León XIV en Malabo: el problema de la universidad no es el que parece
La universidad corre el riesgo de reducirse a una escuela de capacitación técnica cada vez más sometida a las exigencias del mercado, donde los medios se multiplican mientras el fin se vuelve cada vez más difuso
La universidad sigue funcionando. Enseña, investiga, titula. Y, sin embargo, cada vez resulta más difícil decir con claridad para qué existe. Por eso el discurso de León XIV en Malabo resulta tan incisivo. No porque ofrezca un programa de reformas, sino porque va al presupuesto primero. Al inaugurar un nuevo campus, el Papa afirma que ese acto es más que una ampliación de edificios: es «un gesto de confianza en el ser humano». Esto implica que una universidad no nace solo de una necesidad social ni de una estrategia de desarrollo, sino de una confianza radical: la de que el ser humano es capaz de verdad, de que puede conocer la realidad y ordenar su vida a partir de ese conocimiento.
Ese punto parece elemental, pero hoy ya no lo es. Buena parte de la universidad contemporánea funciona como si el conocimiento valiera sobre todo por su utilidad, por su rendimiento y por su capacidad de generar resultados. El saber se justifica por lo que produce. Y entonces la pregunta decisiva deja de ser qué es verdadero para convertirse en qué funciona, qué tiene impacto. A partir de ahí, la universidad no desaparece, pues sigue enseñando, investigando y titulando. Pero algo cambia en su estructura profunda: ya no está sostenida por la verdad del conocer, sino por la eficacia del sistema.
Aquí aparece la distinción más aguda del discurso. El Papa no critica el conocimiento ni sospecha de la inteligencia. Al contrario, recuerda que el hombre ha recibido la capacidad «de conocer, de nombrar, de discernir». El problema empieza cuando el saber se desvía y deja de buscar correspondencia con la realidad. Entonces, dice León XIV, el conocimiento acaba «plegando la realidad a la propia medida». Y añade una precisión decisiva: en ese punto el conocimiento «deja de ser apertura y se vuelve posesión».
No es una observación abstracta, sino que describe una tentación muy concreta de la cultura contemporánea: tratar la realidad no como algo que se recibe y se comprende, sino como material disponible para nuestros proyectos, categorías e intereses. Cuando eso ocurre, la inteligencia se empobrece precisamente en el momento en que parece más poderosa. Sabe más cosas, pero entiende menos lo que significan. Multiplica medios, pero pierde la medida de los fines. Puede formar excelentes especialistas y, al mismo tiempo, dejar intacta la pregunta por el bien de aquello que enseñan a hacer.
Desde ahí se entiende mejor la imagen del árbol, que ocupa un lugar central en el discurso. No aparece como un adorno literario, sino como un criterio de juicio. Un árbol necesita raíces, tiempo, constancia; crece hacia lo alto sin separarse de la tierra que lo nutre; y, sobre todo, se reconoce por sus frutos. Por eso el Papa recuerda el criterio evangélico: «Por los frutos se conoce al árbol». Aplicado a la universidad, esto significa algo muy concreto: su medida no está solo en la extensión de sus campus, en la cantidad de sus publicaciones o en la empleabilidad de sus egresados, sino en el tipo de personas que forma.
Si la universidad se mide por el tipo de personas que forma, entonces no puede pensarse la formación intelectual como algo separable de la formación personal. No porque la universidad deba invadir todos los ámbitos de la vida, sino porque el acto de conocer nunca es impersonal. Todo conocimiento implica una cierta relación con la realidad, una disciplina del juicio, una forma de humildad o de soberbia, de atención o de superficialidad. No es lo mismo aprender a pensar que aprender a manejar información. No es lo mismo adquirir instrumentos que adquirir criterio.
Aquí se entiende mejor una intuición central de Benedicto XVI: la universidad es, en su origen, la comunidad de profesores y alumnos que buscan juntos la verdad. No un agregado de funciones ni una yuxtaposición de especialidades, sino una unidad viva en torno a un bien común. Cuando esa unidad se pierde, el saber se fragmenta y el estudiante queda solo ante contenidos que no terminan de ordenarse. Cuando esto ocurre, la universidad corre el riesgo de reducirse a una escuela de capacitación técnica cada vez más sometida a las exigencias del mercado, donde los medios se multiplican mientras el fin se vuelve cada vez más difuso.
En este marco se comprende mejor otra afirmación del Papa León: la universidad está llamada a crecer «no sólo como una estructura, sino como un organismo vivo». No hace falta forzar la imagen. Significa, al menos, que una universidad no vive por mera acumulación de funciones o recursos, sino por un principio interno que ordena su crecimiento. Un organismo no es una suma de partes: posee una forma que integra, jerarquiza y da sentido al conjunto. También una universidad. Puede tener edificios, reglamentos y departamentos; pero si no hay una inteligencia común de su fin, todo lo demás acaba vaciándose.
El paso siguiente del discurso es el más exigente. El Papa introduce la cruz y afirma que en ella «se revela… una verdad que, lejos de imponerse por dominio, se ofrece por amor». Y añade que «la verdad no se fabrica… sino que se acoge, se busca con humildad y se sirve con responsabilidad».
Si la verdad se acoge, el conocimiento no puede entenderse como pura apropiación. Conocer exige dejar que la realidad tenga la iniciativa, aceptar que hay algo en las cosas y en el hombre que no depende de nosotros. Esta actitud no debilita la razón: la libera de la autosuficiencia, que es una de sus patologías más frecuentes.
Por eso esta cuestión es especialmente decisiva para la universidad de inspiración católica1. Su singularidad no consiste en añadir unas asignaturas religiosas a un modelo universitario por lo demás idéntico al dominante. Está llamada a custodiar una forma íntegra de racionalidad. Si, como dice León XIV, en Cristo se manifiesta «la armonía profunda entre verdad, razón y libertad», entonces la fe no comparece como un suplemento extrínseco, sino como una luz que impide reducir la razón a cálculo o a técnica.
Eso afecta no solo a los contenidos, sino también a las decisiones que suelen considerarse técnicas y en las que, sin embargo, se juega la verdad efectiva de una institución: contrataciones, nombramientos, criterios de promoción, organización de los planes de estudio. Si en esos ámbitos solo mandan la eficiencia o el impacto, la formación integral queda relegada al nivel del discurso. También por eso resulta insuficiente encerrar lo cristiano en unos pocos créditos específicos. La fe no ocupa un rincón dentro del saber, sino que atraviesa toda la vida de la universidad, también -por supuesto- el modo de mirar, de preguntar y de ordenar los conocimientos.
Decir que Cristo es el Logos hecho carne no es una fórmula añadida al trabajo intelectual. Significa que la realidad es inteligible y que no hay contradicción última entre la investigación honesta y la fe vivida. La universidad católica no tiene por qué elegir entre rigor e identidad. Su tarea es más exigente: mostrar, en los hechos, que la fe no disminuye la razón, sino que la libra de su empobrecimiento.
En tiempos como los nuestros, esa tarea exige resistir la tentación de medirlo todo por su rentabilidad inmediata. Exige aceptar que una universidad puede crecer y, sin embargo, vaciarse; que puede producir mucho y formar poco.
Al final permanece la imagen de la ceiba: arraigada, elevada, fecunda. Y León XIV la traduce con una sobriedad que no admite evasivas: conocer es «abrirse a la realidad, acoger su sentido y custodiar su misterio». Ahí se juega todo.
Teresa Pueyo-Toquero es profesora de Antropología Social en la Universitat Abat Oliba CEU de Barcelona