El cuadro 'La Asunción de la Virgen' de Francisco de Goya
Así definió la Iglesia la Asunción de María como dogma de fe
Esta fiesta «constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos», según recoge el Catecismo de la Iglesia Católica
El 15 de agosto marca una de las festividades más importantes del calendario litúrgico católico: la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos. Este dogma de fe, establecido por el Papa Pío XII en 1950, sostiene que la Virgen María fue llevada —asunta— al cielo, no por sus propias fuerzas, sino por obra de Dios.
«Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo», declaró el 1 de noviembre de 1950 a través de la bula Munificentissimus Deus. Este dogma de fe tiene su origen en los textos apócrifos conocidos como literatura asuncionista.
El primero de ellos, y probablemente el más conocido, es el Libro del Tránsito, datado entre los siglos IV y V. En él se recoge el testimonio de Lucio, discípulo de los apóstoles, y, de acuerdo con lo narrado, la Virgen María fue resucitada y llevada al cielo en cuerpo y alma.
«Llevaron los apóstoles el féretro y depositaron su santo y venerado cuerpo en Getsemaní, en un sepulcro sin estrenar […]. Y por tres días consecutivos se oyeron voces de ángeles invisibles que alababan a su Hijo, Cristo nuestro Dios. Mas cuando concluyó el tercer día, dejaron de oírse las voces, por lo que todos se apercibieron de que su venerado e inmaculado cuerpo había sido trasladado al Paraíso», relata este texto apócrifo.
La Asunción de la Virgen de Juan Martín Cabezalero
De este hecho, el propio san Juan Evangelista dejó escrito lo siguiente: «Entonces un resplandor más fuerte que la luz nimbó la faz de la Madre del Señor y ella se levantó y fue bendiciendo con su propia mano a cada uno de los apóstoles. Y todos dieron gloria a Dios. Y el Señor, después de extender sus puras manos, recibió su alma santa e inmaculada».
A raíz de estos textos y por inspiración y revelación del Espíritu Santo, el Papa Pío XII, a través de la encíclica Deiparae Virginid Mariae, promovió una amplia consulta en 1946, interpelando a los obispos y, a través de ellos, a los sacerdotes y al pueblo de Dios sobre «la posibilidad y la oportunidad de definir la asunción corporal de María como dogma de fe». El resultado de aquella consulta fue ampliamente positivo: solo seis respuestas, entre 1.181, manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado de esa verdad.
Así, esta fiesta —que no debe confundirse con la Ascensión, la cual se refiere a Jesucristo— «constituye una participación singular en la resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos», según recoge el Catecismo de la Iglesia Católica.
La importancia de esta festividad se encuentra en esta relación entre la resurrección de Jesucristo y la nuestra. Así, tal y como recordó el Papa san Juan Pablo II en una audiencia general de 1997: «Los padres conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos que mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con su cuerpo. Se trata de una creencia milenaria, expresada también en una larga tradición iconográfica, que representa a María cuando 'entra' con su cuerpo en el cielo».