Una sala de empeños de ropas del Monte de Piedad a principios del siglo XX
Montes de Piedad: el eficaz 'invento' franciscano para civilizar el precio del dinero y atajar la usura
Creados por un religioso italiano en el siglo XV, cada préstamo se respaldaba con un bien real. Si la deuda se devolvía, recuperaba su objeto; si no, este se subastaba públicamente
«Nuestra responsabilidad social se basa en el acto creador de Dios, que da a todos una parte de los bienes de la tierra. Al igual que esos bienes, los frutos del trabajo humano deben ser igualmente accesibles para todos». El Papa León XIV pronunció esta frase en su mensaje del 13 de junio, cuando anunció la próxima Jornada Mundial de los Pobres. Con ella quería decir que el acceso a los recursos para desarrollar las condiciones materiales que nos den una vida digna debería ser justo, sencillo y basado en instituciones que velen por el bien común.
Bajo esta misma óptica, hace más de quinientos años nacieron bajo el seno de la Iglesia unas entidades que tendrían un papel decisivo en la historia financiera europea: los Montes de Piedad. Se atribuye su creación al franciscano Barnaba Manassei en la Perugia de 1462. Supo dar forma práctica a un clamor que recorría las ciudades italianas: la necesidad de frenar la usura y acceder fácilmente al crédito. El préstamo con intereses desmesurados era una plaga que afectaba a artesanos, jornaleros y viudas, atrapados en un círculo de deudas del que resultaba casi imposible salir. Frente a ello, Manassei concibió una alternativa sencilla en su planteamiento y revolucionaria en sus efectos: un fondo común, nutrido por donaciones y depósitos, que concediera pequeños préstamos contra la entrega de una prenda tasable, a un coste nulo o muy reducido.
La innovación estaba en su método: el dinero no se entregaba a fondo perdido, sino bajo condiciones claras y con garantías. Cada préstamo se respaldaba con un bien real, se registraba en los libros y se entregaba un resguardo al deudor. Si la deuda se devolvía, recuperaba su objeto; si no, este se subastaba públicamente. De este modo, se creaba un circuito de crédito en el que había responsabilidad por parte del prestatario, pero sin la carga inasumible de intereses usurarios.
Una usura desaforada
El modelo se difundió pronto. Desde Perugia pasó a Siena, Florencia, Padua o Mantua, y a finales del siglo XV había decenas de Montes de Piedad activos en la península itálica. La predicación de los franciscanos observantes, y en particular de Bernardino de Feltre, fue decisiva. Este fraile recorrió ciudades enteras promoviendo la idea, movilizando donativos y recordando desde los púlpitos que la usura era una forma de violencia contra los pobres. Su capacidad de convicción fue tan grande que a comienzos del siglo XVI ya existían más de ochenta Montes funcionando en diferentes ciudades italianas, cada uno adaptado a la realidad local, lo que confirma la fuerza de la idea y su rápida aceptación social.
El caso de Bolonia fue especialmente ilustrativo. Allí, el Monte de Piedad empezó a operar en 1473 con el aval de las autoridades municipales. El archivo del Centro Studi sui Monti di Pietà e sul credito solidaristico de la ciudad conserva libros mayores, inventarios y resguardos que muestran cómo funcionaba la maquinaria. Toda esta «infraestructura de papel» era garantía de confianza y demuestra que no se trataba solo de prestar dinero, sino de hacerlo con procedimientos regulados que inspiraban credibilidad. Los estudios modernos lo describen como un ejemplo de banca cívica en pequeño formato, con gobernanza colegiada y control documental.
Credibilidad y respaldo
En este contexto, pronto la expansión de los Montes contó con el respaldo doctrinal de la Iglesia. Durante mucho tiempo, la prohibición de la usura había generado dudas sobre si era lícito cobrar cualquier tipo de interés. En 1515, el papa León X, mediante la bula Inter multiplices, confirmó la condena a la usura, pero reconoció la legitimidad de cobrar un pequeño interés destinado a cubrir gastos de administración y custodia. Este pronunciamiento dio seguridad jurídica y consolidó el modelo, que ya había demostrado eficacia en aliviar la presión financiera sobre los sectores más débiles de la población urbana.
Italia no fue el único país donde operaron. A lo largo del siglo XVI se intentaron fundaciones en otros territorios católicos, entre ellos España. En ciudades como Valencia, Sevilla o Valladolid hubo iniciativas impulsadas por clérigos y cofradías, aunque muchas tuvieron vida breve por falta de respaldo estable. Algunas funcionaron como prolongación de obras de caridad y hermandades que ya gestionaban hospitales u hospicios. Estos experimentos, aunque efímeros, fueron el terreno de cultivo que permitió que, un siglo más tarde, el modelo arraigara de manera definitiva.
El Monte de Piedad de Madrid, fundado en 1702 por el sacerdote aragonés Francisco Piquer, es considerado el referente español. Piquer, capellán del monasterio de las Descalzas Reales, conocía de cerca la proliferación de prestamistas en la capital y quiso ofrecer una alternativa. Su Monte comenzó concediendo préstamos sobre alhajas y ropas, sin interés y sostenido por donativos. Muy pronto se dictaron ordenanzas, se nombraron oficiales encargados de tasar y custodiar las prendas, y en 1713 la institución recibió protección real.
Este Monte de la Villa no tardó en consolidarse: durante el siglo XVIII amplió sus operaciones y en el XIX supuso un germen de las cajas de ahorros, que se expandieron por toda España. En ellas sobrevivió el espíritu original: unir ahorro popular y crédito con un fin social, dar servicios a quienes el sistema bancario marginaba y destinar beneficios a obras de interés común. La continuidad demuestra que no se trataba de un recurso coyuntural, sino de una institución que había encontrado un lugar claro: proporcionar liquidez inmediata y razonable a los que más la necesitaban.
Carácter social
Durante el siglo XIX y principios del XX, los Montes y las Cajas se vieron sometidos a nuevas regulaciones. Leyes y decretos delimitaron sus competencias, fijaron mecanismos de control y reforzaron la idea de que el crédito podía y debía tener un carácter social. En muchos casos, financiaron hospitales, escuelas y obras de caridad, convirtiéndose en un motor de cohesión. Su presencia mostraba que el dinero podía administrarse bajo criterios distintos a los de la pura ganancia.
Es verdad que no les faltaron sombras, como ocurre en cualquier organización humana: algunos Montes y Cajas se gestionaron mal, otros se usaron con fines políticos o fueron sometidos a intereses ajenos a su propósito original. Sin embargo, los casos que mejor se gobernaron dejaron una huella duradera. Donde hubo controles efectivos, el crédito se convirtió en un servicio protector; cuando esas condiciones se relajaron, el sistema se deterioró. La enseñanza es evidente: la buena intención no basta; hace falta una arquitectura institucional que sostenga en el tiempo la confianza y la justicia.
En pleno siglo XXI, algunos Montes de Piedad siguen ofreciendo servicios de empeño con tasación profesional, liquidez inmediata y subastas públicas si no hay rescate. Su tasa de recuperación es muy alta, lo que confirma que mantienen su función original: actuar como un puente en momentos de urgencia sin condenar al deudor a una espiral de intereses. En épocas de ingresos inestables o inflación, este crédito breve y regulado permite a muchas familias salvar situaciones críticas sin acudir a prestamistas abusivos.
Esta trayectoria enseña varias lecciones. En primer lugar, que la Iglesia no solo condenó la usura, sino que impulsó una institución alternativa capaz de desplazarla. En segundo lugar, que el éxito no residió únicamente en la generosidad inicial, sino en la solidez de su diseño: órganos de gobierno colegiados, contabilidad regular, publicidad de decisiones y control sobre las operaciones; Y en tercer lugar, que su valor no fue solo económico, sino también cultural: enseñaron a tratar el dinero como herramienta sujeta a reglas y a valorar el registro escrito como garantía de transparencia y equidad.
Antes que la banca ética
Vistos con perspectiva, los Montes de Piedad fueron precursores de debates que hoy siguen abiertos. La banca ética, los microcréditos responsables, la inclusión financiera o las finanzas de impacto no son sino nuevas etiquetas para una intuición ya presente en el siglo XV: el crédito puede y debe organizarse como un servicio de interés público. Su coste ha de cubrir el riesgo y la administración, pero no convertirse en explotación. La historia de Perugia, Bolonia o Madrid demuestra que es posible ordenar las finanzas con rostro humano, donde el dinero sirva a la vida en lugar de someterla.
Por eso, cuando se reclama un sistema financiero más justo, conviene recordar este legado. Los Montes de Piedad no sustituyeron al mercado ni al Estado, pero dialogaron con ambos. Ofrecieron liquidez inmediata allí donde la banca tradicional no llegaba. En ese sentido, siguen siendo una referencia válida para quienes buscan conjugar eficacia económica con justicia social.
El mensaje de León XIV, que recuerda la importancia de instituciones estables que actúen más allá de los discursos, resuena con esta experiencia. Porque los Montes de Piedad fueron, en esencia, la manera en que la Iglesia civilizó el precio del dinero: lo arrancó de la arbitrariedad de la usura, lo sometió a reglas claras y lo puso al servicio de los más necesitados. No se conformó con denunciar un mal, sino que organizó una alternativa que funcionó. Su mejor herencia es la convicción de que el dinero, bien organizado, se pone al servicio del bien común.
Artículo publicado originalmente en 'La Antorcha', revista de la Asociación Católica de Propagandistas.