La hermana mayor de Iwao Hakamada, sostiene una foto suya de joven
El asesino inocente que se bautizó en el corredor de la muerte de Japón
El exboxeador nipón, Iwao Hakamada, fue absuelto de los cargos de homicidio en 2014 y finalmente declarado inocente en 2024
48 años pasó Iwao Hakamada esperando su ejecución. En 1968, el exboxeador nipón fue condenado por supuestamente haber matado a cuatro miembros de una familia. Él siempre insistió en que las pruebas presentadas ante el tribunal habían sido fabricadas para incriminarle, pero fue sentenciado al corredor de la muerte.
Aunque fue puesto en libertad en 2014, tendría que esperar otra década para ser declarado inocente. En septiembre de 2024 y tras un año de investigación, el juzgado determinó que las muestras de sangre encontradas en la ropa de Hakamada (las que supuestamente llevaba cuando cometió el crimen) no pertenecían al condenado.
Los cuatro asesinados eran miembros de una sola familia: el padre, jefe de Hakamada en la fábrica en la que trabajaba, su mujer y sus dos hijos. Tras 20 días de interrogatorios, en los que no se le permitió contar con un abogado, el exboxeador profesional firmó una carta de confesión. A pesar de haber denunciado que fue maltratado y amenazado durante los interrogatorios, el Tribunal Supremo de Justicia de Japón ratificó la condena en 1980.
A su paso por el corredor de la muerte, Hakamada tuvo un encuentro con Dios, que le llevó a bautizarse en la Navidad de 1984 en la capilla de la cárcel. «Desde que me han dado el nombre cristiano de Pablo, siento vivamente que debo ser consciente de la grandeza de san Pablo» escribió en una carta apenas unos meses después.
El arzobispo de Tokio ha llevado al antiguo reo un regalo del Papa Francisco
No obstante, cada año que pasaba aumentaba la desesperación del condenado a muerte. También en su diario, se preguntaba acerca de su situación. «¿Qué crímenes he cometido para merecer estar donde estoy ahora? ¿Por qué y durante cuánto tiempo tengo que estar encarcelado o tengo que morir en prisión?... Qué trato más frío. Si ésta es la voluntad de Dios, nadie necesita un Dios así», se lee en una misiva de 1973, publicada originalmente por el diario japonés Asahi Shimbun, en la que también añadió: «A veces, no puedo evitar estar resentido con Dios».
Después de que la Corte Suprema ratificara su sentencia a muerte, acudió a la religión en busca de ayuda. «Jesucristo enseña: 'ama a tu prójimo como a ti mismo', pero cada día se me recuerda la dificultad de hacerlo, ya que entre mis vecinos hay también grandes enemigos», le comentaba a su abogado en 1982. En la Navidad de ese mismo año, Hakamada comenzó a intercambiar postales con algunos fieles católicos de Japón.
Según le contaba a su hermana mayor, Hideko, Hakamada se reunía una o dos veces al mes con un sacerdote que le aconsejaba, no solo sobre su camino de fe. En el diario que el condenado llevaba de su estancia en prisión, además de hablar de boxeo, cristianismo o su esperanza de un nuevo juicio, en abril de 1987 se coló un nuevo personaje. «Los agentes del diablo se aferran a mi celda día y noche, arrojando desgracias sobre mi», escribió por primera vez. En adelante, su narración de su lucha contra el demonio se volvió más detallada.
Extracto de una de sus cartas (1988)
Durante sus últimos años en prisión, ya fuera del corredor de la muerte, Hakamada comenzó a cometer faltas de ortografía en sus cartas. Incluso escribía del revés. A petición de la defensa del reo, el psiquiatra Naoshi Nakajima elaboró un informe en 2008 en el que constató que, tras cuarenta años recluido, padecía psicosis institucional, una enfermedad mental derivada del confinamiento.
En la última carta que envió a su hermana, en 1995, solo le pedía que le enviara una camisa. Hakamada se confundió de día y se inventó el año. Cuando finalmente el tribunal decidió liberarle antes de su nuevo juicio por su «avanzada edad» y su «mal estad mental», tenía ya 78 años. A la espera de la sentencia definitiva, Hakamada fue invitado por el Papa Francisco a participar en una multitudinaria misa cuando el Pontífice visitó Japón, pero ni su hermana ni él tuvieron la oportunidad de saludarle. A su vuelta a Roma, el argentino le puso como ejemplo para su defensa de la abolición de la pena de muerte en el mundo.
Seis años después, desde su convalecencia en el hospital, el obispo de Roma ha tenido un nuevo acto de cercanía con él y ha enviado un rosario a Paul Iwao Hakamada, el preso más antiguo del mundo entre los que han estado recluido en el corredor de la muerte.