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El abrazo de un nieto puede ser más sanador que muchas medicinasGREGORIO RECHE

Cultura de la vida

Estos voluntarios tienen la clave para evitar suicidios: «La eutanasia se pide porque la gente está sola»

«Historias que curan», de Vicente Trelles, recoge catorce casos de enfermos y voluntarios de hospital que muestran el revolucionario poder sanador del cariño y la escucha

«Tuve otro caso de eutanasia. El mismo problema: que no sabía qué iba a ser de él, qué le esperaba después de la muerte, tenía preguntas, necesitaba que alguien le respondiera, pero que fuera alguien que tuviera tiempo. ¡Qué cosas! La eutanasia se pide porque la gente no tiene tiempo». Quien así habla lleva diez años recorriendo los pasillos del Hospital Clínico de Madrid, acompañando a los enfermos, consolando a los familiares, administrando los sacramentos a los moribundos. Es el padre Javier Alonso Sandoica, cuyo testimonio aparece recogido en Historias que curan, el primer libro de Vicente Trelles (1975), coordinador del voluntariado de acompañamiento a pacientes de la capellanía católica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid. En su obra, Trelles expone catorce historias de enfermos y voluntarios de hospital que muestran «el gran poder sanador del cariño y la escucha desinteresados».

«Es verdad lo que afirma Oscar Wilde: 'Lugar sagrado es donde hay dolor'», señala el sacerdote. «Es precioso. Entrar en la habitación de un enfermo es entrar en un lugar sagrado», subraya. «En líneas generales, esa es la vida de un capellán. Estar siempre a la sorpresa diaria. Hay una cosa muy bonita y es que vives como el Señor: te encuentras con las personas», explica Alonso Sandoica.

La labor del sacerdote, o de los voluntarios como Trelles, salva vidas. «Ha habido personas que nos llaman y nos dicen: Estoy solo. Recuerdo el caso de una persona que pedía eutanasia», refiere el capellán. «Le digo: ¿Qué tal estás? Me dice: Bueno, estoy bien, pero es que llevo cinco meses sin hablar con nadie. Por favor, que alguien me haga caso. Por eso quería la eutanasia. Estoy solo, tío, estoy solo. Cuando me lo dijo, confesó y comulgó. Le empezamos a enviar voluntarios», prosigue el sacerdote. Fue uno de los primeros casos en los que lograron evitar el suicidio asistido.

Vicente Trelles, el autor del libro

A pocos metros del hospital se encuentra el Tribunal Constitucional, desde donde se dio el espaldarazo final a la Ley de la Eutanasia aprobada por el Gobierno de Pedro Sánchez. «Las 187 páginas de la sentencia no han conseguido recoger un miligramo de la vida real de los pacientes que se encuentran en el Clínico al otro lado de la calle, de la vida de cualquier enfermo en cualquier hospital de cualquier país del mundo», lamenta el capellán. «Pacientes que, lejos de pedir la eutanasia con la alegría del que ejerce un derecho —fundamental, además—, lo hacen con la amargura del que se encuentra solo», desvela Alonso Sandoica.

«Las heridas del alma»

Trelles recoge también la experiencia personal que protagonizó con una enfermera del hospital, de esas que «saben que a veces no basta un suero ni una quimioterapia para curar las heridas del alma, que no sangran, pero duelen». «Vicente, tenéis que ir a visitar a Marie», le pide la profesional sanitaria. Marie es una señora que ha vivido casi toda su vida en Francia, pero que desde hacía un año residía en España, donde apenas tiene familia, y que había solicitado el suicidio asistido. «Mi experiencia es que la gente pide la eutanasia porque se encuentra sola, no porque esté sufriendo dolores humanamente insoportables», expone Trelles.

Él y otro voluntario acudieron a Carabanchel, donde Marie pasaba sus últimos momentos de vida, cuidada por su prima Vicky y por Josefa, una señora guatemalteca. «Llevábamos siete años sin vernos —les explica Vicky—, pero soy la familiar más cercana que tiene». «Mi marido murió hace un año y medio y mi psicóloga me dijo que no me hiciera cargo de Marie. No he pasado el duelo y no estoy emocionalmente preparada. Pero, ¿cómo voy a dormir tranquila sabiendo que mi prima se está muriendo sola? Así que nada, me cojo el Cercanías en Fuenlabrada al salir de trabajar y me vengo aquí», prosigue, resuelta.

Vicky accedió a los deseos de Marie de solicitar el suicidio asistido, y le ayudó «con todo el papeleo para que le concediesen la dichosa eutanasia». Pero ni hizo falta. Josefa entró en juego: «Ella cuida a todos los enfermos como si fueran sus hermanos, porque es cristiana. Empezó a rezar cada día por Marie mientras se ponía junto a ella, hasta que un día Marie, que no tenía fe, pero estaba bautizada, le dijo: Josefa, no quiero que reces por mí. Quiero rezar contigo», narra.

La portada del libro de Vicente Trelles

Empezaron a hacerlo. Un día, Marie dijo: «Realmente, la eutanasia es un pecado. No puedo pedirla. Vicky di a los médicos que, de eutanasia, nada». «La verdad es que al principio me enfadé mucho con Josefa porque pensé que había manipulado a mi prima. Pero luego, viendo cómo la cuidaba, me di cuenta de que eso era imposible. Estuve a punto de denunciarla a la empresa», reconoce ahora Vicky. La respuesta de Josefa dejó a todos sin palabras: «Si tuviera que elegir entre el trabajo y mis convicciones, señora Vicky, elegiría mis convicciones. Ya le dije que no me importaba quedarme en la calle».

«Dos días después, nos comunicó la muerte de Marie por causas naturales», concluye el autor del libro.