Fundado en 1910
TRIBUNADomingo pacheco

¿Quién es «mi prójimo» en Ceuta?

Los ciudadanos de Ceuta ya encontraron al prójimo en el camino. Lo acogieron. Hicieron mucho más que pronunciar una palabra vacía desde un despacho. Ahora la pregunta incómoda es: ¿quién piensa en Ceuta?

No puedo más. Sé que no tengo derecho a decir esto en nombre propio en referencia al tema que voy a tratar, pero lo digo de manera solidaria: esta es la sensación de miles de personas, ceutíes o no, respecto de lo que acontece en esta región española desde el pasado 30 de julio. No estoy aquí para realizar un análisis político de la situación (y, aunque tenga que hablar de política, creo que existen demasiados), pero sí que me nace compartir una reflexión a la luz de la doctrina cristiana y del uso indiscriminado de la misma, como si fuera un arma arrojadiza dentro de una contienda entre buenos y malos que van cambiando de posición en el tablero.

Se habla mucho sobre qué debería opinar un católico respecto de este acontecimiento, dándose moralejas sobre la situación del signo más variado, como si ser católico implicara la promoción de hacer casas para las personas que han entrado ilegalmente en Ceuta o supusiera, por el contrario, el rechazo de una religión invasora. Permítame el lector expresar algo que, si no me equivoco, todavía no ha dejado de ser doctrina católica.

Se habla mucho sobre qué debería opinar un católico respecto de este acontecimiento, dándose moralejas sobre la situación del signo más variado

El deber de la caridad no es algo relativo. No es para con unos sí y para con otros no. De hecho, una de las herencias culturales de Europa que ha dejado la fe cristiana, como es la libertad religiosa, no exige reciprocidad: yo ejerzo la caridad en esta forma como una exigencia y consecuencia de la fe que profeso, no porque espere que el otro la ejerza conmigo. Cristo en la cruz no puso condicionantes a la hora de entregar su vida por el pecado del mundo. No lo hizo condicionalmente. Si queremos hacerlo los católicos, allá nosotros, pero recordemos que, a los tibios, los que no son ni fríos ni calientes, Dios los vomita de su boca (Ap 3,16). Ahora bien, ¿cómo se ejerce la caridad?

Me quiere sonar que, en uno de los evangelios, hay un pasaje en el que el propio Jesús explica esto de «amar al prójimo como a uno mismo», aprovechando una pregunta que le lanzan: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). A esta pregunta, el propio Jesús contesta con la parábola del «Buen samaritano», concluyendo que el prójimo era «el que practicó la misericordia con él» (Lc 10,33).

Cristo en la cruz no puso condicionantes a la hora de entregar su vida por el pecado del mundo

Dicho esto, ya sabemos algo más sobre lo que es ejercer la caridad. Sin embargo, ahora deberíamos preguntarnos qué es misericordia, para evitar caer en un reduccionismo buenista, equivalente a la limosna que se da pretendiendo ser misericordioso para que el otro pueda acortar su vida más rápido siendo esclavo de sus deseos. Recordando las obras de misericordia corporales, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que son: «dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo…» (CIC 2447). Es decir, acciones que buscan sanar la indigencia del otro y su propia miseria.

Creo, querido lector que, hasta aquí, te habrás hecho una idea de hacia dónde discurre la argumentación, pero me gustaría pedirte que aguantes un poco más. Porque ahora viene la hora de aplicar lo aprendido. Si referimos esta reflexión a lo acontecido en Ceuta, creo que no hay un «pero» aplicable a la situación. Ceuta acogió, por virtud u obligación, a miles de personas que cruzaron nadando hasta allí esperando encontrar un futuro mejor, animados o instigados por alguien que, aunque todos sabemos quién es, sólo lo es «presuntamente» (y no hablo ni de Rusia, ni de Israel, ni de Trump, ni de la ultraderecha europea). Creo que la acogida es el principio de la misericordia, y ahí muchas personas, ceutíes y no ceutíes, practicaron la misericordia con muchos de los que, en mitad del camino se vieron abatidos por la desilusión de la ausencia de un paraíso más allá de la costa. Ahora bien, ¿alguien quiso tirar a alguna de estas personas al mar? ¿alguien quiso dispararles? No. España no es Marruecos. Nosotros hemos recibido una herencia que habla de dignidad, y la dignidad impide hacer eso, tanto moral como legislativamente (o eso nos gusta declarar, aunque no lo cumplamos). Nadie puede decir que Ceuta no respondió a esta crisis humanitaria con privación, acción y omisión.

España no es Marruecos. Nosotros hemos recibido una herencia que habla de dignidad, y la dignidad impide hacer eso

Sin embargo, han pasado más de treinta días desde que esto ocurrió. Y la situación es muy distinta. Ya no hablamos de acogida, hablamos de permanencia indefinida (dicho por varios de nuestros ministros y gobernantes). Ante esto, la cosa cambia. Creo que nadie duda, por virtud u obligación, en auxiliar al necesitado que se encuentra en el camino. Pero una cosa es el auxilio puntual propio de la acogida y otra muy distinta es la permanencia. Porque en régimen de permanencia hay más personas en casa, empezando por la familia, los vecinos… aquellos que son prójimos por obligación o afecto. ¿Cómo se ejerce aquí la misericordia? ¿Elijo entre el bien de mi hijo y el del que duerme en la calle? ¿la dignidad absoluta de la persona hace buenos a todos los hombres? ¿A los que violan o delinquen también?

Y, como así en general, no nos gusta pensar demasiado (que me disculpe el «hombre-masa»), en este momento hemos decidido que estas cuestiones las resuelvan los políticos, en una pretensión de institucionalizar aquello que va más allá de la misericordia. Pero la misericordia no se puede ejercer de vacaciones. ¿Dejar a personas acampadas en una playa es misericordia? O, ¿lo es meterlos en un polideportivo? ¿Te gustaría que tus hijos estuvieran en un polideportivo? Espero que no. ¿Es misericordia promover que personas piensen que cruzar el mar a nado es un futuro mejor? Y, para colmo, los ciudadanos tienen el mal gusto de exigir, a aquellos a quienes les han dado los medios para hacerlo (muchos medios, muchos de los cuales acaban en su haber personal), que resuelvan aquello que les impide poder desarrollar sus propias vidas y ejercer la misericordia con sus prójimos (hijos, familiares, vecinos… más allá de la acogida). ¿Quién está practicando la misericordia con las familias de Ceuta? ¿No la merecen? ¿No la necesitan? ¿Generamos un mal para solucionar otro mal?

¿Quién está practicando la misericordia con las familias de Ceuta? ¿No la merecen? ¿No la necesitan?

Como verás, querido lector, tengo más preguntas que respuestas. Sin embargo, no quiero dejar pasar esta ocasión para decir algo: «acogida» no es sinónimo de «permanencia». Y, como vivimos en sociedades complejas, esperamos con razón que los «representantes» que hemos elegido den respuesta a los problemas que surgen en la vida social con los medios que les hemos proporcionado (que Hacienda nos recuerda que no son pocos). Creo que la indignación no nace, solamente, de lo que ha sucedido; más bien, nace de la inacción, las mentiras y los discursos vacíos. La acogida es un deber de la caridad. La permanencia indefinida no. El problema no es que no auxiliemos al prójimo; el problema son los discursos que pretenden hacer del que me encuentro en el camino alguien más próximo a mí que mi madre o mi hijo. Y que alguien a quién se le pide administrar la cosa pública se atreva a dar lecciones morales sobre quién es buena persona o no en función de lo que le apetece, olvida que eso es más cosa de filósofos o curas.

Quizá haya llegado el momento de dejar de practicar la caridad con la casa, el dinero y la tranquilidad de los demás. Porque es extraordinariamente fácil ser generoso cuando la factura la paga otro; defender la permanencia indefinida cuando otro soporta sus consecuencias y repartir carnés de buena persona desde un despacho al que nunca llegan los problemas sobre los que se pontifica. Pero tampoco nos engañemos en sentido contrario. El miedo no convierte al extranjero en enemigo, ni una frontera nos dispensa de mirar como persona a quien llega desesperado hasta ella. La dignidad humana no depende de un pasaporte. La prudencia política, tampoco de fingir que los problemas no existen sólo porque no los tienes en la puerta de tu casa.

El miedo no convierte al extranjero en enemigo

Si acoger es un deber moral, que nadie lo convierta en una palabra vacía. Si permanecer es una decisión política, que quienes gobiernan explique quién puede hacerlo, cómo, durante cuánto tiempo, en qué condiciones y a costa de qué. Y, sobre todo, que asuman la responsabilidad de decidirlo, tenga el coste político que tenga. Porque gobernar no consiste en escoger la consigna más bonita; consiste en decidir cuando todos los caminos tienen un coste.

Los ciudadanos de Ceuta ya encontraron al prójimo en el camino. Lo acogieron. Hicieron mucho más que pronunciar una palabra vacía desde un despacho. Ahora la pregunta incómoda es: ¿quién piensa en Ceuta?

Los ciudadanos de Ceuta ya encontraron al prójimo en el camino

Y si la respuesta consiste en explicar a los ciudadanos que son peores personas por atreverse a preguntarlo, quizá convenga recordar algo elemental: son los ciudadanos quienes exigen cuentas a sus gobernantes, y no los gobernantes quienes expiden certificados de virtud a sus ciudadanos.

Gobernar es un ministerio, es decir, un servicio. Y, cuando el sermón sustituye a la decisión, cabe preguntarse si tanta lección moral no estará sirviendo para ocultar algo mucho más sencillo: que no saben qué hacer.

Domingo Pacheco es sacerdote diocesano de Valencia, Capellán y director de la Cátedra de Teología Joseph Ratzinger de la Universidad CEU Cardenal Herrera y Consiliario Diocesano de Juniors M.D. Licenciado en Teología Histórica y Máster en Ética y Democracia. Es, además, coordinador del Grupo de Reflexión sobre IA del área de Filosofía y Ética del CEU.