Fundado en 1910

El Consejo General de la Fraternidad San Pío X, con el padre Pagliarani en el centroFSSPX

Lea la carta íntegra del padre Pagliarani al cardenal Fernández

'El Debate' ofrece a sus lectores la extensa misiva que ha remitido Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, al prefecto del dicasterio para la Doctrina de la Fe

Menzingen, 18 de febrero de 2026, Miércoles de Ceniza.

Eminencia Reverendísima,

Ante todo, le agradezco haberme recibido el pasado 12 de febrero, así como haber hecho público el contenido de nuestro encuentro, lo cual favorece una perfecta transparencia en la comunicación.

No puedo sino acoger favorablemente la apertura a una discusión doctrinal, manifestada hoy por la Santa Sede, por la sencilla razón de que fui yo mismo quien la propuso hace exactamente siete años, en una carta fechada el 17 de enero de 20191. En aquel momento, el Dicasterio no mostró realmente interés por tal discusión, aduciendo —de forma oral— que era imposible llegar a un acuerdo doctrinal entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X.

Por parte de la Fraternidad, una discusión doctrinal era —y sigue siendo— deseable y útil. En efecto, aunque no se llegue a un acuerdo, los intercambios fraternos permiten conocerse mejor mutuamente, afinar y profundizar los propios argumentos, comprender mejor el espíritu y las intenciones que animan las posiciones del interlocutor, sobre todo su amor real por la Verdad, por las almas y por la Iglesia. Esto se aplica, en todo momento, para ambas partes.

Esa era precisamente mi intención en 2019, cuando sugerí una discusión en un momento sereno y pacífico, sin la presión o la amenaza de una posible excomunión que habría hecho el diálogo un poco menos libre, lo cual, lamentablemente, sucede hoy.

Dicho esto, aunque me alegra, por supuesto, esta nueva apertura al diálogo y la respuesta positiva a mi propuesta de 2019, no puedo aceptar, por honestidad intelectual y fidelidad sacerdotal, ante Dios y ante las almas, la perspectiva y los objetivos en nombre de los cuales el Dicasterio propone reanudar el diálogo en la situación actual; ni tampoco, por otra parte, el aplazamiento de la fecha del 1 de julio.

Le expongo respetuosamente las razones, a las que añadiré algunas consideraciones complementarias.

Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal, especialmente en lo que se refiere a las orientaciones fundamentales adoptadas desde el Concilio Vaticano II. Este desacuerdo, por parte de la Fraternidad, no constituye una simple divergencia de opiniones, sino un verdadero caso de conciencia, nacido de lo que resulta ser una ruptura con la Tradición de la Iglesia. Lamentablemente, este complejo nudo se ha vuelto aún más inextricable con los desarrollos doctrinales y pastorales surgidos durante los últimos pontificados.

Por lo tanto, no veo cómo un proceso de diálogo común podría conducir a determinar conjuntamente cuáles serían «los mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», ya que, como usted mismo ha recordado con franqueza, los textos del Concilio no pueden ser corregidos, ni puede cuestionarse la legitimidad de la reforma litúrgica.

Se entiende que este diálogo debería permitir aclarar la interpretación del Concilio Vaticano II. Pero esta ya está claramente establecida en el posconcilio y en los sucesivos documentos de la Santa Sede. El Concilio Vaticano II no es un conjunto de textos libremente interpretables: ha sido recibido, desarrollado y aplicado durante sesenta años por los papas que se han sucedido, según orientaciones doctrinales y pastorales precisas.

Esta lectura oficial se expresa, por ejemplo, en textos importantes como Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium o Amoris Lætitia. Se manifiesta igualmente en la reforma litúrgica, comprendida a la luz de los principios reafirmados en Traditionis Custodes. Todos estos documentos muestran que el marco doctrinal y pastoral en el que la Santa Sede pretende situar cualquier discusión ya está determinado.

El diálogo propuesto se presenta hoy en circunstancias que no pueden ignorarse. En efecto, llevamos siete años esperando una respuesta favorable a la propuesta de discusión doctrinal formulada en 2019. Más recientemente, escribimos en dos ocasiones al Santo Padre: primero para solicitar una audiencia, y luego para exponer con claridad y respeto nuestras necesidades y la situación concreta de la Fraternidad.

Sin embargo, tras un largo silencio, solo cuando se mencionan las consagraciones episcopales se propone la reanudación del diálogo, que aparece, por tanto, como dilatorio y condicionado. En efecto, la mano tendida para la apertura al diálogo va acompañada, lamentablemente, de otra mano ya dispuesta a infligir sanciones. Se habla de ruptura de la comunión, de cisma2 y de «graves consecuencias». Más aún, esta amenaza es ahora pública, lo cual crea una presión difícilmente compatible con un verdadero deseo de intercambios fraternos y de diálogo constructivo.

Por otra parte, no nos parece posible entablar un diálogo para definir cuáles serían los mínimos necesarios para la comunión eclesial, simplemente porque esa tarea no nos corresponde. A lo largo de los siglos, los criterios de pertenencia a la Iglesia han sido establecidos y definidos por el Magisterio. Aquello que debía creerse de forma obligatoria para ser católico siempre se ha enseñado con autoridad, en constante fidelidad a la Tradición.

Por lo tanto, no vemos cómo estos criterios podrían ser objeto de un discernimiento común mediante el diálogo, ni cómo podrían ser reevaluados hoy en día hasta el punto de no corresponder ya a lo que la Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado y que nosotros deseamos observar fielmente, en nuestro lugar.

Finalmente, si se prevé un diálogo con vistas a llegar a una declaración doctrinal que la Fraternidad pueda aceptar, en relación con el Concilio Vaticano II, no podemos ignorar los precedentes históricos de los esfuerzos realizados en este sentido. En particular, quisiera llamar su atención sobre el más reciente: la Santa Sede y la Fraternidad recorrieron un largo camino de diálogo, iniciado en 2009, particularmente intenso durante dos años, y luego continuado de manera más esporádica hasta el 6 de junio de 2017. Durante todos esos años, se buscó alcanzar lo que el Dicasterio propone ahora.

Sin embargo, todo terminó drásticamente con una decisión unilateral por parte del prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Müller, quien, en junio de 2017, estableció solemnemente, a su manera, los «mínimos necesarios para la plena comunión con la Iglesia católica», incluyendo explícitamente todo el Concilio y el posconcilio3. Esto demuestra que, si se insiste en un diálogo doctrinal demasiado forzado y sin la suficiente serenidad, a largo plazo, en lugar de obtener un resultado satisfactorio, solo se conseguirá agravar la situación.

Así pues, ante la constatación compartida de que no podemos llegar a un acuerdo sobre la doctrina, me parece que el único punto en el que podemos coincidir es el de la caridad hacia las almas y hacia la Iglesia.

Como cardenal y obispo, usted es ante todo un pastor: permítame dirigirme a usted en ese título. La Fraternidad es una realidad objetiva: existe. Por eso, a lo largo de los años, los Sumos Pontífices han tomado nota de su existencia y, mediante actos concretos y significativos, han reconocido el valor del bien que puede realizar, a pesar de su situación canónica. Es también por eso que hoy estamos dialogando.

Esta misma Fraternidad le pide únicamente poder continuar haciendo ese mismo bien a las almas a las que administra los santos sacramentos. No le pide nada más, ningún privilegio, ni siquiera una regularización canónica que, en el estado actual de las cosas, es impracticable debido a las divergencias doctrinales. La Fraternidad no puede abandonar a las almas. La necesidad de las consagraciones es una necesidad concreta a corto plazo para la supervivencia de la Tradición, al servicio de la Santa Iglesia católica.

Podemos estar de acuerdo en un punto: ninguno de nosotros desea reabrir heridas. No repetiré aquí todo lo que ya hemos expresado en la carta dirigida al Papa León XIV, de la que usted tiene conocimiento directo. Subrayo solamente que, en la situación actual, el único camino realmente practicable es el de la caridad.

Durante la última década, el Papa Francisco y usted mismo han abogado ampliamente por «la escucha» y la comprensión de las situaciones particulares, complejas, excepcionales, ajenas a los esquemas ordinarios. También han deseado que el derecho se utilice siempre de forma pastoral, flexible y razonable, sin pretender resolverlo todo con automatismos jurídicos y esquemas preestablecidos. La Fraternidad no le pide otra cosa en este momento, y sobre todo no lo pide para sí misma: lo solicita por esas almas, respecto de las cuales, como ya se ha prometido al Santo Padre, no tiene otra intención que hacerlas verdaderas hijas de la Iglesia romana.

Finalmente, hay otro punto en el que también estamos de acuerdo, y que debe alentarnos: el tiempo que nos separa del 1 de julio es un tiempo de oración. Es un momento en el que imploramos al Cielo una gracia especial y, por parte de la Santa Sede, comprensión. Rezo especialmente por usted al Espíritu Santo y —no lo tome como una provocación— a su santísima esposa, la Mediadora de todas las gracias.

Deseo agradecerle sinceramente la atención que me ha dispensado y el interés que tenga a bien mostrar a la presente cuestión.

Reciba, Eminencia Reverendísima, la expresión de mis más distinguidos saludos y de mi devoción en el Señor.

Davide Pagliarani, Superior General

+ Alfonso de Galarreta, Primer Asistente General

Christian Bouchacourt, Segundo Asistente General

+ Bernard Fellay, Primer Consejero General, Ex Superior General

Franz Schmidberger, Segundo Consejero General, Ex Superior General