Una joven de Hakuna, en un «compartiriado» fuera de España
¿Solo música y sentimentalismo? Así se forman y viven la caridad los jóvenes de Hakuna
A pesar de que esta realidad eclesial se asocia a sus discos y conciertos, sus miembros no solo viven la caridad en sus «compartiriados» y misiones: también se forman en ella, como en una reciente sesión interna a la que ha tenido acceso El Debate
Es una dinámica que se ha dado a lo largo de toda la historia de la Iglesia: el surgimiento de las nuevas realidades eclesiales suele suscitar fervientes adhesiones, precauciones prudentes y, por desgracia, también maledicencias y recelos.
Así pasó con las primeras órdenes monásticas, como los benedictinos; con las mendicantes como franciscanos y dominicos; con las congregaciones surgidas en el contexto de la contrarreforma como jesuitas y carmelitas descalzas; con las fundaciones decimonónicas, como los salesianos y tantas nuevas ramas de aquellas primeras familias religiosas. También con los carismas laicales surgidos antes del Vaticano II, como Cursillos de Cristiandad o el Opus Dei, y aún más con las realidades postconciliares, como el Camino Neocatecumenal o Comunión y Liberación.
Y ahora, esta misma dinámica alcanza a buena parte de las nuevas comunidades surgidas en el nuevo siglo, con «nuevos ardores y nuevos métodos para el mismo Evangelio de siempre», como definían Juan Pablo II y Benedicto XVI la llamada «nueva evangelización»: Hakuna, Emaús, Effetá, Bartimeo, los seminarios de la vida en el Espíritu...
A veces por exceso de celo, otras por desconocimiento, y otras veces por motivaciones mucho menos nobles, una de las acusaciones que suelen hacerse a estas nuevas realidades es que se quedan en aspectos superficiales de la fe, en puro emotivismo epidérmico, o en ámbitos culturales o cuasi ideológicos, como la música, los grandes eventos o las disertaciones teóricas.
Y si hay una realidad eclesial que suele ser foco de todas estas críticas es, sin duda, Hakuna.
Una expansión incontestable
Nacida tras la JMJ de Río de Janeiro en 2013, este nuevo movimiento ha experimentado un crecimiento verdaderamente asombroso en poco más de una década.
Si no fuese un error emplear criterios sociológicos para calibrar el éxito de las empresas evangelizadoras (en realidad, el éxito en la Iglesia no tiene que ver con los números, sino con la fidelidad al Evangelio), no sería arriesgado utilizar ese término para hablar de Hakuna.
Porque sus conciertos cuelgan de forma sistemática el cartel de «No hay entradas», lo mismo en pequeños recintos que en el Wizink Center, sus canciones se cuelan entre las más escuchadas de Spotify (y se cantan ya en muchas parroquias durante la misa), y cada vez está asentándose en más zonas de España e incluso en otros países, como México.
¿Emotivistas sin caridad?
Sin embargo, las críticas y los prejuicios también crecen a su alrededor, como en esa parábola evangélica del trigo y la cizaña. La última ocasión ha sido a propósito de la polémica Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe Cor ad cor loquitur, que alerta sobre el riesgo de «emotivismo» y de falta de anclaje en la caridad en el modo de vivir la fe de los jóvenes.
Y aunque en ningún momento los obispos apuntan hacia Hakuna de forma explícita (de hecho, y en contra del proceder que le es propio a Doctrina de la Fe, no citan ninguna realidad en concreto para alertar a los fieles de malas praxis reales que deban evitar, más allá de genéricas y abstractas recomendaciones generales), no han faltado voces que se han empeñando en identificar esta nueva realidad con ese cristianismo presuntamente «cultural» o «alejado de la caridad».
La realidad, sin embargo, dista mucho de esa caricatura. Porque una de las piezas centrales de la espiritualidad cristocéntrica de Hakuna es, precisamente, la vivencia concreta y comprometida de la caridad cristiana, y la formación que respalda con la razón y la reflexión las efervescencias (fogosas, tibias o gélidas) del corazón.
Luego, como en cada casa, depende de cada quien vivir con coherencia, pero desde luego no será por falta de insistencia.
«Compartiriados» y formación
Junto a los conciertos y los retiros, una de las piezas clave en el modus vivendi de Hakuna son los «compartiriados»: espacios de voluntariado solidario, tanto dentro como fuera de España, en entornos altamente empobrecidos y zonas de misión, en los que los jóvenes llevan a cabo acciones «solidarias» y de desarrollo, pero también un anuncio explícito del Evangelio.
Uno de los últimos ejemplos ha sido la jornada de formación «El último», que los miembros de Hakuna celebraron hace sólo unos días, para conocer y compartir diferentes modos de vivir la caridad en la Iglesia. Y lo hicieron a partir del testimonio de varios hijos de la Comunidad del Cenáculo, que acoge a personas que sufren adicciones; la hermana Belén Berjillo, superiora general de las Trinitarias, dedicadas a acompañar a mujeres en situación de trata y explotación; y el capellán de la prisión de Soto del Real, el padre Paulino Alonso.
Unos jovenes de Hakuna, durante un «compartiriado» en una ciudad española
¿Y cuáles son las notas distintivas de la caridad cristiana vista (y vivida) por los miembros de Hakuna, esa que en opinión de algunos sería «desencarnada», sentimental o poco comprometida?
Caridad con evangelización explícita
Según sus propias palabras, en un documento resumen al que ha accedido El Debate, una vivencia que va más allá de la acción «solidaria»: «No saberse amado y no amar, es decir, la soledad en el corazón del hombre es el sufrimiento más doloroso. Es por ello que esa dimensión espiritual debe ser prioritaria: incluso cuando las condiciones de indignidad físicas y psíquicas deben atenderse en primer lugar para poder seguir construyendo, la finalidad última debe ser esta plenitud espiritual, descubrir este Amor por el cual todo hombre vive. Además, sin ese ancla firme, trabajar las dimensiones física y psíquica resulta muy complicado».
Además, se insiste en la coherencia de vida, con un estilo desapegado del materialismo y que reconoce la propia fragilidad: «Para tener un encuentro auténtico con el que vive la pobreza y poder servirle y amarle, hay que ser pobre. Es en la propia debilidad donde está nuestra fuerza: reconocemos que todo es recibido y que nosotros no hacemos nada. Es Dios quien sana».
Por último, este resumen muestra que Hakuna no se percibe como una especie de reducto de pureza, sino como una parte más de todo el cuerpo eclesial. «Lo espiritual debe ser foco para toda la Iglesia, y nos necesitamos unos a otros para esta misión -explican-. Las diferentes realidades de la Iglesia, que acompañamos a personas que sufren por diferentes causas y circunstancias, y con un acento en unas dimensiones u otras, nos complementamos y necesitamos entre nosotras».
Aunque probablemente no cejen las críticas, los juicios y los prejuicios contra esta realidad eclesial, lo cierto es que, observada de cerca, Hakuna no responde, ni de lejos, a la imagen que algunos pretenden proyectar de ella.