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San Rafael Kalinowski es recordado como un religioso dedicado a la formación y dirección espiritual de los jóvenes

Diez años sin confesarse, condenado a muerte y a trabajos forzados en Siberia: más tarde, sería declarado santo

Antes de abrazar la vocación religiosa, Rafael Kalinowski llevó una vida tan intensa como inesperada: fue soldado, ingeniero y, solo después de atravesar un desierto espiritual, encontró el camino que lo conduciría al Carmelo

«Primero, amor por aquel, por quien soy; luego, por aquellos de quienes soy; y después, por aquellos con quienes estoy. Dios, padres, prójimo», escribió quien hoy es conocido como san Rafael Kalinowski.

Criado en un hogar lleno de amor y cercano a la fe y a los sacramentos, Józef Kalinowski —más tarde conocido como Rafael— nació el 1 de septiembre de 1835 en Vilna (capital de Lituania). Más tarde se trasladó a San Petersburgo, donde concluyó sus estudios en la Escuela Militar de Ingeniería y se alistó en el ejército ruso.

Su vida cambió radicalmente entre su labor como profesor en la universidad y su ascenso dentro del ejército, lo que lo llevó a abandonar el camino de la fe. Interiormente, comenzó a alejarse de la vida espiritual. Perdió el sentido de vivir la misa y el resto de los sacramentos, aunque nunca dudó de la existencia de Dios.

San Rafael Kalinowski fue un religioso carmelita descalzo considerado como el «Restaurador del Carmelo Polaco»

La educación religiosa no protege contra la crisis, pero ayuda a vivirla

Al santo le ocurrió lo mismo que a una gran mayoría de creyentes: llegó a una etapa de dudas, discernimiento y crisis espiritual. Es en estos momentos cuando se hace visible la educación religiosa recibida en el colegio o en casa. Aunque esta formación no es un arma que impida una crisis espiritual —a la que cualquiera puede enfrentarse—, sí ayuda a vivirla y quizá a sobrevivir cuando llega.

«Descuidé las prácticas religiosas, pero aquí y allá se despertaba en mi alma un fuerte impulso hacia la piedad interior, aunque pasajero. Sin embargo, no fui fiel a esa voz», escribió más tarde Rafaeł Kalinowski en sus memorias.

A pesar de haber vivido en un hogar donde experimentó de primera mano la fe, cada persona debe aceptar a Dios en su vida interior y personal. Si esto no ocurre, resulta difícil que pueda existir una auténtica vida espiritual. Y eso fue precisamente lo que experimentó Kalinowski: podía haber recibido una buena educación religiosa, ejemplificada en la práctica sincera de la religión —la oración, la misa, la confesión, los ayunos prescritos…—, pero todavía no había dado el paso interior que abre realmente el alma a Dios. Más que una conversión moral, el futuro santo necesitaba una conversión espiritual.

Una cruz a cambio de una confesión

Desde que comenzó a distanciarse de la fe, su familia empezó a preocuparse por él, especialmente su hermana menor. Fue precisamente ella quien, casi a modo de chantaje, logró convencerlo para que volviera a confesarse después de muchos años. Józef Kalinowski no veía razón alguna para hacer algo de lo que no estaba convencido y se mantuvo firme en su postura de no recibir un sacramento cuyo sentido profundo aún dudaba.

Todo cambió en agosto de 1863, cuando su amigo Jakub Giejsztor fue encarcelado y esperaba ser deportado a Rusia.

Queriendo apoyar a su amigo en el aterrador exilio al que estaba condenado, se le ocurrió regalarle una cruz con reliquias. Le pidió a su hermana que se la entregara, y ella puso inmediatamente una condición: la cruz a cambio de su confesión. Ante esto, el hermano mayor no tuvo más remedio que aceptar y se confesó el día de la Asunción de la Virgen María.

La experiencia lo transformó tanto que, poco después, en una carta a una persona cercana escribió: «Se ha producido un cambio en mí: tras diez años de alejamiento, he vuelto al seno de la Iglesia. Me he confesado y me siento muy bien; se lo cuento porque considero que este giro en mis convicciones religiosas es un acontecimiento importante en mi vida interior».

«Hay que pedir que se cumpla la voluntad de Dios, incluso cuando experimentamos desesperación interior y nos sentimos abandonados por Él. Lo que sentimos hoy, mañana pasará», reflexionó años más tarde sobre su etapa alejada de Dios.

Condenado al fusilamiento

Fue en 1863 cuando Dios volvió a ser el centro de su vida. Se apoyó en la práctica constante y consciente de ejercicios de piedad, los cuales transformaron profundamente su vida interior.

Frecuenta los sacramentos, la oración diaria y la dirección espiritual con un sacerdote profesor del seminario. Su fervor y su fe se fortalecen, pero ya no se trata de un entusiasmo basado en emociones pasajeras. Comienza en él una etapa de construcción consciente de la vida espiritual, apoyada en sólidos cimientos que edificarán su crecimiento interior.

En 1864, cuando en él despertaba el deseo de la vocación, fue arrestado. Fue clasificado como delincuente de primera categoría y condenado a muerte por fusilamiento. Antes de ser enviado a Siberia, logró confesarse durante la Pascua.

«Cuando las adversidades os abatan, imitad al niño pequeño que, ante el peligro, llama a su madre y corre rápidamente a lanzarse a sus brazos. Los brazos de María siempre están abiertos para acogernos», escribió en sus memorias.

Trabajos forzados en Siberia

En aquellas circunstancias especialmente duras, demostró una gran entereza y caridad, soportando los sufrimientos y las incomodidades, y compartiendo con los demás lo que podía recibir de sus familiares: «Lo escribo claramente: la miseria aquí es grande; encontrar dinero en la patria es siempre más fácil que en Siberia. Me es inconcebible ser indiferente». Años más tarde, fue liberado de los trabajos forzados y se le concedió la libertad, aunque con la prohibición de regresar a Lituania.

En 1877, ingresó en el convento carmelita de Grantz (Austria), adoptando el nombre de Rafael de San José. Fue entonces cuando comenzó una apasionante vida religiosa. Más tarde se trasladó a Hungría para estudiar filosofía y teología.

El 27 de noviembre de 1881 pronunció sus votos perpetuos y fue enviado a Polonia, al convento de Czerna, donde fue ordenado sacerdote el 15 de enero de 1882. Apenas un año después, se le confiaron grandes responsabilidades.

Se dedicó a reorganizar la orden en Polonia, así como la Tercera Orden Seglar. Se ocupó de la escritura y de la dirección del colegio de teología, ganándose el aprecio por su labor como confesor y director espiritual. Con especial dedicación, atendía a sus hermanas carmelitas descalzas, entregándose a ellas con gran esmero.

La estancia en Siberia lo transformó interiormente: regresó convencido de la necesidad de dedicarse a la formación de la juventud, etapa que consideraba clave por ser un momento de configuración de la persona y de búsqueda de su futuro. Su objetivo era formar a los jóvenes de manera íntegra, no solo en lo espiritual, sino también en lo intelectual. El carmelita falleció el 15 de noviembre de 1907 y fue canonizado por Juan Pablo II en 1991.

En vida dejó numerosos escritos sobre sus experiencias espirituales y sobre el crecimiento de su vida interior. En una ocasión escribió lo siguiente acerca del poder de la oración: «El mundo puede despojarme de todo, pero siempre me quedará un lugar oculto al que no podrá acceder: ¡la oración! En ella podemos acoger el pasado, el presente y el futuro, y situarlos en el ámbito de la Esperanza. ¡Oh Dios, qué gran tesoro concedes a quienes ponen en Ti su confianza!».