En la Semana Santa, nada es casual. Cada gesto, cada sonido, cada imagen busca recordar que la fe cristiana no es una idea abstracta, sino un acontecimiento que nace del encuentro con Cristo vivo, que se puede ver, oír y tocar. Porque, como enseña la Iglesia, Dios se hizo carne, y mantiene esa lógica de la encarnación en nuestros días. El lavatorio de los pies, el Jueves Santo (que el Papa Francisco solía celebrar con presos en una cárcel de Roma). revive el gesto de Jesús: «Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». El mandato del amor fraterno, en el mismo contexto de la Última Cena que instituye la Eucaristía, es la inversión radical del poder: para un cristiano, servir es reinar; y abajarse y entregarse por amor es la medida de la vida plena.