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¿Ser cantor y ser músico es lo mismo?

«Haz que lo que cantas con tu boca lo crea tu corazón, y que lo que cree tu corazón lo confirmen tus obras». A nadie se le pedía tanto por afinar. Es que al cantor no se le pedía afinar: se le pedía coherencia entre la voz y la vida

Varios niños de la Escolanía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (Madrid)

«Entre los músicos y los cantores, la distancia es grande: estos cantan; aquellos saben qué compone la música. Porque quien hace lo que no sabe, se define: bestia». Quien escribió estos versos hacia el año 1030 no era un polemista de taberna. Era un monje benedictino, y los puso al frente de un tratado. Para nosotros, «músico» y «cantor» son casi sinónimos; para el Medioevo eran dos mundos, y uno de los dos, al parecer, lindaba con el establo.

Miremos primero al cantor. No era un artista contratado: era un servicio dentro de la liturgia. Amalario de Metz, el gran comentarista carolingio, habla sin dudar del ministerium del cantor; y existía una bendición reservada a quien lo asumía: «Haz que lo que cantas con tu boca lo crea tu corazón, y que lo que cree tu corazón lo confirmen tus obras». A nadie se le pedía tanto por afinar. Es que al cantor no se le pedía afinar: se le pedía coherencia entre la voz y la vida.

¿Y el músico? Aquí viene la sorpresa: el músico medieval podía no cantar. La música era una ciencia, hermana de la aritmética y la astronomía en el plan de estudios, y se podía cursar entera sin entonar una nota. San Agustín escribió un De musica que habla de números y ritmo, no de melodías. Boecio, el gran maestro de las escuelas, distinguía tres músicas: la de los astros, la del alma y el cuerpo y, en el último lugar, la que suena. El verdadero musicus era quien juzgaba con la razón; quien cantaba con la garganta era el peón de la obra. De ahí la bestia: no un insulto casual, sino toda una jerarquía del saber.

¿Quién escribió, entonces, aquellos versos del principio? Aquí viene lo extraño. Su autor es Guido de Arezzo: el monje que fijó sobre cuatro líneas la escritura de las notas y dio a los cantores seis sílabas para aprender a entonarlas. Es decir: un hombre que pasó la vida buscando cómo hacer más fácil el oficio de los cantores. ¿Y este llama bestia al cantor? Leamos mejor. La bestia, dice el verso, es «quien hace lo que no sabe». El reproche no va contra el que canta: va contra el cantar sin entender. Y el remedio que Guido propone no es la ciencia de los astros de Boecio: son sus cuatro líneas y sus seis sílabas, ut, re, mi, fa, sol, la, un saber hecho a la medida de la garganta. Él mismo lo confesó sin rodeos: el libro de Boecio, escribió, «no es útil a los cantores, sino solo a los filósofos». El maestro de los cantores quería otra cosa: cantores que supieran lo que cantan.

Boecio, el gran maestro de las escuelas, distinguía tres músicas: la de los astros, la del alma y el cuerpo y, en el último lugar, la que suena

La historia tiene un final español. Cuatro siglos y medio después de Guido, un andaluz de Baeza, Bartolomé Ramos de Pareja, enseñó en Salamanca comentando a Boecio, cruzó a Italia y publicó en Bolonia, en 1482, el primer tratado musical impreso por un autor español. Su título ya lo dice todo: Musica practica, la práctica elevada a ciencia.

Y en sus páginas se atrevió a discutir el sistema que llevaba cuatro siglos enseñando a cantar. Frente a las seis sílabas de Guido propuso ocho, para recorrer la octava entera: psal-li-tur per vo-ces is-tas. No prosperó: los cantores siguieron mucho tiempo con el viejo sistema, y el si que hoy cierra nuestra escala tardaría todavía más de un siglo en imponerse. Pero fíjese en la razón del intento. Atacó las sílabas de Guido en nombre del mismo principio que Guido había usado contra Boecio: que un saber musical debe servir a quien canta.

Hoy llamamos «músico» precisamente a quien canta y toca: la palabra de los sabios se la quedaron los que hacen. Al final, la historia le dio la razón a Guido: saber y cantar no debían ser dos mundos, sino la misma cosa.

El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.