Cardenal François-Xavier Bustillo, Obispo de Ajaccio en Córcega
Entrevista al cardenal Francisco Javier Bustillo
«¿Convertir? Es un poco pretencioso, ¿no? El que convierte es Dios. Nosotros somos testigos»
Es español, aunque lleva más de media vida en Francia, donde se ha convertido en uno de los obispos más relevantes, especialmente después de encabezar las listas de éxitos editoriales
Su último libro, Reparación. ¿Una sociedad rota puede sobrevivir?, ha supuesto un verdadero terremoto en Francia, donde ha vendido casi 30.000 copias. Otra obra suya anterior, La vocación del sacerdote ante la crisis, fue el regalo con el que el Papa Francisco quiso obsequiar a los asistentes a la Misa Crismal de 2022.
El Pontífice argentino fue quien se fijó en el franciscano conventual Francisco Javier Bustillo (Pamplona, 1968) para nombrarle obispo de Ajaccio (Córcega, Francia) en 2021. Tan solo dos años después, le creó cardenal, y su nombre incluso sonó entre los papables del cónclave de mayo del año pasado, en el que finalmente fue elegido León XIV.
Tiene un notorio acento francés, ya que ha vivido en el país galo desde hace más de tres décadas. Abandonó su Navarra natal a los 17 años, y a España solo ha vuelto de visita. Posee, además, la nacionalidad francesa.
Su libro Reparación ha salido a la venta en España esta misma semana (editorial Palabra), pero no ha venido a Madrid para presentarlo, sino para ordenar sacerdote a un fraile de su orden, y nos recibe en el colegio San Buenaventura, en el madrileño barrio de Batán.
– Eminencia, ¿le llamo Francisco Javier o François Xavier?
– Los dos. Porque mi nombre de bautizo es Francisco Javier. Ese es mi nombre. Pero también tengo el pasaporte francés, y allí siempre me llaman François Xavier.
– Es curioso: Usted es navarro, y tiene un nombre además muy jesuítico. Sin embargo, acabó de franciscano...
– Acabo de franciscano, pero tengo también el espíritu de San Francisco Javier. Es un espíritu misionero audaz, que va más allá de sus fronteras y que intenta contactar a gente que busca a Dios. Y eso también es franciscano y jesuita. Yo creo que es cristiano.
Cardenal François-Xavier Bustillo, Obispo de Ajaccio en Córcega
– Con 17 años marcha a Padua (Italia), ingresa en los franciscanos conventuales y ya prácticamente no vuelve a España, salvo visitas puntuales...
– Toda mi formación la he vivido en Italia, aunque luego la acabé en Toulouse, en la Universidad Católica. Y la misión la he vivido en Francia. O sea, que yo creo que los navarros también tenemos ese espíritu misionero, que, como el salmón, dejamos la fuente, nos vamos hacia otros mares. Pero las raíces están allá. Así que yo, cuando puedo, vuelvo a visitar a mi familia a Navarra.
'Reparación', el último libro del cardenal Bustillo
– Fue cofundador del convento de San Buenaventura en Narbona, donde vivió casi 25 años. Resulta llamativo: tantas casas religiosas cerrándose, y ustedes abrieron un nuevo convento nada menos que en Francia.
– Cuando hay crisis tiene que haber creatividad, libertad y audacia. Entonces, en Francia y sobre todo en el sur de Francia, en Narbona, donde estaba yo, la práctica religiosa era del 1%, es decir, nada. Y eso es una oportunidad única para contactar, no digo para convertir, sino para contactar al 99% que está fuera, Porque en ese 99% hay gente que es hostil; hay gente que es indiferente, pero hay gente que es curiosa y hay gente que tiene sed. Es una oportunidad para tener un contacto sencillo, pero también franco y auténtico con esa gente que está en la periferia de la Iglesia, pero que quizá busca, que tiene sed de una vida mejor, de una vida espiritual. Y ahí tenemos que estar. Yo viví esa etapa de mi vida, esa etapa misionera, con mucha pasión, porque fue excepcional para la vida de Iglesia y para mi vida personal.
– Acaba de decir «contactar, no convertir». ¿Por qué no?
– ¿Convertir? Es un poco pretencioso, ¿no? El que convierte es Dios. Nosotros tenemos el reto y el deber de ser testigos. Testigos del Señor. Es lo que se dice en los Hechos de los Apóstoles: Sed mis testigos. La conversión. Nosotros estamos ahí y estamos de una forma no templada, sino de una forma real. Si Dios quiere convertir el corazón del hombre, nosotros estamos ahí. Vemos en muchos sitios que, con mucha facilidad, parece que, por la fuerza de la convicción y por la palabra, vas a convertir a alguien. Y ahí puede haber una deriva de decir: Yo soy fuerte, soy inteligente, soy capaz, te voy a convertir. El que convierte es Dios. Pero yo estaré ahí como testigo y daré lo mejor de mí mismo para que la persona pueda tener más luz y más claridad en su camino.
Proselitismo o evangelización
– ¿A eso se refería el Papa Francisco cuando alertaba contra el proselitismo?
– Sí, porque en el proselitismo puede haber, como en ciertas sectas, una forma muy básica de decir: Yo tengo razón, tú no tienes razón; yo soy fuerte, inteligente, y voy a hacer que pases de tu lado a mi lado. Es muy básico, se puede entender, pero el tema de la conversión no es solo que uno se pase de un lado a otro, sino que se encuentre con Jesucristo y que viva una vida seria, feliz. Que viva un encuentro. No solo que acepte una ideología o un ideal, sino que viva un encuentro con Jesucristo. Si no, nos quedamos en un nivel artificial, superficial: nos hacemos parte de un grupo, de una cierta élite espiritual. Pero si no hay adhesión personal, espiritual a Jesús, nos quedamos a un nivel superficial y epidérmico.
– De hecho, hasta el católico más católico se tiene que convertir todos los días...
– ¡Pero todos los días! Recuerdo en mi parroquia de Narbona que había gente que se convertía, e iba a la misa de la mañana, al mediodía y a la tarde. Pasabas dos años después, y preguntabas: ¿Dónde está la señora Dupont? Y te respondían: Ha desaparecido. El señor Dubois estaba siempre contra la Iglesia, siempre contra los curas, siempre contra Dios. Hay un acontecimiento en su vida; él se convierte y nos precede en Galilea.
¿Qué sabemos nosotros de nuestra vida y de la vida de los demás? Hay que respetar siempre con una cierta castidad y con pudor lo que Dios está haciendo en la vida de las personas. Nosotros no sabemos. Hoy en día nosotros somos cristianos, católicos, apostólicos, vamos a la misa, y mañana podemos perdernos. Y otros creemos que están perdidos y se salvan, y nos salvan. ¿Qué sabemos nosotros de la vida y el camino de cada uno? Hay que tener mucho respeto y mucha, mucha castidad en ese contacto.
El Cardenal François-Xavier Bustillo, Obispo de Ajaccio, en Córcega
– Cristo dijo aquello de Sin mí no podéis hacer nada...
– Exactamente. Y, además, Jesús pasa por la vida de Zaqueo, que era un pecador, y se convierte. Pasa por la vida de la samaritana y se convierte. Y hay otros. Y Judas era parte del colegio apostólico y lo traiciona. La vida humana y la vida espiritual es compleja. Entonces tenemos que respetar siempre, con mucha sencillez, el camino de cada uno, porque Dios pasa por nuestra vida y nosotros aceptamos ser coherentes y tener una continuidad. Pero puede haber también fallos, puede haber fragilidades. Así que tenemos que respetar mucho, porque sabemos que Dios, el Señor, nos acompaña. Hoy somos frágiles, pero Él, como con Pedro, nos tiende la mano, y nosotros tenemos que seguir su camino con mucho respeto, con mucha alegría, pero sabiendo que el Maestro es Él. Nosotros no somos los maestros de la vida.
– Con esto de la vuelta a la fe, o con estos adultos que descubren la fe y se bautizan, algunos, incluso dentro de la Iglesia, aseguran que solo es una lluvia de verano, un fervor pasajero. Usted, ¿cómo lo ve? En Francia, además, este año llevan más de 24.000 bautizos de adultos, todo un récord...
– Pues sí. La misma reflexión la escuchamos en Francia, donde nos dicen que hay muchas conversiones cosméticas, superficiales. Pero yo creo que estos jóvenes que llaman a la puerta de la Iglesia, que piden el bautismo, la comunión, la confirmación, yo digo: Les damos un sacramento. El sacramento tiene una fecundidad. Quizá estas personas hoy reciben el sacramento y quizá al principio sigue y luego no siguen. Pero el sacramento está ahí. Tienen a Dios en su vida. Dios ha pasado por su vida. Dios ha dejado una huella en su vida. Han recibido la unción.
Quizás Dios no esté muy presente al principio, pero un día, ese Dios que está ahí, se despierta y les despierta. Cuando damos un sacramento se hace siempre con la esperanza de que Dios haga su camino en la vida de las personas.
Yo, en mi diócesis de Ajaccio, bautizamos a 317 jóvenes adultos, la mayoría de entre 20 y 40 años, durante el tiempo pascual y Pentecostés. Hemos hecho la confirmación de más de 500 adultos, aparte de las habituales de los jóvenes. Esto es una novedad.
– Su libro Reparación acaba de salir en español después de vender casi 30.000 ejemplares en Francia. Eso, hoy en día, es un auténtico éxito editorial. ¿Qué hay que reparar?
– Yo creo que hay que reparar nuestra sociedad porque hay mucha violencia, hay un sufrimiento. Si hay violencia quiere decir que hay sufrimiento y que hay mucho miedo. Y eso no es normal, Estamos los unos contra los otros. Yo, cristiano, digo: el ideal del Evangelio es amarnos los unos a los otros. Y, hoy en día, parece que en la sociedad occidental estamos odiándonos los unos a los otros.
Yo, como cristiano y como obispo, constato los sufrimientos de la sociedad. Podría hacer la lista de todo lo que no funciona en la sociedad. ¿Para qué sirve? Muchos ya lo hacen. Yo propongo que no nos limitemos a constatar; tiene que haber propuestas. Yo no tengo una solución matemática, mecánica, a los problemas de la sociedad, pero puedo contribuir con una reflexión. Mi reflexión no es dogmática, pero es mi reflexión.
En Francia, desde los años 70 se dijo: ¡Libertad! Cada uno hace lo que quiere. Ni Dios ni maestro. ¡Libertad! 60 años después, ¿somos mejores, más felices? ¿Nuestra sociedad va mejor? Dejamos a Dios en la periferia de la historia. Nuestra sociedad no va mejor. Hay muchas fracturas y hay mucho sufrimiento. Y yo digo: Bueno, volvamos al Evangelio. No para dominar, no para seducir, no para manipular. Volvamos al Evangelio. Porque hay principios y hay valores que son humanos: Amaos los unos a los otros. No juzguéis, No condenes y sed buenos. Hay principios básicos, pero que hacen bien a la humanidad.
Y hoy, cuando vemos y constatamos lo que hacen las redes sociales... Todos juzgan, todos condenan. Y a veces no tenemos ni los elementos ni los argumentos. ¿Por qué esa dureza? ¿Por qué tenemos que juzgar a todo el mundo? Estamos en el ecosistema de Facebook: Me gusta. No me gusta. Estoy a favor. Estoy en contra. Eso es muy básico. Hay que tener más reflexión. Hoy reaccionamos a todo con la emoción, pero con un déficit de reflexión. Yo creo que tenemos que volver a la reflexión.
La opinión de los alejados
– Gente completamente alejada de la iglesia, ¿que le ha dicho al leer su libro?
– Los que hablan conmigo tienen reacciones más bien positivas. Seguramente habrá gente que no le ha gustado y que no está de acuerdo, y es legítimo, y no me lo han dicho. Las reacciones que me han impresionado a mí son las reacciones de gente que está más bien lejos de la Iglesia, pero que busca y que quiere una sociedad mejor. Y me han dicho: Bueno, yo no veía el Evangelio así, yo no veía esos principios de indulgencia, de inocencia, de de redención, como usted los presenta en su libro. Y creo que va a ser útil para la sociedad.
A mí, lo que me interesa no es tener razón sobre todo, y decir: Todos tenéis que adheriros a lo que yo digo. Pero yo intento contribuir a una sociedad mejor con mi reflexión. ¿Estáis de acuerdo? Me alegro. ¿No estáis de acuerdo? Lo entiendo. Pero lo importante es que en el mundo político, en el mundo económico, en el mundo cultural, en el mundo del deporte, en el mundo del arte, podamos cada uno aportar su especificidad para que nuestra sociedad sea mejor. Y, en los tiempos de crisis, no tenemos que delegar todo a la política y a la economía. La espiritualidad, la cultura, el mundo del deporte, el mundo de la música; todos estos mundos tienen que decir una palabra de bendición, tienen que hablar bien para que nuestra sociedad vaya mejor.
– Precisamente, el Papa, hablando en el Congreso de los Diputados la semana pasada, se llevó la ovación más larga de la historia. Tres días después, sin embargo, se vota una medida favorable a la eutanasia. ¿Fue ficticio ese aplauso? ¿Simple postureo? ¿Cómo lo ve usted?
– La Iglesia no tiene el poder legislativo. Pero tiene el deber de dar su opinión sobre ciertas cuestiones de la sociedad que son graves. Hay un combate y un debate en Francia actualmente también sobre la eutanasia. Se cierran las maternidades, se cierran las escuelas infantiles, se multiplican las casas de ancianos y, encima, permiten eutanasia. La eutanasia, ¿qué futuro implica para un pueblo? ¿Qué visión aporta para un pueblo?
Yo creo que la Iglesia tiene que dar su visión del ser humano; es su deber. Pero no tiene el poder de cambiar las leyes. Una vez que nosotros hemos dado nuestra opinión con convicción, y no para dominar, insisto, sino porque nos parece justo para el ser humano, luego el legislador tiene el deber, con su responsabilidad, con su conciencia, de decir qué busca a través de esa ley: si solo a contentar a ciertos sectores de la sociedad o el bien del ser humano y el bien de la sociedad.
Con la eutanasia nos volvemos un poco primarios. Es decir, los fuertes pueden seguir, pueden ir hacia adelante. Y los más frágiles pueden decir: Bueno, la vida es difícil, no hay mucho dinero. Soy un peso para la sociedad. Y los eliminamos. Perdemos la fraternidad y perdemos nuestra humanidad.