecto definitivo de una alianza irrevocable de amor y entrega, simbolizada en el intercambio de unos anillos de nobles metales, nos damos cuenta de que la cosa ya va en serio.
El otro día pregunté de broma a uno de mis innumerables nietos, y en presencia de su novia, ya que pronto se casarán, si no iba a dar la espantá, al estilo del genial Curro Romero, que tan frecuentes son ahora. Y me sorprendió con una respuesta cuyo calado denotó para mí la profundidad y madurez de su amor. Me dijo: «El miedo me lo daría si no me casara con ella».
El matrimonio cristiano está en crisis, utilizando esta palabra en el sentido etimológico de «momento decisivo». Son increíblemente numerosos los miedos de última hora el día de comprometerse en matrimonio. Y, lo que, no sé si es peor (o mejor, en situaciones extremas) las frecuentes separaciones y también, por las razones que sean, renunciar al matrimonio cristiano o sustituirlo por un contrato civil.
El pasado mes de abril escribí en otro lugar sobre la trascendencia de la función social del matrimonio y la familia. Y recordé las sorprendentes palabras de Ratzinger –dichas en el contexto de una serie de conferencias publicadas con el título Una visión teológica del matrimonio y de la familia–: «Lo constitutivo del matrimonio no es únicamente el amor personal, sino también el sí del cónyuge, en cuanto sí recibido y ordenado a la comunidad».
Quiero hoy, sin embargo, referir mis reflexiones, añadiendo algo sobre sobre el sentido de la sacramentalidad del matrimonio cristiano, que puede ayudar a alguien a la hora decisiva de asumir el compromiso a que antes me referí. Y lo hago también después de leer la entrevista realizada en este mismo diario al sacerdote José Fernández Castiella titulada El matrimonio: la gran invención.
La concepción actual del matrimonio hay que contextualizarla dentro de un mundo que no tiene nada que ver con un pasado relativamente reciente. Frente a las nupcias concertadas entre familias, en las que la libertad de la mujer era prácticamente inexistente, frente a la situación de matrimonios que solo existían formalmente y mantenidos solo por la nula capacidad económica de la mujer, o pensando solo en el bien de la prole, o para no ser excluidas del reconocimiento social, en la actualidad del mundo occidental esas consideraciones han sido virtualmente barridas, sencillamente porque carecen de vigencia.
Pero no estoy haciendo este análisis dentro de una antropología de la relación de pareja. Recuérdese que estoy hablando del «matrimonio cristiano» y concretamente del católico. Y hasta hace muy poco la concepción eclesial generalizada de centrarla en la cuestión de tener hijos, o ser remedio para la concupiscencia, que en definitiva podría ser una visión reduccionista, no es nueva, sino que tiene que ser completada o reinterpretadas, como lo fueron las expresiones paulinas de la Carta a los Efesios (5, 21-33) y I, Corintios 7.
Contextualizar la sacramentalidad del matrimonio dentro de la historia de la salvación, concebida como alianza con Dios, supone reconocer la trascendencia de su vinculación a dicha institución y su carácter central en el orden de la creación. Entre los diversos sacramentos no hay diversidad de rango o jerarquías. Cada uno de los sacramentos, que Buenaventura sistematizó dentro de la concepción teológica de la historia, cumple una función, dependiendo de las circunstancias vitales y vocacionales de cada cristiano, que le permiten acceder, mediante signos eficaces, a la gracia de Dios.
No hay primacía, por ejemplo, entre el sacramento del orden y el del matrimonio, sino adecuación de la dispensación de la gracia divina a la diversidad de las vocaciones del hombre. Y «la sacramentalidad del matrimonio –como dijo Ratzinger– significa que el orden creacional de reciprocidad entre el varón y la mujer, concretado en el matrimonio, no se sitúa de forma neutra y puramente mundana frente al misterio de la alianza en Jesucristo». La grandeza del matrimonio cristiano se sitúa en el centro del orden de la creación.
Ante estas consideraciones teológicas, es buena la sensación de responsabilidad que entraña adherirse a la institución del matrimonio cristiano. Y también admirarse de la sublime grandeza de su recepción. Resulta hoy más necesario que nunca, difundir su esencia y dar a conocer el sentido de la liturgia de la celebración, que profundiza en el sentido sacramental que tienen. Es bueno poner de manifiesto que el eros es algo maravilloso que significa que, cada uno de los cónyuges, es un regalo para el otro y que, su apertura al don, es también una donación. Pero si se banaliza la celebración como un acto social de compromiso de una pareja católica, olvidando que se trata de recibir un sacramento que comporta la mutua y definitiva entrega ante Dios y los hombres, sí que es un riesgo en la aventura.
Federico Romero es jurista