Fray José de Sigüenza, al que Miguel de Unamuno señaló como uno de los más grandes escritores en castellano
Su verdadero nombre era José Martínez Espinosa, pero cuando ingresó en la orden religiosa de san Jerónimo (1566) cambió su primer apellido por el nombre de su ciudad natal
Retrato de Fray José de Sigüenza colocado a la entrada de la biblioteca del monasterio de El Escorial
Fray José de Sigüenza (1544-1606) fue teólogo, comentarista patrístico, historiador de autoridad indiscutible y poeta. Su verdadero nombre era José Martínez Espinosa, pero cuando ingresó en la orden religiosa de san Jerónimo (1566) cambió su primer apellido por el nombre de su ciudad natal.
Como teólogo, destacan sus Comentarios a la Suma de Santo Tomás (en latín); como comentarista patrístico, estudia las Sagradas Escrituras a partir de los testimonios de los padres de la Iglesia, y es autor en este campo de la Vida de San Jerónimo, Doctor de la Santa Iglesia (1595) y de la Historia del Rey de los Reyes -que solo llega hasta la adoración de los pastores-; como historiador, escribió la Historia de la Orden de San Jerónimo (en tres partes: 1595, 1600 y 1605), muy difundida en su época, y que incluye la fundación del monasterio de El Escorial por Felipe II -el edificio más representativo de la Contrarreforma hispana-.
Como prosista, por la claridad y belleza de su estilo, está considerado uno de los más grandes escritores en lengua castellana (y así lo piensan, entre otros, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Miguel de Unamuno…). Como poeta, tradujo algunos salmos bíblicos recogidos en su obra Paráfrasis de Salmos; y, asimismo, empleando tanto octosílabos como endecasílabos, compuso, entre poemas de muy variada temática devota, los dedicados a los ciclos de la Natividad y de la Pasión de Cristo. Obra poética, la suya, en su totalidad, transida de la honda espiritualidad del carisma de los jerónimos: «La contemplación, el estudio de la Sagrada Escritura, la oración, la soledad, la clausura, el silencio, la obediencia, el trabajo, la penitencia, la pobreza, la humildad, la hospitalidad o la devoción a la Virgen María, entre otras», en palabras de Ignacio García Aguilar (cf. «Fray José de Sigüenza y la poesía del siglo XVI». Edad de Oro, XXX, 2011, pág. 105).
Y dejando al margen el «Soneto al Nacimiento» («De tronco y de raíz firme y segura…», reproducimos y comentamos los dos villancicos, en versos de arte menor, dedicados al Nacimiento del Niño Jesús.
Villancico del Nacimiento del Niño Jesús
Venga en hora buena
el buen pastorcico,
que enriquece la tierra
con su pellico.
Virgen en muy buena hora 5
que, aunque pobre viene,
en el Cielo tiene
quien siempre le adora.
Que aunque ahora mora
en un pesebrico, 10
que enriquece la tierra
con su pellico.
¿Veis la zamarreja
de tanto desprecio?,
pues allí está el precio 15
de la deuda vieja.
Bien haya la oveja
de tal corderico,
que enriquece la tierra
con su pellico. 20
Vale el zurroncillo
más que piensa alguno,
pues dentro va uno
que es trino y sencillo.
¿Quién sabrá decillo 25
cuánto vale el chico?,
que enriquece la tierra
con su pellico.
Por miralle corro,
con qué gala viene, 30
que el gabán que tiene
es Dios el aforro.
Al mundo hace horro,
pues viene tan rico
que enriquece la tierra 35
con su pellico.
Fray José de Sigüenza afronta en este villancico navideño uno de los motivos más recurrentes y populares: el nacimiento de Jesús. El poema, formado por nueve estrofas de cuatro versos, arranca identificando al Redentor con un «pastorcico» (verso 2: «el buen pastorcico»), como hará, también, san Juan de la Cruz, en un poema titulado precisamente «El pastorcico» (y que empieza con esta estrofa: «Un pastorcico solo está penado / ageno de plazer y de contento / y en su pastora puesto el pensamiento / y el pecho del amor muy lastimado»). Y los dos versos que cierran la primera estrofa contienen el estribillo que se repetirá en todas las estrofas impares: «que enriquece la tierra / con su pellico» (versos 3-4, 11-12, 19-20, 27-28 y 35-36).
El «pellico» es la pelliza del pastor (prenda de vestir típica de los pastores, hecha o forrada de pieles finas). Y dicha prenda de vestir se mencionará con otros tres nombres a lo largo de la composición: «zamarreja» (verso 13; el sufijo diminutivo «-eja» no adquiere aquí un carácter despectivo), «zurroncillo» (verso 21) y «gabán» (verso 31, con el significado de «abrigo», voz sinónima de «pelliza»). Lo que sí que queda claro es que el empleo de «pellico» facilita la rima en versos que finalizan con palabras a la que se les ha aplicado el sufijo diminutivo «-ico», lo que, por otra parte, aporta un clima de afectividad: «pastorcico» (verso 2), «pesebrico» (verso 9), «corderico» (verso 18).
Centrémonos, pues, inicialmente en cuestiones métricas. La primera estrofa combina dos versos hexasílabos (1 y 2) y, en el estribillo, un heptasílabo (verso 3) y un pentasílabo (verso 4, que podría hacer las veces de pie quebrado); estribillo que, como ya indicamos, se repite en los versos 11-12, 19-20, 27-28 y 35-36. Por lo demás, los restantes versos de toda la composición son hexasílabos, lo cual origina el siguiente ritmo silábico: estrofas impares: 6-6-7-5; estrofa pares: 6-6-6-6.
Y en cuanto a la rima, el estribillo presenta rimas cruzadas, a modo de cuarteta, si bien los versos impares riman en asonante (/é-a/: «buena», «tiérra»); y los versos pares en consonante (/-íco/ «pastorcíco»/«pellíco»). La estrofa 2 es una redondilla con rimas consonantes: el verso 5 rima con el 9 en /-óra/: «hóra»/«adóra»; y el verso 6 con el 7, en /-éne/ («viéne»/ «tiéne»). Redondillas son también la estofa 4: el verso 13 rima con el 16 en /-éja/ («zamarréja»/«viéja»), y el 14 con el 15 en /-écio/ («desprécio»/«précio»); la estrofa 6: el verso 21 rima con el 24 en /-íllo/ («zurroncíllo»/«sencíllo»), y el 22 con el 23 en /-úno/ («algúno»/«úno»); y la estrofa 8: el verso 29 rima con el 32 en -/órro/: «córro»/«afórro», y el 30 con el 31 en /-éne/ («viéne»/«tiéne», con lo que se repite la rima de los versos 6 y 7 de la estrofa 2).
Y hay otra peculiaridad que afecta a las estrofas 3, 5, 7 y 9: el verso que la inicia (9, 17, 25 y 33) riman con el verso final de la estrofa precedente (8, 16, 25 y 32); es decir:
rima en /-óra/ («adóra»/ «móra» (versos 8-9);
rima en /-éja/ («vieja»/«ovéja» (versos 16-17);
rima en /-íllo/ («sencillo»/«decillo» (versos 24-25);
rima en /-órro/ («aforro/“hórro»).
Resulta, pues, evidente la grata eufonía que emana el villancico, pese al empleo a final de verso de palabras como «zamarreja», «aforro» [abrigo] y «horro» [libre].
El contenido del villancico logra un perfecto equilibrio entre lo puramente popular y lo doctrinal, expresado con una candorosa ingenuidad: el Niño nacido es el buen pastor -el Verbo divino que baja a la tierra para beneficiarla; y nace de María Virgen, en condiciones de máxima pobreza, aun cuando sea Hijo de Dios Padre que reina en los cielos: en un pesebre, y envuelto en rústicos ropajes propios de pastores -ataviado con una simple zamarra y un provisto de un zurrón-; y con su llegada a este mundo se satisface una «vieja deuda» -que, alegóricamente, alude al perdón de los pecados a través de la Redención-.
Las ovejas son la grey de dicho pastor -la humanidad que viene a salvar-; y pese a su sencillez, lo que envuelven esos pañales es a Dios uno y trino, nacido para liberar al mundo de su perdición. En definitiva, bajo su aparente sencillez, el villancico recoge aspectos profundos que constituyen una de las bases de la doctrina cristiana.
Villancico al Nacimiento
porque no sin razón llora;
arrullad el Niño, arrulladle,
que no se queja de balde.
La máscara del pecado 5
vio el niño y hase espantado,
que el coco le ha amenazado
a muerte desde esta hora.
Acallad el Niño, Señora,
porque no sin razón llora; 10
arrullad el Niño, arrulladle,
que no se queja de balde.
Jurole la cruz su Padre,
que, sin que le valga madre,
le hará un castigo que cuadre 15
a todo el mundo do mora.
Acallad el Niño, Señora,
porque no sin razón llora;
arrullad el Niño, arrulladle,
que no se queja de balde. 20
Tiritando está de frío,
no del suyo, sí del mío,
en ver que dél me desvío,
por eso, a vos apegadle.
Acallad el Niño, Señora, 25
porque no sin razón llora;
arrullad el Niño, arrulladle,
que no se queja de balde.
Vese en carne y en heno,
y sin ropa al frío y sereno, 30
cargado del yerro ajeno.
Daos prisa, Madre, abrigadle;
arrullad el Niño, arrulladle,
que no se queja en balde.
Conforman este villancico 34 versos, aunque no se mantiene la isometría del octosílabo. La copla inicial, que es la que actúa a modo de estribillo, alterna el eneasílabo con el octosílabo; y dado que se reitera cuatro veces, son, por tanto, eneasílabos los versos [1 y 3], [9 y 11], [17 y 19], y [25 y 27]; y octosílabos, los versos [2 y 4], [10 y 12], [18 y 20], y [26 y 28]. Y en cuanto a la distribución en coplas, son en total ocho de cuatro versos (versos 1-4, 5-8, 9-12, 13-16, 17-20, 21-24, 25-28 y 29-32), a las que se añaden dos versos que repiten la segunda parte del estribillo (versos 33-34: «arrullad el Niño, arrulladle, / que no se queja en balde»), razón por la que el verso 33 es eneasílabo. (Hemos cotejado ediciones en las que los versos 29 a 34 se agrupan en dos estrofas de tres versos cada una). El resto de los versos son octosílabos, incluso el 30, si suponemos la existencia de una forzada sinéresis: «y-sin-ro-paal-fríoy-se-re-no».
Parte fundamental del ritmo que se obtiene no es solo la distribución del número de sílabas de los versos -y su ubicación en el conjunto del poema-, sino también la de las rimas consonantes, cuyo esquema es el siguiente:
Coplas 1, 3, 5 y 7: [aabb] /-óra/ («señóra»/«llóra»), /-ádle/ («arrulládle»/«bálde»). Coplas a las que hay que añadir los dos versos que rematan el villancico y que reiteran la rima [bb] /-ádle/ («arrulládle»/«bálde»).
Copla 2: [cccd] /-ádo/ («pecádo»/«espantádo»/«amenazádo»), /-óra/ («hóra»).
Copla 4: [eeed] /-ádre/ («Pádre»/”mádre”/«cuádre»), /-óra/ («móra»).
Copla 6: [fffb] /-ío/ («frío»/«mío»/«desvío»), /-ádle/ («apegádle»).
Copla 8: [gggb] -/éno/ («heno»/«sereno»/«ajeno»), /-ádle/ («abrigádle»).
Con el precedente análisis se comprueba la reiteración de la rima [b] /-ádle/ en los versos 3-4, 11-12, 19-20, 24, 27-28 y 32, 33 y 34 (que constituyen el 33,3 % del total); y de la rima /-óra/ en los versos 1-2, 9-10, 17-18, 25-26 y, cerrando estofa, en los versos 8 y 16 (o sea, el 27,7 % del total). Añadamos los trípticos monorrimos de las coplas 2, 4, 6 y 8, que se convierten en otras tantas «mudanzas» que glosan el estribillo. Esta distribución de rimas prestan al villancico una fuerte trabazón interna, a la par que realzan el contenido expresado.
De hecho, en el estribillo ya le adelanta la «voz poética» a la Virgen, a la que se dirige con el vocativo «Señora», que haga callar al Niño y lo adormezca, porque su lloro y queja están más que justificados, en alusión directa al futuro sacrificio de la Redención: «no sin razón llora» (verso 2), «no se queja en balde» (verso 4; «en balde» = en vano, inútilmente).
La copla 2 incluye una original y afortunadísima metáfora: «La máscara del pecado» (verso 5) horroriza al Niño (toda máscara implica ocultación, y de ahí que el pecado se esconda tras ella para proceder impunemente), por lo que su madre intenta consolarlo; y también porque «el coco» -en una eficaz mezcla con el léxico infantil- lo ha intimidado amenazándolo de muerte desde el momento de su nacimiento. Con este doble plano en que se mezcla el lenguaje culto (el enmascaramiento del pecado) con lenguaje popular (el ser imaginario que mete miedo a los niños) logra fray José de Sigüenza crear un sugestivo clima poético que atenúa en cierto modo el dramatismo de la situación descrita.
En la copla 4 se augura la futura Pasión, tal y como recoge el verso 13: «Jurole la cruz su Padre». De hecho, cuando Jesús murió en la cruz, sin que su madre pudiera interceder por Él, sufrió el castigo que el pecado merece, reconciliando así a Dios con la Humanidad (interpretación escrituraria que cabe dar a los versos 14-16).
«Me desvío»
En la copla 6, el estremecimiento que siente el Niño no es de tipo físico -un frío ambiental-, sino de carácter espiritual, al contemplar a la Humanidad -en este caso representada por la propia figura de fray José de Sigüenza, en una especie de sinécdoque que toma la parte por el todo- alejada de la figura de Jesús, en una alusión implícita al pecado que vencerá con su sacrificio en la cruz. La confesión «me desvío» (del verso 23) recoge a las claras la actitud contrita del poeta («desviarse» es apartarse del camino que hay que seguir). El verso que cierra la estrofa (el 24) es consecuencia lógica de todo el proceso anterior: «por eso, a vos apegadle».
La copla 8 encierra varios ejes semánticos: el primero hace referencia al Niño recién nacido, recostado en el heno de un pesebre (verso 29), y sin ropa con que cubrirse, pasando frío, aun cuando se mantiene relajado (verso 30); el segundo alude metafóricamente a los pecados de la Humanidad, que Él viene a redimir (así lo sugiere el expresivo verso 31: «cargado del yerro ajeno»; y el tercero es un cambio de vocativo que reviste un singular interés: «Madre», en lugar de «Señora»; porque la Virgen es Madre de los cristianos y de la iglesia. La petición del verso 32 por parte del poeta (Daos prisa, Madre, abrigadle) implica su máxima implicación afectiva: al Niño hay que abrigarlo física y espiritualmente.
Quizá llame la atención la sencillez de recursos -a fin de cuentas el poema es un villancico, y así lo considera su autor- con que fray José de Sigüenza ha recogido toda la simbología que el nacimiento de Jesús representa.