¿Qué propuso un Papa para prevenir los incendios?
El ‘principio de subsidiaridad’ reclama una amplia autonomía para las personas y los cuerpos intermedios; y solicita la intervención del Estado solamente cuando sea necesaria para ayudar, coordinar o suplir temporalmente las capacidades insuficientes de los niveles inferiores
El Papa Pío XI publicó en 1931 una encíclica titulada Quadragesimo Anno, con motivo del cuarenta aniversario de la archiconocida Rerum Novarum, publicada durante el Pontificado de León XIII.
En este texto, Su Santidad Pío XI sentó las bases de lo que se conoce como el ‘principio de subsidiaridad’, el cual entraña que las instancias superiores (como el Estado) no deben asumir las funciones que pueden realizar adecuadamente las instancias inferiores (personas, familias, asociaciones, municipios, etc.). Ahora bien, dichas instancias superiores sí que habrán de intervenir cuando las inferiores no puedan cumplir por sí mismas determinadas funciones o cuando necesiten apoyo para alcanzar el bien común.
En otras palabras, el ‘principio de subsidiaridad’ reclama una amplia autonomía para las personas y los cuerpos intermedios; y solicita la intervención del Estado solamente cuando sea necesaria para ayudar, coordinar o suplir temporalmente las capacidades insuficientes de los niveles inferiores.
Usted, venerable lector, se preguntará: ¿Qué tiene esto que ver con la prevención de los incendios? A lo que yo replico: Demasiado; puesto que el Pacto Verde Europeo transgrede esa defensa de la soberanía local defendida por el Papa Pío XI través del ‘principio de subsidiaridad’, además de contravenir lo estipulado en el Tratado de Maastricht.
De esta guisa, que los agricultores se sientan tan subyugados o sojuzgados por el intervencionismo ‘eurocéntrico’; porque ellos, al trabajar la tierra, son los verdaderos entendidos en la materia; frente a unos burócratas que dictan leyes a este respecto desde lo alto de un rascacielos, y a merced de una quimera ideológica a la que se han adherido (sin un interés directo, palpable, tangible, en el campo).
Esto último está muy bien ilustrado en la serie Todas las criaturas grandes y pequeñas, la cual versa sobre unos veterinarios que están consagrados, en cuerpo y alma, al cuidado de la fauna y la flora de su localidad; hasta el punto de que, en uno de los episodios, uno de los protagonistas entra en pugna con las administraciones territoriales de rango superior, en aras de marcarles una serie de directrices orientadas a aprobar normativas más eficaces para el cuidado del campo y de los animales.
Por algo, diría San Pablo aquello de «ocupaos de vuestros asuntos y trabajad con vuestras manos» (1 Tesalonicenses 4: 11). De hecho, la locución latina Ora et labora («ora y trabaja») guarda una estrecha relación con el trabajo manual como camino de santificación; lo cual no implica que excluya de la aureola de santidad a otra clase de oficios, ojo.
La relación de la espiritualidad católica con trabajar la tierra es inequívoca, indubitable, irrefutable: además de que la Sagrada Biblia está sembrada –y nunca mejor dicho– de parábolas de signo campestre, los monasterios benedictinos ponían un especial esmero en los cultivos, y en el cuidado de los huertos, viñedos, olivares y ganados, haciendo del trabajo agrícola una expresión vivificante de servicio a Dios Nuestro Señor. Como viene recogido en Génesis 2,15: «Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase».
El trabajo del agricultor siempre fue visto como una colaboración con la obra creadora de Dios, que hacía fructificar la tierra con denuedo, paciencia y esperanza; y la alternancia entre oración y trabajo enseñaba que el cultivo del campo no era solo una actividad económica, sino también una vocación y un acto de responsabilidad hacia la creación; una máxima extensible a cualquier trabajo de nuestro tiempo, huelga matizar.
Ahora bien, aunque el nimbo de santidad tenga la misión de alumbrar -con su fulgor salvífico- todo tipo de oficios, sí que considero que el trabajo rural goza de una vinculación más explícita con Dios, ya que entraña un contacto directo con la creación.
Hace cosa de una década y un lustro, le pregunté a un sacerdote bastante docto que por qué el contacto con el campo facilita la eclosión de la vida espiritual, a lo que repuso que contemplar la belleza y la complejidad de la creación nos invita a reflexionar sobre la causa primera y la finalidad última de ésta.
Por mi parte, considero que a esta contemplación de la belleza y la complejidad de la creación lleva aparejado un ingrediente adicional, que es el de la admiración; por lo que podríamos hablar de una «admiración contemplativa», algo que robustece más todavía el intus legere, véase este ejercicio de «leer dentro» de lo creado, de descifrar lo invisible que reviste de sentido a lo visible.
Resulta aparentemente contradictorio que la belleza de lo visible nos empuje a preguntarnos por lo invisible, en vez de a apegarnos aún más a lo visible; pero esto no se trata de una contradicción, sino de una hermosa paradoja cristiana, que reconcilia dos opuestos aparentes en una hermandad solidaria.
Algo muy parecido les sucedió a algunos de los astronautas que surcaron el espacio, hace escasos meses, en la misión Artemis II; el vibrante testimonio de fe de Víctor Glover es una prueba fidedigna de ello; pero, también, tenemos pruebas testimoniales de aquellos tripulantes de la nave Apolo 8 (en 1968) y de Buzz Aldrin tras orbitar en el Apolo 11. De hecho, G.K. Chesterton, en su novela La esfera y la cruz, distingue entre los incrédulos que miran al cielo con temor y los devotos religiosos que contemplan el firmamento abismados de esperanza y delectación.
A esto, anexémosle que el campo, al envolvernos en una atmósfera de silencio, nos aísla de los ruidos mundanales, de los estruendosos distractores que obstaculizan el diálogo con Dios. Por algo, Nuestro Señor Jesucristo se solazaba en lugares silenciosos -como el desierto o el huerto de Getsemaní- para orar. Como reza Marcos 1,35: «Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar».
El sin par J. R. R. Tolkien, autor de El señor de los anillos, supo descodificar el dechado de virtudes cristianas que atesora el mundo rural, entre las que figuran la sencillez, el arraigo, la belleza de la creación y una forma de vida en armonía con la naturaleza y la comunidad. No ponía tronos a la pobreza ni cadalsos al progreso, pero sí que criticaba la industrialización cuando es utilizada para devastar el paisaje, conculcar las tradiciones y subvertir la dignidad humana.
Por ello, J. R. R. Tolkien edificó la Comarca de El Señor de los Anillos —y su aldea Hobbiton— como una arcadia feliz donde reina la unidad familiar, la solidaridad vecinal, los banquetes comunitarios y la serenidad de la vida campesina, en marcado contraste con el afán de dominio, la deshumanización y la devastación que representa Mordor.
El literato ruso León Tolstói, por ejemplo, se desencantó con el bullicio de las ciudades tras su estancia en Moscú, San Petersburgo y en la Universidad de Kazán, por verlos como lugares en los que prolifera el consumismo, el díscolo ocio nocturno (ahogado en alcohol y dilapidado en el juego), el vacío moral, el vivir distraído de la búsqueda de sentido, además de una abultada brecha de desigualdad socioeconómica, entre otras razones.
Sin embargo, a diferencia del católico J.R.R. Tolkien, León Tolstói llevó su aversión a la ciudad al paroxismo, a extremos que le empujaron a idealizar en exceso la vida rural y a adherirse a movimientos heréticos popularmente asociados con el «anarquismo cristiano». En síntesis, incurrió en un tribalismo desaforado que guarda similitudes con el que desarrolló mucho antes Jean-Jacques Rousseau (quien llegó a concebir el progreso tecnológico como anatema). Por esto, precisamente, la cosmovisión tolkieniana se caracteriza por ser bastante más equilibrada.
Sin llegar a los niveles de desafección urbana de Tolstói y Rousseau, los católicos G.K. Chesterton e Hilaire Belloc idearon un movimiento conocido como el «distributismo»; el cual, a grandes rasgos, fomentaba que la propiedad estuviese ampliamente distribuida, a base de promocionar la figura de los pequeños agricultores y comerciantes, amén de los talleres familiares; todo ello movido por un rechazo tanto del capitalismo monopolista como del socialismo estatal. Esta doctrina la desarrollo con un poco más de detalle en mi artículo ¿Qué es el distributismo de G.K. Chesterton?, publicado en este medio de comunicación.
Con lo dicho, ¿deberíamos plantearnos un éxodo urbano para alcanzar la santidad en mitad de las montañas? Como es evidente, esta proposición resulta, hoy por hoy, un tanto exagerada, además de disparatada. Es más, supondría una huida del mundo y, por consiguiente, una manera de evadirnos de nuestra misión apostólica de ser «santos en medio del mundo»; a no ser que uno tuviese vocación religiosa de clausura o de vida ermitaña, naturalmente.
En este sentido, cabe destacar que J.R.R. Tolkien, en El señor de los anillos, dibujó Hobbiton como una arcadia feliz aislada de las tinieblas de Mordor, pero, a su vez, introdujo en los corazones de sus personajes el impulso por escapar de la comodidad de la Comarca, para aventurarse a destruir el anillo en tierras hostiles.
De esto, extraigo la conclusión de que los católicos tenemos la misión de transitar por senderos «mordorianos» para hacer apostolado, y buscar un ratito de oración todos los días, para refugiarnos en el silencio «hobbitoniano» en compañía del Señor; de tal modo que no huyamos del mundo, pero sin dejarnos extraviar por sus caprichosos placebos.
De hecho, esto es justo lo que hacía San Pablo en el fragor de sus viajes, en su procelosa vida itinerante: se solazaba en un silencio reparador de oración ante el Señor, para cumplir su misión de expandir el Evangelio por el orbe con ademán inexhausto.