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El futuro beato Francisco González de Córdova

El futuro beato Francisco González de Córdova

«Lo único que me preocupa es el cielo»: la carta inédita del sacerdote que encabeza a los 80 mártires de Cantabria, escrita antes de ser fusilado

Tras confesar a sus compañeros en la bodega y solicitar ser ejecutado el último para poder impartir la absolución final a cada uno de ellos, don Francisco González de Córdova subió a la cubierta del 'Alfonso Pérez' con la serenidad del que se sabe en manos de Dios

El próximo sábado 7 de noviembre, a las 11:00 horas, la iglesia catedral de Santander vestirá sus mejores galas para una ceremonia histórica. Presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos y representante del Papa, la solemnidad elevara a los altares a 80 mártires del siglo XX de la diócesis cántabra. Al frente de esta nómina —compuesta por sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos— figura un nombre propio que condensó en su figura el drama y la entrega de toda una época: don Francisco González de Córdova, párroco de Santoña, asesinado en 1936 a los 48 años de edad.

Nacido en la localidad de Viérnoles el 5 de agosto de 1888 y bautizado cuatro días más tarde en la parroquia de San Román, Francisco González de Córdova sintió desde muy joven la llamada al presbiterado. Con apenas once años, en 1899, ingresó en el seminario diocesano de Monte Corbán. Tras completar sus estudios, fue ordenado sacerdote el 22 de septiembre de 1911, cantando su primera misa solemne el 1 de octubre. Los archivos diocesanos de sus primeras órdenes sagradas se perdieron para siempre en el trágico incendio de Santander de 1941, pero la huella de su trabajo pastoral quedó grabada en la memoria viva de sus feligreses.

Tras ejercer como ecónomo en La Busta y Golbardo y pasar por la docencia en el seminario en 1914, el 1 de agosto de 1922 fue nombrado párroco de Santoña. Aquel destino marcaría el cénit de su vida sacerdotal. Lejos de acomodarse en una rutina administrativa, desplegó un dinamismo católico extraordinario, reflejo del asociacionismo de los años veinte: fundó la Hermandad de la Virgen del Puerto, las Juventudes Católicas y la Hoja Parroquial. Consciente de la importancia de la formación en una sociedad en transformación, organizó una catequesis modélica estructurada con 40 catequistas y 1.200 niños.

El verano del 36: hostigamiento y un rotundo rechazo a la huida

El estallido de la Guerra Civil en el verano de 1936 truncó de golpe la vida comunitaria y sumió a don Francisco en un calvario de acoso sistemático. Las autoridades locales y milicias del Frente Popular sometieron la parroquia a frecuentes registros, prohibieron el toque de campanas, la celebración pública de la misa, los bautizos y el acompañamiento de los entierros con la cruz procesional. La sacristía sufrió un atentado a la una de la madrugada mediante dos botellas con líquido inflamable, se confiscaron los libros parroquiales y se inició el derribo de la capilla de San Antonio.

Pese al clima de terror y el goteo de noticias sobre iglesias quemadas y sacerdotes asesinados en comarcas vecinas, don Francisco continuó ejerciendo su ministerio clandestinamente. Cuando la parroquia fue clausurada formalmente el 2 de septiembre de 1936, habilitó una habitación de su propia casa como capilla con el Santísimo Sacramento. Recluido en su hogar, únicamente salía para atender a enfermos graves, solicitando autorización al alcalde para cada desplazamiento. La madrugada del 15 de septiembre realizó su última asistencia espiritual a las dos de la mañana, adentrándose en la noche sin permiso municipal dada la extrema gravedad del agonizante.

La tarde del 16 de septiembre de 1936, la tragedia llamó definitivamente a su puerta. A las seis de la tarde, un miembro de la Adoración Nocturna acudió a su domicilio para advertirle de que se preparaba su detención bajo el pretexto de una supuesta denuncia llegada de Barcelona. Poco después, un grupo de marineros de Santoña se presentó en su casa con una propuesta de salvación: un barco listo para zarpar esa misma noche con rumbo a Francia. Le urgieron a subir a bordo sin pensarlo.

La respuesta de don Francisco reveló la talla humana y espiritual del párroco: declaró que conocía el peligro, pero que no pensaba abandonar el pueblo, pues aquello equivalía a abandonar su parroquia, recalcando que si lo prendían no sería por haberse escondido ni huido.

«Bodas de Plata. Confesión en el patio. Alegría interior»

A las doce de la noche de aquel 16 de septiembre, el sargento de la Guardia Civil, un agente y un miliciano irrumpieron en la vivienda. Aseguraron a la familia que se trataba de un trámite momentáneo «para declarar durante un par de días». Ante la negativa de los agentes a posponer la diligencia hasta el amanecer, don Francisco consoló a los suyos, dio instrucciones sobre cómo custodiar el Santísimo Sacramento reservado en su casa y cómo comunicar la noticia a su anciana madre. Rezo unos instantes ante el sagrario doméstico y subió al vehículo policial.

Su arresto inauguró un itinerario de penuria acogido con asombrosa serenidad. En la cárcel del pueblo dio muestras de una absoluta austeridad: rechazó un somier enviado por sus allegados afirmando «que no quería distinguirse» de los demás presos. Cuando el alcalde le impuso un «impuesto de guerra» de 1.000 pesetas, respondió por escrito que no poseía más que deudas.

El 19 de septiembre fue trasladado a Santander, despedido con afecto por sus feligreses. En la prisión de la capital fue obligado a despojarse de la sotana para vestir un mono de trabajo. El 30 de septiembre estuvo a punto de ser conducido al barco-prisión Alfonso Pérez, pero la intercesión del médico de la cárcel, el doctor Caneja, que alegó su frágil estado de salud, evitó temporalmente el traslado.

Al día siguiente, 1 de octubre de 1936, se cumplían exactamente 25 años de su ordenación sacerdotal. En las páginas de su diario íntimo, en mitad del cautiverio, don Francisco resumió aquel aniversario con una frase de desnuda profundidad: «Bodas de Plata. Confesión en el patio. Alegría interior».

Tras pasar por el penal de El Dueso —donde llegó a ceder su mono a un joven que marchaba al frente a cambio de volver a vestir temporalmente la sotana—, el 4 de noviembre fue reubicado definitivamente en el barco-prisión Alfonso Pérez, fondeado en la bahía de Santander.

El altar del «Alfonso Pérez»: la absolución final en cubierta

A bordo del buque nodriza convertido en checa flotante, don Francisco convirtió la bodega en un espacio de consuelo sacramental y apoyo humano para los prisioneros. El 27 de diciembre de 1936, intuyendo el trágico desenlace que se avecinaba, impartió la absolución general a todos los confinados en la bodega, habiéndoles confesado individualmente el día de Navidad, y los animó a afrontar la muerte con serenidad y fe en la eternidad.

Momento después, un miliciano bajó a la bodega y se encaró con él: «Tú eres cura», le espetó. Don Francisco respondió con entero aplomo: «Sacerdote, sí, cura de Santoña». «Pues entonces, arriba a decir misa», le ordenó el miliciano. La réplica del párroco condensó su vocación sacerdotal hasta el último aliento: «Con mucho placer, pero quisiera que me dejarais para el último, para poder absolver a mis compañeros». Subió a la cubierta del Alfonso Pérez y allí fue fusilado ese mismo día.

La carta inconclusa a su madre

Los restos mortales de don Francisco, junto a los de sus compañeros de martirio, fueron arrojados a una fosa común en el cementerio de Ciriego. Años más tarde, en diciembre de 1979, fueron trasladados solemnemente a la cripta de la catedral de Santander (parroquia del Santísimo Cristo). Por expreso deseo de su madre, su cuerpo fue amortajado e inhumado luciendo de nuevo la sotana.

Dos meses después de su ejecución, llegó a manos de su madre una carta inconclusa que Don Francisco había redactado en prisión y logrado enviar a través de un compañero de celda. En ella, el futuro beato dejó escrito su testamento espiritual:

«Queridísima madre: Lo único que me preocupa es el cielo; y quiero ganarle a toda costa. Si para ganarle hay que morir violentamente, acepto la muerte, contentísimo, como un gran beneficio que Dios me hace. Y pido al Señor fervientemente que el sufrimiento de usted se convierta en alegría, pensando que ha de servir asimismo para asegurar su salvación. La alegría que ahora siento se la debo, en primer lugar, a Dios, que me ha favorecido con este privilegio tan singular; y, en segundo lugar, a mi queridísima madre, que desde niño me ha preparado para este dichoso trance».

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