Educación y unidad: la nueva carta apostólica del Papa León XIV
«Educar es una tarea de amor que se transmite de generación en generación, recosiendo el tejido rasgado de las relaciones y restituyendo a las palabras el peso de la promesa», ha escrito el Santo Padre
El sexagésimo aniversario de la promulgación de la declaración Gravissimum educationis, sobre la educación cristiana, ha sido aprovechada por el Santo Padre para ofrecer a la Iglesia la Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza sobre el mismo tema del documento conciliar. Se trata de una iniciativa muy significativa. No sólo por la «extrema importancia y actualidad de la educación en la vida de la persona humana» (n. 1.1), sino también porque el modo en el que se vive, se piensa y se propone la tarea educativa es especialmente reveladora de la visión que se tiene sobre la realidad.
La riqueza de la carta, a través de sus diez apartados, articulados a su vez en diferentes puntos, está llamada a ser objeto de estudio por parte de toda la comunidad cristiana y, en particular, por los protagonistas más directos de la tarea educativa, de manera que se acojan y vivan sus indicaciones. Vale la pena, sin embargo, subrayar «en caliente» una insistencia que el Papa nos ofrece y que ilumina el camino que tenemos ante nosotros.
El texto rezuma una visión unitaria tanto de la vida de la Iglesia como de la misma educación. Y no es extraño, ya que este es uno de los acentos que el pontificado actual nos está ofreciendo con mayor asiduidad: In illo uno unum.
El primer signo de esta visión profundamente unitaria lo encontramos en el hecho de que León XIV haya querido repetir las palabras del Papa Francisco, que ya había retomado en la exhortación apostólica Dilexit te (n. 68), al reconocer que «la educación es una de las expresiones más altas de la caridad cristiana» (n. 1.3). Se supera a la raíz cualquier tentación de oponer o, simplemente, yuxtaponer, en la vida de la Iglesia caridad y tarea educativa, conscientes de que el abandono de la responsabilidad de educar constituiría una gravísima falta de caridad.
Se evidencia, de este modo, la razón profunda por la que la Iglesia, a lo largo de toda su historia, no ha ahorrado medios ni personas para afrontar la tarea educativa. El Papa lo expresa, con otros términos, cuando afirma que «la educación no es una actividad accesoria, sino que forma la trama misma de la evangelización» (n. 1.1.). Una Iglesia que no educa, por tanto, ni manifiesta al mundo el amor de Dios (caridad) ni le anuncia la buena noticia del Resucitado (evangelización).
Un segundo rasgo de la visión unitaria del Papa lo encontramos en su insistencia sobre la naturaleza comunitaria del sujeto educativo: «La educación cristiana es una obra coral: nadie educa en solitario. La comunidad educativa es un 'nosotros'» (n. 3.1). La insistencia retorna a lo largo de la carta a través de las referencias a la escuela católica como «ambiente» (n. 5.2), a la «coreografía» como expresión de la educación (n. 6.1), a la constelación educativa (n. 8) y al pacto educativo (n. 9). La polaridad persona-comunidad es constitutiva del camino humano y, por tanto, de la educación. Una polaridad que ayuda a mantener la ruta sin desviarnos ni hacia individualismos pretenciosos ni hacia colectivismos utópicos. Por esta razón, el Papa indica con claridad el mayor potencial de la Iglesia y sus instituciones en ámbito educativo: «la unidad es nuestra fuerza más profética» (n. 8.1).
«Un humanismo integral que habite nuestro tiempo sin perder su fuente propia» (n. 6,2) es la expresión con la que el Papa propone un tercer rasgo de su visión unitaria. Se trata de la consideración de la profunda unidad que existe entre fe y razón, deseo/corazón y conocimiento (n. 3.1), fe, cultura y vida (n. 5.2), mente, corazón, manos, hábitos nuevos, estilos comunitarios, prácticas virtuosas (n. 7.3.). A lo largo de la carta encontramos varias referencias a una realidad que puede ser considerada expresión de esta visión integral: la búsqueda del sentido de la vida (cf. 1.1., 5.1. y 10.2).
Concluimos subrayando un aspecto de gran belleza en el que insiste León XIV, tanto como expresión de la conciencia de que «la verdad se busca en comunidad» (n. 3.2), como de la pregunta por el sentido. Nos referimos a la descripción de la educación como un 'oficio de promesas': se promete tiempo, confianza, competencia; se promete justicia y misericordia, se promete el coraje de la verdad y el bálsamo del consuelo. Educar es una tarea de amor que se transmite de generación en generación, recosiendo el tejido rasgado de las relaciones y restituyendo a las palabras el peso de la promesa» (n. 3.2). Esta insistencia en la dimensión de la promesa y de la confianza permite comprender que la educación es siempre y solo «relación educativa», encuentro de libertades, camino que se recorre juntos y en el que quien va por delante relanza la libertad del educando a la aventura de reconocer, amar y vivir el sentido de esa existencia como camino que él vive en primera persona.
Gabriel Richi Alberti es profesor en la Facultad de Teología de la Universidad Eclesiástica San Dámaso