Fundado en 1910

El Papa de las grandezas en el templo de la pequeñez

Ahora todos podrán arrimar el ascua a su sardina política, convocar reuniones en el grupo parlamentario para ver cómo echan más leña al fuego y cómo marcan un nuevo relato que tape escándalos o levante otros. Pero lo del Papa retumbará muchos años. Lo de ellos, se lo llevará el tiempo

Act. 08 jun. 2026 - 12:51

León XIV, ovacionado tras su histórico discurso en el Congreso de los Diputados

León XIV, ovacionado tras su histórico discurso en el Congreso de los DiputadosEFE

Se hizo el milagro en el Congreso. Eran las once y media de la mañana. Un largo, interminable aplauso, al Papa ha puesto en valor su profundo discurso, histórico mensaje, densamente trufado de principios morales, esos que —defendió— son previos a las leyes, esos que identifican qué es lo bueno y qué no, es decir, que nos devuelve a lo básico, a lo fundamental. Cinco folios leídos con un español paladeado al otro lado de nuestros mares, en los que el Obispo de Roma no ha ahorrado verdades incómodas para algunos de los parlamentarios presentes. Quizá por eso ni Rufián ni Aizpurúa, que segregan odio hacia los adversarios, se han levantado para aplaudirle. Demasiado alto el mensaje para que ellos lo alcanzaran. Lo mismo que le ha ocurrido a la representante de Puigdemont, Miriam Nogueras, que ha protagonizado otra más de las bajuras habituales en esa Cámara cuando, aprovechando el acceso al Papa que tuvo como miembro de la Junta de Portavoces, le recordó que ella forma parte de una nación catalana, como Gaudí, cuya obra maestra, la Sagrada Familia, visitará Prevost en Barcelona.

Pero lo importante fue ese silencio atronador, esa manera calma con la que diputados y senadores desmenuzaron —si es que son capaces de ello— el verbo del sucesor de Pedro. Reivindicó la aportación española, a través de la Escuela de Salamanca, en poner límites al poder, precisamente en un mundo en que los poderosos no quieren sujetarse a ninguna norma: algunos pensaron en Trump, otros muchos en Sánchez. También interpelaba así a la polarización que tanto daño hace a la convivencia en España. Otra de sus ideas más luminosas fue la de «desarmar la palabra». Les ha dicho a aquellos parlamentarios que, a menudo, atacan y vejan cada vez que abren la boca, que «la firmeza no exige el desprecio» y no es necesario humillar para confrontar con el rival político. La democracia es un reglamento que canaliza partidos en conflicto, pero antes que ello está la vida humana, su dignidad, la fibra moral de la sociedad.

Pero todo esto comenzó bien temprano hoy. Cedaceros cerrado, Los Madrazo atestado, Floridablanca hasta arriba. Madrid y sus calles más parlamentarias, donde diputados y periodistas tapean patatas alioli y exclusivas, aquellas que rodean la carrera de San Jerónimo, se ha despertado vestida de domingo a pesar de ser lunes. Lunes de madrugones, llamadas a las fuentes, portadas inflamadas, ministros-bombero apagando fuegos de P.S., Francina Armengol y Pedro Rollán, los presidentes del Congreso y Senado, respectivamente, eran solo ayer los anfitriones de León XIV. Ella, visiblemente nerviosa, dijo que estábamos ansiosos por escucharle y cinco segundos después de comenzar a leer su discurso de bienvenida ya habló de polarización. El vicario de Cristo, que llegaba de recibir a Pedro Sánchez en la Nunciatura, ha afirmado que el Congreso es el ámbito solemne de la vida institucional. Ojalá, han pensado muchos ciudadanos. Más bien parece a menudo un ring de boxeo, donde no resuena ni la Escuela de Salamanca, ni la conciencia metafísica de Unamuno, ni el mensaje de Santa Teresa, ni el respeto por la libertad, «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», como apunta el certero Alonso Quijano a su escudero Sancho. A todos ha apelado el Santo Padre en un discurso preñado de profundidad y grandeza. Siguió hablando de eso tan revolucionario en ese hemiciclo como es el bien común, concepto hoy orillado en pro de la política de regate corto.

Ha dicho que la ley tiene que comparecer ante la dignidad de la persona y salir bien de ese examen, que los padres tienen derecho a elegir la educación de los hijos, ha enfatizado el problema del trágico drama migratorio «que interpela nuestras conciencias», de la situación de los refugiados, del derecho internacional, de la necesidad de ir más allá de la gestión de flujos migratorios. En la Cámara en la que nadie oye a nadie, el Papa Prevost invocó a lo mejor de nuestra tradición jurídica salmantina y ponderó su hondura intelectual y moral, que la llevó a asumir la reflexión moral y jurídica, que el escenario del descubrimiento de otros mundos demandaba.

Ahora todos podrán arrimar el ascua a su sardina política, ofrecer canutazos oportunistas en los pasillos de la Cámara, convocar reuniones en el grupo parlamentario para ver cómo echan más leña al fuego y cómo marcan un nuevo relato que tape escándalos o levante otros. Pero lo del Papa retumbará muchos años. Lo de ellos, se lo llevará el tiempo.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas