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MI TORRE DE MARFILIgnacio Crespí de Valldaura

¿Por qué el trabajo, que santifica, puede, también, alejarte de Dios?

Tributar amor hacia el prójimo sin incluir al Señor no es una conducta propiamente caritativa, sino meramente solidaria, humanitaria, altruista o filantrópica

Es cierto que el trabajo santifica, pero, tras pensarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que siempre que lo supeditemos a la oración; véase que no entendamos que trabajar por sí solo es sinónimo de rezar, sino que se transfigura en oración cuando, además de orar, laboramos; y, sobre todo, cuando hacemos algunas pausas para entregarle nuestro trabajo al Señor como ofrenda (es decir, para conversar con Él, leer el Evangelio del día, declamar Padrenuestros y Avemarías, etcétera).

Me he visto en la tesitura de matizar esto porque bastantes personas ya creen que están rezando por el mero hecho de ir a trabajar. No descarto que alberguen una parte de razón, pero no deja de resultarme una manera de rezar bastante incompleta, a la que le falta mística, ascética, devoción y contemplación, por parecerme un tanto mundana. Me da la sensación de que quien adolece de esta carencia, más que supeditar el trabajo a la oración, simplifica la oración a la mundanidad del trabajo.

En otras palabras, el trabajo se transforma verdaderamente en oración cuando incluimos la oración en nuestras vidas. Si esto no nos queda lo suficientemente claro, no es de extrañar que algunas personas de enorme piedad dejen casi de rezar en los periodos de mayor carga laboral.

Es más, el consabido aforismo latino reza Ora et labora, y no al revés, por lo que se puede inferir que la palabra «oración» va primero porque es la que goza de hegemonía. Esto, por supuesto, tampoco nos puede arrastrar hacia el extremo contrario, que es el de tocarse las narices en lo profesional, pero rezar mucho.

En síntesis, quien solamente ora y no labora, cae en una espiritualidad un tanto platónica y extramundana; y el que labora, pero poco ora, en un modo de vivir su Fe un tanto mundano y desangelado.

El hecho de que la oración goce de primacía y que el trabajo sea una necesaria prolongación de ésta veo que guarda una estrecha relación con una máxima de Santo Tomás de Aquino, aquella que sentenciaba que el entendimiento ha de ser previo a la voluntad, pero la voluntad una imprescindible prolongación del entendimiento.

Esto es extensible a múltiples y variopintos escenarios de nuestra vida. Por ejemplo, afecta irremisiblemente al terreno de la caridad. En este sentido, el amor al prójimo es una pieza fundamental no sólo de nuestra singladura cristiana, sino que forma parte del Primer Mandamiento de la Ley de Dios; del primero de todos, repito.

Ahora bien, este precepto nos alienta primero a amar a Dios sobre todas las cosas, por lo que tributar amor hacia el prójimo sin incluir al Señor no es una conducta propiamente caritativa, sino meramente solidaria, humanitaria, altruista o filantrópica (lo cual está fenomenal, ojo, pero es como dejar una gran obra arquitectónica a medio hacer).

Como mis venerables lectores podéis deducir, tampoco uno ha de limitarse a amar a Dios y dejar al prójimo de lado, porque, como he matizado ut supra, las obras son una necesaria prolongación del entendimiento; puesto que el obrar sigue al ser. En caso contrario, viviríamos nuestra Fe de una manera extremadamente platónica y extramundana.

Admito que este escrito no goza de tanta densidad intelectual como otros que he publicado; pero no me arrepiento de ello, puesto que las santas obviedades, también, merecen ser recordadas; y, además, en reiteradas ocasiones ¡Qué bien nos iría si tuviésemos eternamente presente lo evidente!

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