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Inmaculada Concepción. De Murillo

Mariología

Cuáles son los cuatro dogmas de la Iglesia referidos a la Virgen María

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque puso sus ojos en la humillación de su esclava. Desde ahora, me llamarán dichosa todas las generaciones», relata el evangelio de Lucas 1, 46–49

El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define 'dogmas', es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario.

Según el Catecismo, los dogmas son luces que iluminan el camino de nuestra fe y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta, nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe.

María como madre de Dios

Los cristianos creemos en la maternidad divina: misterio principal de los que refieren a María. El dogma afirma que María es verdaderamente «Madre de Dios» porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo. A menudo encontramos en las sagradas escrituras referencias a este misterio: «Dios envió a su Hijo» (Ga 4, 4), pero para «formarle un cuerpo» (cf. Hb 10, 5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso, desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a «una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1, 26-27). La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios en el Concilio de Éfeso que tuvo lugar el año 649.

Madre de la Iglesia: Maternidad como amparo, cuidado de la Iglesia (prolongación de la maternidad de Cristo). San Efrén: Vinculación entre el cuerpo de María y la Iglesia. Tan unidos María y la Iglesia que viendo a una, vemos a la otra.

María como virgen

Desde las primeras formulaciones de la fe, la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo. Es más; a esto se refieren en el Concilio de Letrán (649 d. C.) cuando señalan que Jesús fue concebido 'absque semine ex Spiritu Sancto', es decir, sin semilla de varón, por obra del Espíritu Santo. Los santos padres ven en la concepción virginal el signo de que Jesucristo es verdaderamente el Hijo de Dios.

Asunción de María

Según el catecismo (artículo 974): «La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su cuerpo». Dicho lo cual, y tratándose de este último misterio, no podemos pasar por alto la constitución apostólica promulgada el 1 de noviembre de 1950 con la que el Papa Pío XII definió el dogma católico de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo: «Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte». La coronación, que viene a continuación del dogma de la asunción, señala a María como esposa del Rey.

Inmaculada concepción

Aunque el dogma data del siglo XIX, la creencia de la Iglesia en la Concepción arranca desde los comienzos del cristianismo. No solo por las palabras del ángel –«Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo», que se repiten en la avemaría: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»–, sino por el saludo de su prima Isabel, la madre del Bautista, y la respuesta de la propia María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque puso sus ojos en la humillación de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha obrado cosas grandes por mí». Desde el siglo VIII se celebra esta festividad y la bula Ineffabilis Deus menciona concilios y decretos papales de épocas variadas. Entre otros, se alude a Sixto IV, Pablo V y Gregorio XV.

En Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX sostiene: «con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano».