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Fernando Carratalá

Ernestina de Champourcín, poetisa del 27: del amor humano al amor divino

La poetisa pasó de cantar el amor humano -entiéndase físico- al amor fraternal universal -como concepto en la mejora de la relación social- y de este al amor divino, como expresión de un profundo sentimiento personal

Ernestina  de  Champourcín

Ernestina de Champourcín

Ernestina de Champourcín (1905-1999) escribió la siguiente «antipoética», con la que probaba a definirse: «Si no hay más remedio, puedo decir que mi poética, si es que la tengo, puede ser una cosa en la que logro reconocer varias etapas: 1.ª La eclosión inesperada, o sea el primer verso del que brota como un débil surtidor, el primer poema. 2. ª Paisaje y amor. Pasión y pintura. 3ª Invasión de algo que lo emula todo. Que algo se desgaja a su vez: 1ª Amor vago, ¿de qué o hacia quién? 2.ª Amor humano. Búsqueda de fusión hacia otro. 3.ª Amor trascendente. No basta el ser, es inevitable trascender, subir, ir más lejos».

Presencia a oscuras es obra publicada en Madrid, en 1952, pero está escrita en el exilio mexicano de Ernestina de Champourcín, y con ella comienza una etapa de inquietudes religiosas. La poetisa pasó de cantar el amor humano -entiéndase físico- al amor fraternal universal -como concepto en la mejora de la relación social- y de este al amor divino, como expresión de un profundo sentimiento personal. Este proceso lo documenta con gran rigor Aruto del Villar en el ensayo La poesía de Ernestina de Champourcín: estética, erótica y mística (Cuenca, El Toro de Barro, 2002).

El secreto

No habléis de mí, vosotros que cifráis vuestra dicha
en el afán y el júbilo de algún amor terreno;
¿qué sabéis del poder obsesivo, inmutable,
del dominio absoluto del Dios que llevo dentro?

Vuestros ojos resbalan sobre mí sin captarme. 5
Sólo advertís la forma tangible de mi cuerpo.
¿Qué sabéis de la llama que quema y no consume,
qué sabéis de mi Dios, del Dios que llevo dentro?

Esa vida aparente, similar a la vuestra,
es tránsito forzoso; es el mismo sendero 10
que os conduce a la nada y a mí me precipita
en la sima sin fondo del Dios que llevo dentro.

Nadie puede quitármelo; Él es lo único mío,
lo único invulnerable a los celos del viento,
al curso de los astros, al dolor y a la muerte 15.
Debo mi libertad al Dios que llevo dentro.


Ernestina de Champourcín: Presencia a oscuras.
Madrid, Rialp, 1952. Colección Adonáis,
núm. 87.

El poema anteriormente reproducido se compone de 16 versos alejandrinos, con rima asonante /é-o/ en los pares, mientras que los impares quedan libres. Se trata, por tanto, de un romance alejandrino (o romance de arte mayor), aun cuando se presenta en cuatro agrupamientos estróficos. Y avanza a un ritmo de gran lentitud, producido por la esticomitia de los versos (solo hay un encabalgamiento de tipo oracional entre los versos 10 y 11: «es el mismo sendero / que os conduce»); por la abundancia de pausas (son pausados los versos 1, 3, 8, 9, 10, 13 y 15); y, asimismo, por la presencia de adjetivos, aunque sea en forma moderada: «amor terreno» (verso 2), «poder obsesivo, inmutable» (verso 3), «dominio absoluto» (verso 4), // «forma tangible» (verso 6), // «vida aparente» (verso 9), «tránsito forzoso» (verso 10), // «lo único invulnerable» (verso 15); adjetivos todos ellos pospuestos al nombre y con claro valor especificativo.

"Presencia a oscuras", de Ernestina de

«Presencia a oscuras», de Ernestina de Champourcín

Y todo el poema se encamina al clímax del verso final, identificando a Dios con el concepto de libertad personal: «Debo mi libertad al Dios que llevo dentro», todo un manifiesto espiritual proclamado desde un profundo convencimiento. No obstante, en el verso final de los tres agrupamientos estróficos precedentes (4, 8 y 12) ya alude la poetisa al «Dios que llevo dentro». Repasemos dichos agrupamientos.

Versos 1-4. La poetisa critica la maledicencia hacia su persona («No habléis de mí», verso 1), por parte de aquellos a los que solo satisface el «amor terreno» (verso 2), buscándolo con ahínco y desbordante alegría (verso 2: «en el afán y el júbilo de algún amor terreno»). Y frente a ellos, la poetisa lanza una eficaz interrogación retórica que ocupa los versos 3-4: «¿Qué sabéis [vosotros…?]», y en la que afirma la omnipotencia de Dios, que tiene albergado en lo más profundo de su ser (verso 4: «Dios que llevo dentro»); un «poder/dominio» calificado de «obsesivo, inmutable, y absoluto» (versos 3 y 4) y que, por tanto, se constituye en una idea recurrente en la poetisa.

Versos 5-8. El segundo agrupamiento estrófico implica un importante salto cualitativo: las miradas de quienes critican a la poetisa solo perciben su aspecto exterior (verso 6: «la forma tangible de mi cuerpo»), pero no alcanzan a penetrar en su interior, transido del espíritu de Dios, idea expresada con imágenes de calado místico: Dios es «la llama que quema y no consume». En efecto, esta es la imagen central del poema de San Juan de la Cruz titulado «Llama de amor viva», en el que expone metafóricamente la experiencia mística de unión amorosa del alma con Dios (el amor divino arde en lo más profundo de su alma). Y, de todo esto, los demás no saben absolutamente nada, lo que la poetisa formula con una interrogación retórica que tiene matices despectivos: «¿Qué sabéis de…?» (verso 7); como tampoco saben nada -idéntica formulación retórica la del verso 8- de «mi Dios», «del Dios que llevo dentro». Hasta aquí la primera parte del poema (versos 1-8), ya que en la segunda (versos 9-16) desaparecen las interrogaciones retóricas, sustituidas por rotundas afirmaciones resultado de férreas convicciones personales.

Versos 9-12. El tercer agrupamiento estrófico contiene reminiscencias agustinianas y manriqueñas: la vida se presenta como un fluir hacia la muerte inexorable, que permite el tránsito hacia la eternidad. La poetisa recorre idéntico camino que aquellos a los que se dirige: el de la vida que es efímera; pero mientras aquellos, con sus actitudes, se sumergen en el vacío más absoluto (verso 11: «la nada»), la poetisa penetra impetuosamente en las profundidades insondables del «Dios que llevo dentro» (verso 12). «Aparentemente» los unos y la otra llevan una vida similar (verso 13), pero les diferencia la finalidad teleológica, dicho filosóficamente.

Versos 13-16. «Aparentemente» los unos y la otra llevan una vida similar (verso 13), pero les diferencia la finalidad teleológica, dicho filosóficamente. Todo el poema perece dirigido al cuarto agrupamiento estrófico: la omnipresencia de Dios en la vida cotidiana de la poetisa: «Él es lo único mío, / lo único invulnerable» (versos 13-14); y, por tanto, lo único inmune a las fuerzas de la naturaleza, al dolor y a la muerte (verso 15). Todo lo cual conduce al verso 16 que, por sí mismo, justifica el poema: «Debo mi libertad al Dios que llevo dentro». Cuestión de actitudes que sustenta una fe inquebrantable.

Los dos últimos años de su vida los pasó en una residencia geriátrica, con ceguera total, pero sin pérdida de lucidez intelectual o cognitiva.

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