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El Papa en el Congreso de los Diputados

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La Escuela de Salamanca, santa Teresa, el Quijote o Unamuno: el Papa reivindica en el Congreso la «luz» del pensamiento español

León XIV ha destacado que la herencia de España, marcada por la «huella apostólica de Santiago» y la «presencia maternal de la Virgen del Pilar», reside en haber unido la acción histórica con la razón moral

Para el Papa, España posee una «memoria particularmente rica» que se refleja tanto en sus instituciones como en las grandes figuras que han marcado su historia cultural y espiritual. Por eso el Santo Padre evocó este lunes ante el hemiciclo del Congreso de los Diputados a algunos de los referentes que ayudan a comprender el alma de la nación.

Citando a Cervantes, recordó a Don Quijote para afirmar que la libertad es «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». También alabó la «hondura espiritual» de Santa Teresa de Ávila y rescató de Miguel de Unamuno su «inquietud metafísica», recordando aquella célebre idea de que el hombre «no se resigna a morir del todo». ¿Y todas esas referencias por qué? El Pontífice ha querido subrayar que España ha aportado al mundo una tradición intelectual y espiritual capaz de plantear las grandes preguntas sobre la libertad, la verdad, el sentido de la vida y la trascendencia.

eón XIV reunido con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en la Nunciatura Apostólica de Madrid

eón XIV reunido con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en la Nunciatura Apostólica de MadridAFP

La Escuela de Salamanca: el origen del Derecho Moderno

El hilo conductor de su intervención ha sido la referencia a la Escuela de Salamanca, justo cuando se conmemoran 500 años de la llegada de Francisco de Vitoria a su cátedra. Esta institución, que el Papa calificó de «singular lucidez», no fue solo un centro académico, sino el lugar donde el pensamiento español «iluminó al mundo».

¿Qué es exactamente lo que hicieron estos maestros hace cinco siglos? Según recordó el Pontífice, la Escuela de Salamanca transformó el pensamiento occidental al sentar las bases de lo que hoy conocemos como Derecho Internacional. Francisco de Vitoria y sus discípulos defendieron que las relaciones entre los Estados debían regirse por la justicia y el derecho, y no por la fuerza o la mera imposición del poder.

Su aportación fue especialmente significativa en un momento de expansión hacia el Nuevo Mundo. Frente a quienes justificaban la subordinación de los pueblos indígenas, teólogos como Domingo de Soto sostuvieron que todos los seres humanos poseen una dignidad y unos derechos naturales que deben ser respetados. El dominico también defendió la legitimidad de la propiedad privada de los indígenas, argumentando que el hecho de no profesar la fe católica no podía ser motivo para despojarles de sus tierras.

Aquellos pensadores también introdujeron una idea profundamente novedosa para su tiempo: que toda autoridad está sometida a límites morales y que el ejercicio del poder implica una responsabilidad hacia los gobernados. El derecho, sostenían, debía servir para proteger a todas las personas, especialmente a las más vulnerables. Pero además, los maestros salmantinos abordaron también cuestiones económicas, desarrollando teorías sobre el precio justo, el comercio y la actividad mercantil que muchos historiadores consideran precursoras de conceptos económicos actuales.

Una herencia para el siglo XXI

Ante los miembros del Congreso y el Senado, el Pontífice ha cuestionado la justicia de una sociedad que deja «en la sombra al niño aún no nacido» o a los más vulnerables, recordando que la defensa de la vida «no es una cuestión parcial ni un interés confesional», sino una auténtica «meta de civilización»

Citando las pinturas que decoran el Salón de Sesiones —que evocan el Evangelio y el Decálogo—, el Papa las interpretó como un recordatorio de que la libertad moderna ha sido forjada por una larga educación de la conciencia cristiana. Asimismo, utilizó la «luz natural» que entra por el lucernario del Congreso como una metáfora para indicar que la política debe reconocer una medida «que la precede y la supera».

Para el Santo Padre, la gran aportación de España ha sido la de ser una nación capaz de unir la acción histórica con la «lucidez de la razón moral». Pidió que el país no pierda la memoria de sus raíces, bajo la protección de la Virgen del Pilar y la huella de Santiago, para que su vida pública siga siendo un ejemplo de servicio al bien común.

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