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Bruno Toral, dueño de un gimnasio y exatleta de culturismo, narra su conversión

De ateo «quema iglesias» a bautizar a sus hijos: «Mi mujer era súper feliz. Yo no. Quería acercarlos a ella»

Bruno Toral ha revelado su impactante testimonio de conversión desde «una familia muy atea, muy atea» hasta encontrarse con Dios

Cabeza rapada, barba larga, brazos musculados y cubiertos de tatuajes y aspecto de «tipo duro». No es un católico al uso, podrían pensar muchos. Y, en cierto modo, es verdad. «Yo vengo de una familia muy atea, muy atea», asegura Bruno Toral, dueño de un gimnasio y exatleta de culturismo. Toral ha sido entrevistado en el quinto episodio de Rebeldes Podcast, el espacio dirigido y presentado por el padre Ignacio Amorós.

«Mi mujer viene de familia cristiana tradicional. Cuando nos empezamos a conocer, ya me decía que yo era un quema iglesias, porque negaba incluso la existencia de Jesús. Yo era es imposible», reconoce ahora el culturista. Su educación le llevó hacia un cierto estoicismo, que le hizo convencerse que de «yo soy el responsable de cómo me va la vida, bien o mal, y no hay nadie por encima de mí, y yo estoy solo contra el mundo».

Bruno Toral, durante su visita a 'Rebeldes Podcast'

Bruno Toral, durante su visita a 'Rebeldes Podcast'

Eso fue creando en Bruno una suerte de «coraza» protectora pese a lo cual, «las cosas me fueron bien». «Por así decirlo, yo tenía mucho más de lo que me hubiese atrevido a soñar», asegura. Conoció a la que se convertiría en su mujer, Paloma –«que es un 20 sobre 10»–, «los negocios me iban bien, mi carrera me iba bien. Soy un privilegiado. Lo tengo todo». Incluso dos hijos que llegarían más tarde. Pero algo fallaba: «¿Por qué no soy feliz?». La pregunta no dejaba de aguijonearle.

Bruno identifica «un inconformismo existencial y una pena de corazón» durante esa etapa vital previa al Covid-19. «En el mundo hay guerras, tensiones; vivimos en una en una época muy mediática, de mucho ruido, súper negativo», constató. Y, entonces, llegó a un curioso razonamiento: «Si hay tanta maldad en el mundo, tiene que haber amor».

«Recuerdo que estaba un día volviendo en el coche con una pareja de amigos íntimos que son relativamente practicantes y les digo: Voy a bautizar a los niños», explica. Sus amigos, que le conocían bien, no daban crédito. Pero, cuando llegó a su casa, le dijo a su esposa: «Paloma, he pensado que vamos a bautizar a los niños». «Paloma, en plan: Me estás vacilando y no me está molando nada. No me hace ninguna gracia». «Que sí, que sí, que vamos a bautizar a los niños y yo me voy a empezar a poner las pilas», sentenció Bruno.

Prohibido hablar de Dios

Paloma no podía dar crédito. «Ella decía que ni es sus mejores sueños se lo podía esperar», observa. «Es que yo prohibía hablarles de Dios. Es decir, mi mujer y mis suegros, que son practicantes, lo tenían prohibido. Soy una persona... que se hace lo que yo digo. Y he prohibido hablarle de Dios a los niños. Prohibido», enfatiza, aunque su conversión posterior suavizó ese carácter irascible suyo.

¿Qué hizo que Bruno cambiara de opinión? «Sentí la necesidad personal de protegerles y acercarles a lo que yo sentía que diferenciaba la felicidad de mi mujer de la mía», reconoce con humildad el «tipo duro». y se explica: «Mi mujer es una persona súper feliz. Yo sabía que la mayor parte de su felicidad era por su fe. Es su fe desde pequeña. Y es cómo desde esa fe ella vive el día a día. Es algo que, a día de hoy, no tengo todavía», prosigue. «Mi mujer sufrió mi proceso personal y me daba muchísima envidia. ¡Envidia, pero incluso mala!», apostilla. «Había momentos en que decía palabrotas; que decía: ¿Y por qué? ¿Y por qué yo? ¿Y por qué no puedo ser feliz? ¿Y por qué, si lo tengo todo, no voy a ser feliz?», añade.

Ese «aguijón» le llevó «a transicionar, a un proceso personal de abandonar ciertos aspectos de mí, de mi personalidad o de mi carácter nocivos y abrirme a ser mucho más flexible». «Y eso me ha cambiado», reconoce ahora. «La relación con mi mujer me ha cambiado; la relación con mis hijos me ha cambiado; la relación laboral ha cambiado; la relación con mis amigos, con mis padres... Es decir, yo ahora afronto el día a día de una manera muy sana y los problemas que van viniendo me los voy tomando con total naturalidad, sin que me afecte», detalla Bruno.

El bautizo

«Bautizamos a los niños», revela el culturista, pero no era suficiente. «Yo soy bastante recto con las decisiones. Si bautizamos a los niños, tenemos que ejercer de padres católicos», razonó. «O sea, esto no es un flus y ya, o un 'por si acaso'», prosigue. Así que «empezamos a a trabajar en nuestro matrimonio y en la educación de nuestros hijos y empezamos a ir a la iglesia». «A mí me costaba un poquito el tema de las homilías, porque soy una persona muy dinámica. Entonces, lo de estar sentado, quieto, escuchando, me cuesta un poquito, ¿eh?», confiesa. «Sin embargo, yo notaba que me hacía bien y que era muy interesante, sobre todo alfabetizarme, religiosamente hablando», observa.

Un día, un íntimo amigo le invitó a una alabanza. «Y ese fue el cambio total; la posibilidad de poder asistir misa y a las alabanzas los domingos para mí era perfecto para empezar el lunes», concluye. «No fue solo la presencia de Dios, sino cómo lo vive de verdad la gente. Y lo feliz, lo felices que son. Para mí es un círculo que vuelve a al tema de la felicidad. La gente allí es feliz. La gente con la que me rodeo es muy feliz», destaca.

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