El acto más íntimo del Papa, ante la Almudena: «No desfallezcáis en vuestro testimonio de fe»
En el momento más recogido hasta el momento, León XVI ha entregado la rosa de oro a la Virgen de La Almudena y ha pedido a los fieles «estar dispuestos a destruir los muros» para «edificar algo nuevo, hermoso y duradero»
El Papa León XIV dirige una oración a la Virgen de la Almudena
Casi una hora antes de que el Papa León XIV entrase por la gran puerta de la nave central de la catedral de La Almudena, los cientos de fieles congregados caldeaban el ambiente con el rezo y contemplación de los misterios del Rosario.
Y esta vez no hubo una ruptura del clima de recogimiento, como había ocurrido durante la Vigilia de la Plaza de Lima, cuando el excéntrico coro gospel de Antonio Banderas irrumpió en el escenario descolocando a los congregados.
Al contrario: el acto del primer templo de la diócesis matritense ha sido, hasta ahora, el más íntimo y contenido de todos cuantos ha protagonizado hasta ahora el Pontífice.
El Papa León XIV llega para dirigir la oración y la devoción a Nuestra Señora de la Almudena
Cualquier director de cine hubiese firmado tener como preludio de la llegada del Papa el Avemaría polifónico que estaba entonando el Coro Familiar de la Iglesia de Madrid, al toque del gran órgano catedralicio, y con las monumentales campanas tañendo a repique tendido. Sólo comenzó a cundir cierto nerviosismo entre los cientos de fieles congregados (familias, sacerdotes, seminaristas de Madrid, Alcalá de Henares y Getafe, y, sobre todo, muchas religiosas de vida contemplativa) cuando comenzaron a llegar las autoridades. A saber: la reina emérita doña Sofía (que mantuvo su privilegio de blanco), la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, el alcalde de la capital, José Luis Martínez Almeida, la ministra portavoz, Elma Saenz, y el delegado de Gobierno en Madrid, ambos con rictus bastante serio en todo momento.
El acto más recogido
El momento pedía ese clima de recogimiento: una oración breve en la misma catedral que consagró Juan Pablo II, para pedir la protección a la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid, y entregarle la Rosa de Oro, una distinción pontificia que adorna a un selecto puñado de advocaciones marianas. Como el propio Sucesor de Pedro iba a aclarar después, se trata de un «símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María».
A pesar de su clara carga espiritual, el Santo Padre también ha querido tener palabras para proyectar a los fieles hacia la vida pública: «Persuadidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, os exhorto a no desfallecer en vuestro testimonio de fe», clamaba el Pontífice desde el presbiterio que preside habitualmente el arzobispo de Madrid, y hoy el Obispo de Roma.
Derribar «las actuales murallas»
Además, en alusión a la tradición que da nombre a la propia advocación de la Virgen («Almudena» proviene del árabe «almudaina», que se traduce como muralla, como le explicó el cardenal José Cobo), el Sucesor de Pedro recordó que, en «tiempos difíciles para la comunidad cristiana» -en plena ocupación musulmana- «fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo».
Y hoy, cuando «en nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan», León XIV animó a «estar dispuestos a destruir los muros» y a «abrir espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte».
«En un primer momento -continuaba el Pontífice- una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impusla restablecimientos». Así, antes de pronunciar la oración que compuso Juan Pablo II hace tres décadas, reconoció cómo ante las actuales murallas sociales y personales, «pensar en derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, y preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas».
Rosa de Oro
La Rosa de Oro para la Almudena
Sin embargo, haciendo alusión metafórica a otras realidades, el Papa señaló que «Nuestra Señora de La Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, nos dice otra cosa: para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuesto a destruir los muros».
Y también subir escaleras, parecía estar a punto de añadir. Porque escaleras son las que ha tenido que subir para dejar la rosa de oro a los pies del altar de la Almudena, donde ha tenido un prolongado momento de oración y ha entonado el himno de la patrona de Madrid.
El acto, breve y emotivo, concluía con una escena enternecedora y un punto cómica: el efusivo saludo de unas monjas de clausura, jerónimas, cuando han visto que el Pontífice se giraba hacia ellas. León XIV no sólo anima a derribar muros: logra, incluso, que se abran las rejas de la clausura, aunque sólo sea por un par de horas.