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16 de julio de 2024

José de la Pisa, con todo el equipo de operaciones especiales en el sur del Líbano en 2008

José de la Pisa, con todo el equipo de operaciones especiales en el sur del Líbano en 2008Cedida

El teniente coronel de la Marina que cambió el uniforme militar por la sotana: «Ahora empieza la aventura»

Después de pasar un cuarto de siglo sirviendo en la Armada, el pasado 27 de mayo, José de la Pisa recibió la ordenación sacerdotal en Roma

Rozaba la mayoría de edad, cuando José de la Pisa (Valladolid, 1970) recibió un aviso de Dios. Ya había decidido presentarse a los exámenes de acceso a las academias militares, pero se entregó igualmente a su otra vocación, ser numerario del Opus Dei. El vallisoletano es el sexto de ocho hermanos y durante 25 años ha estado al servicio de la Armada, donde llegó al rango de Teniente Coronel de Infantería de Marina. De todo este tiempo, pasó media década a la cabeza de equipos de operaciones especiales, con quienes ha estado en Líbano y en las costas de Somalia luchando contra la piratería.

En 2017 había sido seleccionado para comandar un batallón de la Guardia Real. No obstante, él ya había decidido continuar su vida de servicio de otra manera completamente distinta pero que se parecen en todo, según él mismo comenta. Le escribió una carta a Su Majestad contándole que iba a abandonar la Armada porque se iba a poner «al servicio del Jefe común de ambos». El pasado 27 de mayo, José de la Pisa recibió la ordenación sacerdotal en Roma, oficiada por el obispo auxiliar de Osaka-Tajamatsu (Japón), Paul Toshihiro Sakai.

Primera mira oficiada por de la Pisa como sacerdote

Primera misa oficiada por De la Pisa como sacerdoteCedida

–¿Cómo era su vida desplegado en zonas de conflicto? ¿Es fácil ver a Dios entre tanto sufrimiento?

–Durante los despliegues el tiempo vuela. Las semanas y meses pasan sin darse uno cuenta porque, además, no existen los fines de semana ni, muchas veces, los tiempos más característicos como la Navidad, la Semana Santa ni, por supuesto, el verano. Esto no significa que no celebremos estos momentos, pero si es verdad que están supeditados a la misión. Recuerdo que pasé la Semana Santa de 2009 embarcado en aguas del Índico durante una operación contra la piratería en la zona de Somalia. No teníamos sacerdote a bordo, pero la Armada, que tiene una tradición centenaria, tiene resuelta también este tipo de situaciones, de modo que cuenta con un protocolo para poder celebrar un servicio religioso dominical para aquellos que lo deseen. Por este motivo y liderados por el Segundo Comandante del buque, organizamos unos Oficios de Semana Santa «sin sacerdote» que, al menos en mi caso, recuerdo con especial cariño.

Ver a Dios en medio de los conflictos a mí me resulta casi natural. Y me parece que lo es también para la mayoría de las personas, tanto practicante como aquellos que no lo son. Es cierto que, ante tanta maldad, daño y destrucción, la pregunta más frecuente es ¿dónde está Dios? O ¿cómo ha permitido o permite esto? Son preguntas que nos hacen reflexionar y se convierten con frecuencia en temas de conversación. Creo que nunca he hablado más de Dios que durante los despliegues. A la vez, la evidencia del peligro que corremos hace también que todos nos preguntemos por la existencia de Dios y que evaluemos nuestra creencia y examinemos nuestras vidas.

No pocas veces he visto como fruto de un despliegue o de temporadas más difíciles en alguna zona de operaciones que algunas personas se hayan acercado de nuevo a la fe.

Planeando una patrulla con un oficial singapurense en mayo de 2009, en la zona de Kafer keela, en el sur del Líbano

Planeando una patrulla con un oficial singapurense en mayo de 2009, en la zona de Kafer keela, en el sur del LíbanoCedida

–¿Cree que se parecen la vida militar y la sacerdotal?

–¡Yo diría que en todo! Es una vida de servicio a los demás, de disposición permanente para ayudar al otro, de ponerte en su lugar, de defenderle, de acercarle a Cristo, de acudir allí donde hacen falta brazos, bien para detener una masacre, bien para responder ante una emergencia, o para detener una invasión; bien para llevar el consuelo la misericordia y la esperanza de Dios.

Me planteo mi servicio sacerdotal del mismo modo que me planteaba mi servicio en las fuerzas armadas. Quiero ayudar a los demás, quiero poder servirles en aquello que ellos o no pueden, o no son capaces de hacer, y quiero servir en aquello que sea importante.

–Durante toda su carrera en Fuerzas especiales, ¿qué destinos recuerda como los que más le han marcado? ¿y cómo han servido a su fe?

–He tenido la suerte y diría que el privilegio, de mandar equipos de operaciones especiales de la Armada durante cinco años. En ese tiempo desplegamos varias veces en Oriente Medio, en especial en el Líbano, dos veces; en África, en las costas de Somalia, en misiones de lucha contra la piratería. A veces esas misiones o despliegues surgen de la noche a la mañana. Recuerdo que a comienzos de 2004 estaba haciendo un curso de retiro que había comenzado la noche anterior. A la mañana siguiente, recibí una llamada informándome de que debía regresar lo antes posible a la unidad. Al día siguiente salíamos en avión camino de Kuwait.

Los dos despliegues libaneses fueron especialmente intensos. El primero fue casi sin previo aviso, justo al terminar la guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá. Desembarcamos allí para ocupar una franja de terreno próxima a la frontera de modo que dificultáramos el regreso de las hostilidades y permitiésemos que se mantuviera el alto el fuego. Fueron meses de mucho trabajo y mucha actividad en condiciones de vida verdaderamente espartanas. Sin embargo, nadie mostró ni queja ni cansancio por ello puesto que, al llegar justo al terminar los combates, pudimos comprobar de primera mano el daño que las tres semanas de combates habían producido en las infraestructuras y en las casas, así como el drama de los desplazados y de aquellos que lo han perdido todo.

Eran especialmente dolorosas las condiciones de vida de los refugiados sirios, que acampaban por todas partes en condiciones de vida terribles y sin acceso a lo más básico. Con frecuencia los niños salían a las carreteras y caminos por los que circulábamos y se acercaban a pedir agua y comida. Por desgracia, no podíamos ayudarles porque, de hacerlo, lo único que conseguiríamos era que se acercaran más, con el riesgo de acabar atropellando a alguno, lo que no solo sería perjudicial para el niño, sino que complicaría aún más una misión ya de por sí difícil. Tener que dar la orden de nunca dar agua o comida a esos chavales no fue fácil, y la tuve que explicar varias veces, no pocas a mí mismo, para reafirmarme en la necesidad de actuar de ese modo.

Dos años después, volví allí al mando de mi equipo de operaciones especiales. Esta vez la misión era diferente, y teníamos cometidos más orientados a la obtención de información y a la vigilancia. Eso nos permitió poder entrar en las zonas de refugiados y, con motivo de algunas actividades, poder aliviar en lo que pudimos las necesidades de algunas familias. Es en esos momentos, cuando hablas con ellos, cuando te muestran los lugares donde mal viven, tiendas de ACNUR y chabolas hechas de latas y trapos, y te ofrecen de lo que tienen, es cuando te das cuenta de que, de verdad, todos somos iguales, tenemos las mismas ilusiones, necesidades, y miedos, y que un poco de humanidad y cariño resuelve muchos problemas.

En la cubierta del barco desplegado en abril de 2009 en el océano Índico

En la cubierta del barco desplegado en abril de 2009 en el océano ÍndicoCedida

–¿Cómo fue la misión que le llevó a pasar embarcado la Semana Santa de 2009?

–Estuve al mando de un equipo de operaciones especiales con la misión de evitar las acciones de piratería contra buques mercantes. Para poder recopilar información y saber cómo actuaban las bandas de piratas, nos entrevistamos con multitud de tripulaciones de barcos que navegaban por la zona comerciando de puerto en puerto, o llevando cargo de una ciudad a otra. En general eran buques en un estado de conservación pésimo, algunos difícilmente flotaban, y en todos se apreciaba unas condiciones higiénicas y humanas muy difíciles. Era gente preocupada por la piratería porque, si bien las acciones piratas que preocupaban en Europa y por las que se había iniciado la operación, estaba orientada a proteger a los mercantes y pesqueros de la zona, la realidad es que, con frecuencia, los piratas asaltaban primero este tipo de embarcaciones, capturando a la tripulación, cuando no los mataban directamente, y obligándoles a trabajar para ellos, permitiéndoles acercarse a los barcos que navegaban en alta mar, y facilitándoles combustible y alimentos. En estas conversaciones era fácil darse cuenta de las dificultades que tienen muchas personas para trabajar y para ganarse honradamente la vida.

Durante esos meses de despliegue en el Índico, tuvimos varios encuentros con piratas, y pudimos detener a un buen grupo. Al interrogarles, te dabas cuenta de que, del mismo modo que otros de su aldea trabajaban como pescadores, ellos habían elegido una vida difícil y peligrosa, pero destinada a hacer dinero a costa de la vida y el sacrificio de los demás. En efecto, la vida de esos piratas no es fácil, se enfrentan en embarcaciones precarias a los riesgos del mar y afrontan los peligros reales de morir ahogados, o quedarse a la deriva sin combustible o con el motor estropeado y morir de sed. Pasan a demás muchos días en pequeños esquifes sin posibilidad de ponerse bajo techo, bajo un sol implacable, y todo para poder asaltar y capturar un mercante o un pesquero del que luego pedir un fuerte rescate. Cuando les interrogábamos, les preguntábamos por sus motivaciones, y estas eran que lo que es atraía era el dinero, que les daba poder en sus aldeas y acceso a todo lo que necesitaran, y que estaban dispuestos a lo que fuera por conseguirlo. Esos piratas tenían a sus espaldas un historial de asesinatos y desmanes en los barcos de la zona que horrorizaría a cualquiera.

–¿Cómo van a ser sus aventuras a partir de ahora?

–Ahora es cuando de verdad comienza la aventura, diría yo. El reto es aprender rápido a ser sacerdote, solo sacerdote y siempre sacerdote, como nos aconsejaba san Josemaría y nos ha repetido con frecuencia el actual prelado del Opus Dei, don Fernando Ocáriz. Para mí significa que he de perder mi costumbre de liderar las cosas para centrarme en acompañar a las personas; ahora, en vez de ir delante guiando he de ir al lado, acompañando e impulsando a las personas a que tengan su encuentro personal con Cristo, de manera que puedan discernir el camino que Dios tiene para ellos. Para ayudarles en ese camino, el arma principal son los Sacramentos, en especial la Eucaristía y la confesión y, en un segundo plano, estar disponible para, cuando lo solicitan, aconsejarles, explicarles la doctrina o darles criterio sobre las dudas o problemas que me planteen.

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