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Monseñor Ricardo Blázquez (derecha), el día que presentó a monseñor Luis Arguello como nuevo arzobispo de ValladolidArzobispado de Valladolid

¿Qué hace un obispo cuando se jubila a los 75 años? «Lo primero, no estorbar. Y, lo segundo, ayudar»

Pasan de tener una ocupación casi frenética a entrar en un remanso de paz y serenidad. ¿Cómo vive un obispo su jubilación? Nos lo cuentan siete de ellos

Cumplen los 75 años, envían la preceptiva carta a Roma presentando su renuncia y esperan la respuesta del Papa. En muchas ocasiones, el Santo Padre les mantiene en el cargo dos o tres años más, aunque en otros –como es el caso del cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, a punto de cumplir los 80– la prórroga se extiende algún tiempo más.

Y, después, ¿qué? ¿Qué hace un obispo de 78 o 79 años que se encuentra bien de salud y de ánimo, con ganas de seguir trabajando por la Iglesia? ¿Se queda en la diócesis en la que fue obispo, o vuelve a su lugar de origen? Les hemos trasladado las preguntas a varios obispos eméritos de toda España, y esto es lo que han respondido.

Como un monje medieval

«Mi vida actualmente, como la de tantos obispos jubilados, es muy sencilla», asegura desde Valencia monseñor Agustín Cortés Soriano, obispo emérito de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), de 78 años de edad. «En mi caso se definiría como la vida de quien está abierto y disponible para lo que se me pida, siempre que sea una tarea que esté a mi alcance y me lo permita el tiempo y la salud», puntualiza. «Como dedicación continuada, a manera de trabajo de monje medieval, me dedico a la transcripción y traducción de un texto teológico-espiritual del siglo XV en vistas a su posible publicación», desvela monseñor Cortés.

Monseñor Agustín Cortes, obispo emérito de Sant Feliu

«He vuelto a la casa donde viví buena parte de mi existencia, la casa de la familia en Valencia, dentro del barrio en el que nací y me formé», agrega. «Como me decía un obispo jubilado, hace años, 'disfruto de la compañía de personas que siempre me hablaron, y ahora siguen hablándome, de tú'. Vivo como una especie de reinserción en la diócesis de Valencia, sin dejar los lazos con mi diócesis de Sant Feliu de Llobregat. Las diócesis, tanto de origen, como de acogida, ayudan mucho, más allá de lo establecido por las normas, pero la jubilación me ha devuelto la condición de 'ciudadano normal' que ha de desenvolverse en medio de los compromisos y las posibilidades de la vida secular en todo sentido», observa el prelado. «Aunque tengo el apoyo familiar, también gozo de la ayuda de una de las residencias sacerdotales de la diócesis de Valencia», puntualiza.

Los peligros de la vida espiritual no se esfuman con la jubilación: «Es una vida que, como don de Dios, uno debe cuidar, evitando caer en la evasión («ver los toros desde la barrera»), la apatía o el aburguesamiento: uno sigue siendo sacerdote al servicio del Pueblo de Dios y ha de discernir lo que el Espíritu manda en esa circunstancia». «De ahí que pida al Señor saber distribuir adecuadamente el tiempo de oración, meditación, trabajo, relaciones personales, descanso, etc., y sea fiel en el cumplimiento de su voluntad», confiesa.

«Hoy puedo decir que resulta muy sano, espiritualmente hablando, llegar a vivir esta vida con sentido, después de años de responsabilidad y servicio en un puesto 'especial' dentro de la Iglesia», reconoce.

Un anciano que ayuda a otro anciano

«La vida de un obispo jubilado es, ciertamente, más tranquila, pero, poco a poco, se va llenado también de compromisos apostólicos», explica monseñor Celso Morga, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz.

«En mi caso, los días trascurren entre el rezo del oficio divino y la oración, la celebración de la santa misa por las mañanas, y, después, trabajo de estudio, lectura, escritura... Por la tarde, un rato de lectura, rezo de vísperas, rosario y oración, visita a la iglesia de san Bartolomé, donde me siento un rato a confesar y retorno a casa para la cena y el descanso. Ocasionalmente, algún retiro a sacerdotes, alguna charla etc.», desgrana

Monseñor Celso Morga, trabajando en su ordenador bajo una foto suya con el Papa Francisco

«En la vida siempre estamos aprendiendo. Estoy celebrado en estos días en una residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Estas religiosas son 'ángeles' en la tierra. Pero, aparte de ellas, estas mañanas estoy viendo a un anciano, que ayuda a otro de la forma mas sencilla: le trae con la silla a ruedas a la capilla, le pregunta si ha dormido bien y si ha desayunado bien y le da los buenos días. Siempre se aprende de esos pequeños detalles, de los que la vida esta llena, a servir de ayuda a los demás», confiesa el prelado.

«Junto a ello, no descuido el trato con los amigos, visita a enfermos, a familiares, llamadas por teléfono, paseos... En fin, una vida sin responsabilidad directa pastoral, pero animada por el deseo de seguir siendo útil a la Iglesia, mediante el ministerio sacerdotal, que nunca se pierde y es fuente de perenne alegría», subraya monseñor Morga.

Don Celso vive a caballo entre Logroño y su pueblo natal, Huércanos –donde nació hace 78 años–, «en compañía de mi hermana y mi cuñado». «Pienso que, mientras no se asome la enfermedad grave o limitaciones físicas importantes, es un periodo de la vida que puede aprovecharse para seguir trabajando por el bien de las almas», afirma con convicción. «Cuando lleguen esas limitaciones, el Señor –así lo espero– me dará su gracia para seguir sirviendo a la Iglesia de otra manera mas silenciosa y eficaz», concluye.

«Un ocio laborioso»

«Tengo 82 años y estoy en condición de arzobispo emérito de Zaragoza desde noviembre de 2020», comienza relatando monseñor Vicente Jiménez Zamora. «Vivo en la residencia de la Fundación Tobías del arzobispado de Zaragoza, conviviendo con algunos sacerdotes jubilados y con laicos residentes», detalla.

«En la primera etapa de arzobispo jubilado he tenido actividad: he sido responsable del equipo sinodal de la Conferencia Episcopal Española y padre sinodal; he sido administrador apostólico de las diócesis de Huesca y de Jaca durante año y medio; también fui capellán del monasterio de monjas cistercienses de Santa Lucía», enumera.

Monseñor Vicente Jiménez, con el Papa FranciscoArzobispado de Zaragoza

«En la actualidad me dedico a practicar un ocio laborioso y reposar en una sosegada actividad. Es la hora de una oración sosegada y sin prisas, del retiro silencioso y discreto, de la paciencia callada y sufrida, del sereno y tranquilo atardecer, del agradecimiento generoso por tantos dones recibidos en el ejercicio de mi ministerio y del perdón humilde por mis faltas y pecados», reconoce.

«Presido la celebración de la eucaristía en la residencia de la Fundación Tobías; escribo algunos artículos para revistas y hago recensiones de libros; dirijo retiros y ejercicios espirituales; predico en triduos y novenas; leo reposadamente los documentos del Papa León XIV y los escritos de la Conferencia Episcopal Española; me gusta la lectura de textos de autores clásicos latinos y de los grandes poetas de la literatura española; paseo con regularidad», explica.

«Ante la hora de la muerte hago mía la recomendación de fray Luis de Granada: Quisiera yo agora aparejarme para el día de la cuenta que ya no puede estar lejos», recita.

Un arzobispo del Real Madrid

Para monseñor Francisco Pérez, arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, de 79 años de edad, «un obispo jubilado tiene una labor fundamental: dedicar tiempo a rezar por la Iglesia y la sociedad». «También se dispone de tiempo para leer e informarse», puntualiza, y «como momentos de servicio, en la medida que puedo, ayudo en la pastoral diocesana –ahora en Málaga, donde resido– celebrando la eucaristía a quien me lo pide; dirigiendo Ejercicios Espirituales –de modo especial a sacerdotes– en las diócesis que me invitan; acompañando espiritualmente a personas que se acercan a la Casa Diocesana de Málaga, en donde vivo…».

Monseñor Francisco Pérez reside en Málaga

«Se me pasa el tiempo muy rápido y procuro descansar dedicando tiempo a la plegaria, paseando para no perder movilidad y, como mi afición es el fútbol, dedico un tiempo a ver los partidos de TV (desde pequeño soy del Real Madrid) y los partidos de tenis cuando juega Carlos Alcaraz», confiesa.

Y recurre a una anécdota que le ha sucedido para ilustrar su día a día: «Estaba rezando en la capilla de una iglesia y vi a un joven que se encontraba en uno de los bancos… Al terminar mi oración me acerqué a él y, tocándole al hombro, le saludé. Se levantó y me dijo que estaba en esa capilla porque sentía interiormente una gran paz y añadió que estaba esperando hablar con un sacerdote, puesto que de pequeño había rechazado celebrar la Primera Comunión y ahora sentía un gran deseo de recibir a Jesús. Este joven es universitario y con una gran carrera… Le indiqué que hablara con el sacerdote encargado y ahora ha iniciado el proceso de preparación para la Confirmación y Primera Comunión».

De una agenda «saturada» a otra «prácticamente vacía»

Fue el presidente de la Conferencia Episcopal Española durante tres trienios y arzobispo de Valladolid. El cardenal Ricardo Blázquez detalla que pasó «a la condición de mérito a finales del mes de julio del año 2022». «En el mes de agosto inicié unas vacaciones que podemos decir ya indefinidas, una vez que monseñor Luis Argüello comenzó su ministerio episcopal como arzobispo de Valladolid y yo me vine a Ávila. Aquí resido con sacerdotes ancianos de esta diócesis», explica.

El cardenal Blázquez, junto a su retrato en el Salón del Trono del arzobispado de Valladolid, hace un añoArzobispado de Valladolid

La jubilación le ha supuesto reencontrar antiguos compañeros y amigos: «La mayor parte de los que convivimos ahora, coincidimos en el seminario hace unos 60 años». «La experiencia que yo tengo es que, al principio, uno queda como en el aire, como desarraigado. Ya no está en el hábito anterior ni está todavía en el hábito nuevo, y así está con una cierta incomodidad. Un signo de este cambio muy expresivo, por otra parte, es que antes la agenda estaba saturada de tareas y ahora está prácticamente vacía. Este cambio, esta adaptación, requiere también tiempo y paciencia», reconoce el que fuera presidente de la CEE.

«Tengo 84 años, pero gozo de bastante buena salud. En este tiempo he podido ultimar algunas publicaciones que estaban como en el taller, y también ocasionalmente se me han pedido algunas colaboraciones que gustosamente puedo aceptar y más gustosamente aun puedo cumplirlas», explica el cardenal Blázquez.

«Mis aficiones siempre han sido la lectura y el trabajo intelectual. Me ha gustado mucho viajar y conocer lugares, pero ahora ya ni tengo carné de conducir ni tengo coche. Por tanto voy con el tren y con otros medios públicos, o me llevan a lugares concretos. Muchos se han ofrecido para llevarme, y de vez en cuando utilizo su ofrecimiento», afirma.

El cardenal Ricardo Blázquez, durante una intervención pública recienteArzobispado de Valladolid

«Veo con claridad que estoy en la última etapa de mi vida, que se prolongará lo que Dios quiera. Tengo la convicción y la experiencia de que todas las etapas de la vida son preciosas. También esta última, que vivo con serenidad y con esperanza. Es verdad que la proximidad de la muerte va emitiendo constantemente señales. Quiero vivir diariamente a disposición de lo que el Señor disponga», reconoce.

Para el arzobispo emérito de Valladolid, «como Ávila y Valladolid están cerca, puedo viajar con frecuencia». «Soy emérito de Valladolid», recuerda, «y allí querría esperar la resurrección final descansando en la catedral, donde dispongan».

«No estorbar»

«Mi lema es, primero, no estorbar. Y, segundo, ayudar en lo que pueda y me pida el arzobispo». Con este realismo y sentido del humor afronta su jubilación monseñor Manuel Sánchez Monge, palentino de 78 años y obispo emérito de Santander.

Monseñor Manuel Sánchez MongeDaniel Pedriza

«Vivo generalmente en Valladolid, con una hermana melliza, pero paso de vez en cuando una semana en Santander», explica. «Celebro la eucaristía normalmente en la basílica santuario. Y, por encargo del arzobispo, atiendo la formación de las monjas de clausura, tanto de la capital como de algunos pueblos. Las Confirmaciones las repartimos entre el arzobispo, el vicario general y un servidor. También predico ejercicios espirituales, fundamentalmente a sacerdotes; también a seminaristas, religiosas, monjas de clausura e institutos seculares. Unas tres o cuatro tandas al año», detalla.

«Me gusta leer y escribir. Colaboro periódicamente en El Debate, El Diario Montañés y Ecclesia. Y cuando leo la prensa, pongo especial interés en las páginas de Religión y de Cultura», confiesa el prelado. «Una afición que es imperativo categórico es caminar, porque soy diabético. Y, en el día a día, no me falta el buen humor», concluye.

De Roma a Tarazona

El obispo emérito de Tarazona (Zaragoza), monseñor Eusebio I. Hernández Sola, OAR, fue ordenado en 2011 después de 35 años trabajando en el dicasterio de los Institutos Vida Consagrada del Vaticano. «Me destinaron a la querida diócesis de Tarazona», rememora.

«Los años romanos fueron muy interesantes: me ayudaron a conocer y amar más a la iglesia desde dentro y la vida consagrada de todo el mundo. Y estos 12 años de obispo me han servido para vivir de cerca la sencillez y laboriosidad de la gente de los pueblos. He disfrutado enormemente en este trabajo pastoral», reconoce este navarro de 81 años. «Algunos se sorprendieron de este salto del trabajo burocrático -según ellos- a una vida mucho más directa con las preocupaciones y desafíos de los pueblos; de la eterna Roma pasé a la sencilla ciudad del Moncayo. Todo tiene su aliciente y encanto; y en ambos me he sentido muy feliz», asegura.

Monseñor Eusebio I. Hernández Sola, durante una misa

«Desde que disfruto de la jubilación he vuelto a la orden de agustinos recoletos en la cual profesé, y vivo en un colegio grande que la orden tiene en Zaragoza. El contemplar, ver correr y escuchar las voces de tantos niños sirven para rejuvenecer y alegrar la vida, cuando las fuerzas anímicas ya van decayendo con los años. Y muy cerca tenemos una parroquia que la lleva también la misma orden. En ella colaboro y sirvo en momentos puntuales o cuando las necesidades pastorales requieren mi aportación», explica el obispo emérito de Tarazona.

«Ciertamente, la situación de obispo jubilado conlleva una vida mucho más relajante, sosegada, gozosa; se dispone de más tiempo para la oración, para la reflexión, para la lectura y el estudio», asegura, coincidiendo con lo manifestado por los otros prelados eméritos. «Durante este tiempo he tenido la oportunidad de publicar un libro de retiros espirituales, La oración nos sintoniza con Dios, que me pidió la Conferencia Episcopal para el año jubilar. Ahora estoy preparando una semana de conferencias para compartir en un monasterio de religiosos», prosigue.

«Como presidente de Claune (instituto pontificio para «monasterios necesitados»), dedico bastante tiempo a acompañar y servir a esta forma de vida consagrada privilegiada de la Iglesia, como es la vida contemplativa, que necesita ayuda espiritual, formativa y económica, para que puedan vivir su vocación con mayor serenidad y profundidad. Necesitamos acompañar la vida de los monasterios para que sean faros que iluminen a los de lejos, antorchas que lleven el fuego de la fe y el amor, y centinelas de la aurora que anuncien la salida del SOL, para nuestro mundo que vive inmerso en tantos problemas y necesidades», añade.

«Sí, la jubilación da muchas posibilidades para el descanso, sin agobios y prisas, y sobre todo para prepararnos al encuentro más importante de nuestra vida, el abrazo con nuestro Padre Dios», subraya.