Necesitamos una nueva Salamanca
El Descubrimiento acababa de ampliar súbitamente los horizontes del mundo conocido –geográfico e interior–. Nuevos pueblos, nuevas tierras y nuevas preguntas aparecían allí donde apenas unas décadas antes sólo existían dragones
En el floruit –que dicen los clásicos– de las Españas, cuando el poder político y militar prefigurada las modernas potencias globales («El mundo entero, que de algún modo es una sola cosa pública», que diría Vitoria), nuestra católica monarquía era más rica por lo que conservaba que por lo que tenía: la convicción de que el poder debía justificarse ante la verdad.
La llamada Escuela de Salamanca, cuyo legado seguimos recordando cinco siglos después, no fue importante únicamente por algunas de las conclusiones que alcanzó –y cuyo inmenso valor no glosaremos aquí–. Lo verdaderamente extraordinario fue la actitud intelectual que encarnó.
El Descubrimiento acababa de ampliar súbitamente los horizontes del mundo conocido –geográfico e interior–. Nuevos pueblos, nuevas tierras y nuevas preguntas aparecían allí donde apenas unas décadas antes sólo existían dragones.
No se trataba de una pregunta menor. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto o Bartolomé de las Casas –además de a fructíferas reflexiones de toda índole, como las económicas– se enfrentaron a la gran cuestión antropológica de una forma inédita de alteridad.
¿Qué se debe a hombres radicalmente distintos de aquellos que se conocían? ¿Qué significa ser humano? ¿Qué nos hace únicos? ¿Dónde residen nuestra dignidad y derechos?
La Escuela de Salamanca comprendió que estas preguntas no podían responderse desde el miedo, el interés o la mera conveniencia política sino desde una apertura constitutiva hacia la Verdad misma. El hombre no conoce únicamente para orientarse pragmáticamente en el mundo, sino porque ha sido creado para el Logos. Existe en la inteligencia humana una orientación natural hacia la inteligibilidad del ser que remite, en último término, al carácter racional de la creación y a su creador como fuente de toda verdad.
Las grandes épocas intelectuales suelen comenzar de este modo. No con respuestas nuevas, sino cuando aparecen preguntas nuevas. Para los salmantinos fue el indígena americano. Para el siglo XIX sería la continuidad biológica sugerida por Darwin. Para el XX, la posibilidad de inteligencias más allá de la Tierra. Cada una de estas conmociones obligó a replantear aquello que el hombre creía saber sobre sí mismo. Nuestro tiempo ha encontrado su propia forma de alteridad, el «otro» artificial.
Y así, cinco siglos después, las fronteras que comienzan a desplazarse son otras.
Actividades que durante siglos consideramos distintivamente humanas comienzan a parecer parcialmente automatizables. La escritura, la traducción, el diagnóstico, la programación o incluso ciertas formas de creatividad artística ya no parecen pertenecer exclusivamente al ámbito humano. Al mismo tiempo, algunos investigadores discuten seriamente si sistemas futuros podrían desarrollar formas de conciencia, experiencia subjetiva o autocomprensión. ¿Podría el alma –esa última frontera ontológica— emerger como un simple epifenómeno de la complejidad, como una suerte de bruma que aparece cuando la materia se organiza con suficiente densidad?
Este es el gran problema: necesitamos una nueva Salamanca en el mismo momento histórico en que cada vez resulta más difícil producir una.
Todo parece empujarnos hacia lo inmediato. La complejidad se simplifica, los matices se comprimen y la paciencia intelectual se convierte en un bien cada vez más escaso. Permanecer durante mucho tiempo ante una misma cuestión comienza a resultar extrañamente difícil. ¡Que tentación!: sustituir el esfuerzo de comprender por la comodidad de obtener respuestas
Aquellos teólogos vivían en una cultura habituada al estudio lento, a la discusión prolongada y al debate riguroso…Una tradición intelectual no demuestra su vitalidad cuando repite respuestas heredadas, sino cuando conserva la capacidad de formular preguntas verdaderas ante situaciones inéditas.
No es casual que la reflexión reciente de la Iglesia sobre la inteligencia artificial haya insistido menos en la tecnología que en la persona humana. La cuestión fundamental no es qué pueden llegar a hacer las máquinas, sino qué estamos llamados a ser nosotros.
Salamanca no fue grande porque tuviera todas las respuestas. Fue grande porque no renunció a formular las preguntas correctas. Quizá por eso necesitamos hoy algo de Salamanca. No para repetir sus respuestas, nacidas para un mundo que ya no es el nuestro, sino para recuperar la disposición intelectual que las hizo posibles. La convicción de que la realidad puede ser comprendida, de que la verdad merece ser buscada y de que ninguna novedad histórica nos dispensa del deber de pensar.
Álvaro Presno Vélez es doctor en Ingeniería de Producción y Computación y doctor en Matemáticas y Estadística; investigador y profesor en la Universidad de León