Reconocido oficialmente por el Vaticano el milagro de Salvador Valera Parra
El Vaticano reconoce el milagro por intercesión del sacerdote español Salvador Valera
El Papa León XIV aprobó ayer, viernes 20 de junio, la promulgación de decretos del Dicasterio para la Causa de los Santos
león XIV autorizó al dicasterio a promulgar los decretos relativos al milagro por intercesión del sacerdote diocesano español Salvador Valera. Además del martirio de otros sacerdotes asesinados por la persecución religiosa sin precedentes que sufrió España.
Según informa Vatican News, el Sumo Pontífice reconoció el milagro ocurrido por intercesión del sacerdote diocesano Salvador Valera, arcipreste y párroco de Huércal-Overa (Almería). El milagro que se le atribuye al sacerdote es la curación milagrosa de un niño recién nacido en el hospital Memorial de Rhode Island (Estados Unidos) el 14 de enero de 2007.
El bebe nació de forma prematura mediante cesárea por culpa de una infección y la falta de oxígeno. Tras estas dificultades, el corazón del niño dejó de latir y durante la primera hora, no mostraba símbolos de mejora cardiaca. Fue cuando el médico, en un acto de desesperación, urgencia y esperanza, invocó al Siervo de Dios Salvador Valera Parra, que era paisano suyo y por quien sentía devoción y con una oración espontánea pidió su intercesión por la salvación del pequeño. Al poco tiempo, sin ninguna intervención humana externa, el recién nacido recuperó el latido cardíaco y comenzó a reanimarse.
La vida de Salvador Valera
Nació el 27 de febrero de 1816 en Huércal-Overa (Almería) en el seno de una familia apegada a la Iglesia, puede que por ello, orientara su vida hacía el sacerdocio ya desde niño. Recibió en 1838 las órdenes menores y de subdiácono; al año siguiente, de diácono; y, en 1840, con veinticuatro años, se ordenó de presbítero en Alicante y cantó su primera misa en Murcia.
En 1851 opositó al curato de su pueblo natal y fue nombrado arcipreste de Huércal-Overa en 1853. Se distinguió por muchas obras de carácter espiritual y social, en particular durante las epidemias de cólera y los terremotos que en 1863 causaron destrucción y víctimas. Fue un hombre de profunda fe en Dios, que se nutría de una intensa vida de oración —en particular, eucarística— y de una firme devoción mariana.
Falleció en 1889, y a petición popular, sus restos fueron enterrados en el altar mayor de la iglesia de la Asunción. A pesar de poseer un carácter impetuoso, pronto llegó a alcanzar fama por su benignidad.