«La tradición es la democracia de los muertos» (Chesterton)
Uno, que tiene debilidad por las paradojas, no puede evitar pensar que dar la cara es exactamente lo que hacen los retratos de las lápidas: están ahí, muy visibles, mirando a todo el mundo, y no responden de nada
Una mujer en Barcelona visita la tumba de un familiar en el Día de Todos los Difuntos
Hoy es 2 de noviembre y mi abuela, si viviera, estaría ya en el cementerio con un ramo de crisantemos en una mano y un trapo en la otra, sacando brillo a una lápida como quien limpia la mesa del comedor antes de que lleguen visitas. Decía que los muertos piden poco: que no los olvidemos y que no les quitemos el sitio. Chesterton, que era igual de sensato y listo que mi abuela (la primera mujer que accedió a la Facultad de Arquitectura en España), llamaba a la tradición «la democracia de los muertos»: darles voto a quienes nos precedieron, aunque no puedan acercarse a la urna.
Este año, sin embargo, hay demasiados muertos nuevos para tan poca democracia. Cuarenta y seis en Adamuz, el 18 de enero. Sesenta y nueve, de momento, en Urda, el pasado miércoles, hace apenas cinco días. Más de un centenar de personas que iban a trabajar, a ver a su madre, a una boda, a un examen, a casa. Nadie se sube a un tren por convicción ideológica, y nadie muere en él por ella. Se muere por una soldadura. Por una señal. Por un «adelante» dicho a quien no debía.
Ellos no votarán en las próximas elecciones. Y, sin embargo, hoy me parece que tienen algo que decir.
Hay una película de Amenábar que vuelvo a ver cada pocos años, y cada vez me da más miedo por razones distintas. En Los otros, una madre vive con sus dos hijos en un caserón envuelto en niebla. Las cortinas siempre echadas, las puertas siempre cerradas con llave, la luz siempre racionada. Y unos ruidos, unos pasos, unas voces que ella atribuye a intrusos, a fantasmas, a presencias que quieren quitarle la casa. Al final —el spoiler tiene ya veinticinco años y debe de haber prescrito— descubrimos que los fantasmas eran ellos. Que los muertos eran los de dentro. Que los «otros», los que se movían por la casa y les daban tanto miedo, eran simplemente los vivos.
La genialidad de la película no está en el giro, sino en el punto de vista. Durante hora y media vemos el mundo con los ojos de quien no sabe que ha muerto, y todo encaja: la luz hace daño, los extraños son una amenaza, la casa es suya y hay que defenderla. Visto desde dentro, el error es perfectamente coherente. Chesterton lo explicó mejor que nadie: el loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo excepto la razón. Su lógica es impecable; lo que le falta es el mundo.
Y yo, este Día de Difuntos, no puedo dejar de pensar que tenemos una casa así en mitad de la vida pública española.
Poco antes de Adamuz, el ministro de Transportes proclamó que el ferrocarril español vivía el mejor momento de su historia. Dos meses después, un Iryo descarrilaba en una recta, invadía la vía contigua y se encontraba de frente con un Alvia que venía a doscientos por hora. La primera reacción oficial fue de perplejidad: un accidente «raro», «tremendamente extraño», porque el tren era prácticamente nuevo y la vía estaba recién renovada.
Era, en efecto, muy extraño. Tan extraño como que una casa esté siempre a oscuras.
Luego llegaron los informes. La hipótesis principal de la Guardia Civil apunta a la rotura de una soldadura que unía un carril de 1989 con otro de 2023, aceros de épocas distintas cosidos en un mismo punto. Se publicó que no hubo inspectores de Adif presentes cuando se hizo esa soldadura. Se supo que Adif había retirado material de la zona del siniestro y lo había trasladado a su base de Hornachuelos antes de tener autorización judicial, hasta el punto de que la jueza tuvo que pedir su «restitución inmediata»; el ministerio sostiene que lo hizo para preservarlo. Y cuando la Guardia Civil señaló que la vía podía llevar rota horas antes del paso del tren, el presidente de Adif respondió que aquel informe «no refleja la realidad».
Ahí está la madre de Los otros, defendiendo con uñas y dientes que la casa es suya.
Diez meses después, Urda. Un AVE de Renfe y un tren de Iryo en la línea Madrid–Sevilla. Sesenta y nueve muertos, más de ciento ochenta heridos, familias esperando en un instituto forense a que alguien ponga nombre a lo que queda. La investigación apunta, por ahora, a un fallo del sistema de seguridad LZB seguido de una posible autorización incorrecta desde el centro de control de Adif para reanudar la marcha normal, sin que saltara ninguna de las barreras que existen precisamente para que eso no pase.
El ministro ha descartado dimitir. Ha dicho que su forma de ser responsable es dar la cara. Y uno, que tiene debilidad por las paradojas, no puede evitar pensar que dar la cara es exactamente lo que hacen los retratos de las lápidas: están ahí, muy visibles, mirando a todo el mundo, y no responden de nada.
El acero no lee el BOE
No me corresponde a mí establecer responsabilidades penales; para eso están dos juzgados y una autoridad de investigación técnica que acaba de estrenarse. Pero sí puedo, como ciudadano que coge trenes, decir lo que sospecho, y lo que sospechan muchos ferroviarios que llevan años quejándose en voz baja.
Sospecho que, cuando el criterio para elegir a quién se pone al frente de un organismo técnico es la cercanía al partido y no la hoja de servicios, el problema no es solo moral. Es físico. Un carril no milita. La gravedad no tiene carné. El acero no lee el BOE, y por eso no se entera de que el presidente de turno es de los nuestros. Poner a un amigo al frente de un ferrocarril tiene un único inconveniente, que es que el tren no lo sabe.
Sospecho también que un país puede gastar muchísimo dinero en infraestructuras y aun así gastarlo mal: en inaugurar más que en mantener, en cortar cintas más que en revisar soldaduras, en la foto del primer viaje más que en la ronda de inspección de las tres de la madrugada, que no sale en ningún telediario. La propaganda tiene una enorme ventaja sobre el mantenimiento: se ve. Y una enorme desventaja: no sostiene nada.
Y sospecho, por último, que hay una forma de gobernar en la que el relato, el eslogan y la trinchera ideológica han dejado de ser herramientas para convertirse en el único criterio de gestión. Quien gobierna así vive exactamente como la familia de Amenábar: cortinas echadas para que no entre la luz, que hace daño; todo el que llama a la puerta es un intruso, un bulo, un fantasma de la «máquina del fango»; y la casa, siempre, es suya. Visto desde dentro, todo es coherente. Lo único que falta es el mundo.
Solo votan los vivos
Los muertos de Adamuz y de Urda no votarán. Votaremos los vivos, los que el lunes volveremos a coger el tren con un poco más de aprensión que antes, mirando de reojo por la ventanilla en cada cambio de agujas. Y votaremos lo que nos parezca, que para eso es una democracia y no una procesión.
Pero hay algo que no depende de ninguna urna. Pase lo que pase en las próximas elecciones, los «otros» —los que siguen en la casa a oscuras, convencidos de que gobernar es acaparar, de que gestionar es comunicar y de que la realidad es una opinión del adversario— tendrán que despertar. Tendrán que entender que su ilusión de supervivencia, ese seguir moviéndose por los pasillos como si nada, se ha pagado con la vida de los vivos. Que la luz no era el enemigo. Que los intrusos éramos nosotros, que solo queríamos llegar a casa.
Hoy rezaré por los ciento quince de Adamuz y Urda, como me enseñó mi abuela. Y pediré también por los otros algo más difícil y menos frecuente que el descanso eterno: que se den cuenta. Que despierten de su quimera. Que abran las cortinas. Aunque duela.
Eduardo Brunet Álvarez de Sotomayor es experto en financiación sostenible, además de articulista y conferenciante. Inició su camino en los Retiros de Emaús en 2014. Es coautor del libro 'Retiros de Emaús' (Almuzara)