12 de agosto de 2022

Almudena Molina

Un verano entre la evasión y la contemplación

Contemplar es mirar los rostros sinceros, ir más allá de la superficialidad del momento, ver entre la maleza y las rosas el desnudo de las almas

Cuando el ímpetu del día a día, del trabajo extenuado, nos azota, uno necesita las vacaciones para recobrar la vida perdida, que se escapa en la tensión de la tarea acometida, en el roce de las disensiones.
Porque, aunque uno no trabaje solo por la resignación del pan de cada día, aunque uno, en el trasiego de lo cotidiano, se embeba en el cerco de lo eterno, las vacaciones se presentan como culminación de la navegación diaria.
Para los que descansamos ahora, en verano, si uno se deja, cesa la fatiga y la faena se templa. Y por eso, de alguna manera, el verano es conclusivo. Pero el verano es sobre todo punto de culminación de la labor diaria porque, precisamente en la libertad del tiempo dispuesto (sin reuniones por zoom, sin los turnos de entrada y de salida, sin correos y correos que atender) se acentúa el sentido del día a día.
Decía Carl Schmitt, en términos políticos, que el soberano es quien decide en el estado de excepción. Y es en el verano, nuestra estación excepcional, donde se pone de manifiesto la soberanía de cada uno, que también opera, de manera más sigilosa en el madrugar temprano y en la pesadez de la rutina.
Hay quienes dedican el verano a la evasión centelleante, al reguetón constante, a la litrona y la borrachera bochornosa. Los hay también aquellos quienes se refugian en degustaciones despampanantes, que se desperezan en tumbonas y cruceros, que se desviven por lucir los cuerpos morenos. Aquellos se refugian en el verano de la misma manera que, en el desierto de la ardua existencia, se esconden en el oasis de la obligación diaria. Y eso es evasión, una vida desbocada, de escapada.
Pero hay otros que no huyen. Los hay quienes, con un buen gin-tonic, incluso al son del reguetón, contemplan. Los hay quienes al compás del áspero esfuerzo, en la profesión diaria se imbuyen en la belleza incesante de los rostros humanos. Para estos, los contemplativos, el verano no es evasión; es continuación de una mirada ebria, del asombro constante de la existencia humana.
Porque uno puede, por un tiempo, prescindir de la soberanía de su propia vida. Y en términos de cesiones, hay muchas variaciones. Hay quienes pueblan su existencia en un vaso de vino, y otros, más sofisticados, en la borrachera de likes. También algunos anidan en el bucle de las promociones, bajo el amparo de los grandes bufetes, o se recuestan en rituales healthies.
No obstante, la cuestión no está en abandonar las estancias deloittianas, o en predicar una abstención estoica. Se puede y es estimable ser contemplativo en la ociosidad del crucero.
Porque contemplar es mirar los rostros sinceros, ir más allá de la superficialidad del momento, ver entre la maleza y las rosas el desnudo de las almas. Ser contemplativo es, en definitiva, dejarse amar por los seres vivientes. Es la devoción de la mirada encendida, la oración de quien reconoce al don y al dador, el júbilo de quien se sabe en una acción de gracias infinita.
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