«Para Dios, somos piedras preciosas: nos ama con nuestras impurezas»
Quien parece que carece de defectos, algo oscuro tiene que ocultar; además de que la soberbia de creernos seres desprovistos de impurezas no nos hace precisamente más perfectos, sino más pecadores todavía
Anillos con piedras preciosas
Mi santa mujer, la gemóloga Casilda Medina, quien ha sido recientemente portada de la revista Escaparate, alumbró, hace escasos días, una metáfora digna de encomio y mención; la cual reza así: «Para Dios, somos piedras preciosas: nos ama con nuestras impurezas».
Esta cita atesora una enjundia intelectual muy poderosa, puesto que toda joya, por valiosa que sea, tiene alguna mácula de impureza. En otras palabras, las piedras preciosas no dejan de ser preciosas por sus incrustaciones, algo extrapolable a lo que todos nosotros significamos para Dios, nuestro Padre y Creador.
Ahora bien, este razonamiento no se agota aquí: a esto, cabe añadir que, tal y como constata mi mujer, es muy extraño que una joya carezca absolutamente de impurezas; lo cual me lleva a la conclusión de que resulta demasiado sospechosa la ausencia total de defectos en cualquier persona.
Así pues, esta conclusión gemológica coincide con uno de los fundamentos del comportamiento humano: quien parece que carece de defectos, algo oscuro tiene que ocultar; además de que la soberbia de creernos seres desprovistos de impurezas no nos hace precisamente más perfectos, sino más pecadores todavía.
De hecho, al igual que una joya es posible que sea falsa al carecer de toda mácula, el orgullo de creernos inmaculados es el pecado que condenó a los seres más perfectos: véase al demonio, quien pasó a ser el ángel caído por su deseo sedicioso de querer ser como Dios; la misma pasión que provocó que Adán y Eva -en su humana perfección- fuesen expulsados del Paraíso.
A esto, considero pertinente agregar que, del mismo modo que es mejor que una piedra preciosa tenga el menor número de impurezas, pero resultando sospechoso que carezca totalmente de ellas, los cristianos nos hemos de regir exactamente por los mismos parámetros.
Venerable lector, ¿no te resulta chocante la cantidad de coincidencias que hay entre determinados fenómenos naturales y el modus operandi de nuestra vida cristiana? ¿Es posible que algunas metáforas ideadas por nosotros vayan más allá de nuestra imaginación literaria? ¿No será que la propia creación revela, en ocasiones, atributos de Dios su Creador?
Al anochecer, cuando surco la bóveda celeste con la mirada, puedo contemplar un cielo teñido de oscuridad, pero constelado por astros destellantes. Esto me parece una metáfora formidable de la vida: nos hallamos inmersos en un «valle de lágrimas» (como rezamos en la Salve Regina), pero contamos con la esperanza que irradia la luz de las estrellas; algo de lo que uno se da cuenta, para más inri, en el momento en el que «alza la mirada». Esto retrata, desde mi perspectiva, el triunfo de la alegría celestial sobre la tristeza terrena, de la esperanza divina sobre la tragedia mundana. En palabras de Oscar Wilde, «todos estamos en la cloaca, pero algunos miramos hacia las estrellas» …
Otra metáfora nocturna que me parece muy reveladora sería la siguiente: la necesidad de pasarnos un tercio de nuestra vida durmiendo, es decir, sin hacer nada productivo. Esto refleja, desde mi criterio, que tiene más valor -de cara a Dios- la calidad de nuestra siembra que la cantidad de tiempo que nos dediquemos a sembrar; porque la simiente que hayamos plantado durante el día continuará dando frutos por la noche, tal y como viene recogido en las Sagradas Escrituras; algo que nos disuade de caer en la tragedia clásica de la tela de Penélope, aquella que era tejida por el día y destejida por la noche…
En otras palabras, esto último nos demuestra que, si necesitamos morar ocho horas encima de una cama para permanecer dieciséis horas despiertos, no todo se reduce a la productividad. Filosofar sobre este fenómeno puede que sea una cura contra el pragmatismo radical, contra esa mentalidad utilitaria de cuantificarlo todo en términos de producir, producir y producir…
Ahora, me gustaría embarcarme -y nunca mejor dicho- en una metáfora náutica, para relacionarla después con una de corte celeste. Cuando posamos la mirada sobre la mar brava, se presenta ante nosotros un universo inescrutable, unas profundidades que nos es imposible sondear; pero, a su vez, podemos vislumbrar destellos de lo que se aloja en el subsuelo de las aguas. Aquí, percibo una analogía plausible entre la fe y la razón: hay un inabarcable océano de sabiduría divina que excede a la la inteligencia humana, pero Dios nos permite avizorar destellos de su teología desde la barca. Pues, lo mismo ocurre cuando contemplamos el cielo…
Este ejercicio de esmerarnos por penetrar en las interioridades de las aguas o allende los cielos no nos hace menos conocedores de lo que sucede aquí en la tierra, sino que aumenta nuestra capacidad de comprenderlo. Así pues, algo similar ocurre cuando profundizamos en la fe: no ciega nuestra razón, sino que amplía las lentes de su mirada.
Esto último me recuerda a la misión que tiene un cohete: fue fabricado para volar por encima de su altura, pero con sus tripulantes dentro de él y a través de él; al igual que la razón enfila los derroteros de la fe, pero a través de sí misma y sin renunciar a sí misma… Aunque sí para sanar sus pecaminosas limitaciones, véase las estrechas abrazaderas de su egoísmo utilitario…
Cuando intentamos observar lo que hay al otro lado de una ventana, percibimos mejor lo que sucede cuanto más limpio se encuentre el cristal; pero, si este se ensucia, puede llegar a enturbiarse tanto que nos acabemos observando a nosotros mismos, como si de un espejo se tratase. Pues bien, este ejemplo es perfectamente extrapolable a nuestra vida cristiana: cuanto más límpida y clara sea nuestra mirada, mayores bienes podremos vislumbrar de Dios Nuestro Señor; pero, cuanto más túrbida y empañada se halle, nos terminaremos por ¡observar a nosotros mismos! para creernos el epicentro del mundo o «la medida de todas las cosas» (tal y como sentenció el ensimismado de Protágoras).
Es bien conocido que todo lo grande comenzó por ser pequeño: la semilla que hizo germinar un robusto y frondoso fresno, la persona concebida que no dejó de crecer hasta alcanzar la vida adulta; etcétera, etcétera, etcétera… Pues bien, Nuestro Señor Jesucristo es el único Dios que se hizo pequeño por la redención de nuestros pecados; Quien, para más inri, se hace presente todos los días a través de un menudo e irrisorio trozo de pan…
Dicho de otro modo: la venida de Cristo al mundo es la manifestación más colosal de la estrechísima relación que hay entre lo grande y lo pequeño; por ser alguien capaz de empequeñecerse, hasta el punto de encarnarse en hombre y dejarse crucificar por sus criaturas, sin perder su Divinidad…
A esto, sumémosle que Dios es trinitario (Padre, Hijo y Espíritu Santo), dueño y señor de todo lo creado, y una fuente inagotable de amor. Pues bien, la forma de amor humana más plena, también, es trinitaria y creadora (pero en un sentido procreativo, ojo), que es la conformada por un padre y una madre fundidos en un acto de amor. De esto, extraigo la conclusión de que la Religión Católica es la que mejor se mimetiza con la naturaleza humana; o, más bien, que la naturaleza humana es la que mejor retratada se encuentra por su Dios Padre y Creador…