San Agustín con su madre, santa Mónica, quien tantos años rezó por la conversión de su hijo
«Ya he logrado mi deseo»: la tierna despedida de santa Mónica tras ver la conversión de su hijo Agustín
Los días 27 y 28 de agosto la Iglesia recuerda a dos santos que marcaron la historia como madre e hijo: primero santa Mónica, quien, después de años de oración y lágrimas, murió sabiendo que su hijo había encontrado la verdad
«¿Y a mí que más me puede amarrar a la tierra?». Con esa pregunta, pronunciada en Ostia mientras aguardaba el regreso a África, santa Mónica selló el capítulo final de su vida. Había visto cumplido el anhelo que la sostuvo durante años de lágrimas y oraciones: la conversión de su hijo, Agustín, quien sería santo y doctor de la Iglesia.
Aquel diálogo madre e hijo, recogido en el libro IX de las Confesiones, no fue una simple charla de despedida. Desde la ventana de su alojamiento en el puerto romano, contemplando el huerto, ambos se elevaron hacia una conversación espiritual que rozó el éxtasis.
En palabras de Agustín, se entregaron «olvidando las cosas pasadas, ocupados en lo por venir», buscando vislumbrar, aunque fuera tenuemente, la vida eterna de los santos, «que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió» (Corintios 2,9).
Preferir las alegrías eternas
En esa contemplación llegaron a la certeza de que todo placer terreno, por espléndido que pareciera, era insignificante ante el gozo celestial. Para ellos, el deleite de los sentidos era «ni siquiera digno de ser mencionado» frente a la alegría eterna. Unidos en pensamiento y corazón, tocaron brevemente la sabiduría de Dios con «todo el ímpetu de nuestro corazón».
'Confesiones' de san Agustín
El coloquio en Ostia marcó la cima de la relación entre madre e hijo: la mujer que había implorado por la fe de Agustín podía ahora descansar en paz: «Ya he obtenido mi gran deseo, el verte cristiano católico. Todo lo que deseaba lo he conseguido de Dios», exclamó.
'Confesiones' de san Agustín
Un entierro sin lamentos
Pocos días después, la salud de Mónica comenzó a deteriorarse. Una fiebre, posiblemente malaria, aceleró el final de sus días. Antes de morir, pidió a sus hijos que la enterraran en cualquier lugar, sin lamentos, pero con la promesa de mantenerla siempre viva en la oración.
Su cuerpo fue venerado durante siglos en Ostia hasta que, en 1430, fue trasladado a Roma. Hoy descansa en la iglesia de san Agustín, en pleno corazón de la Ciudad Eterna, recordando la escena que unió para siempre a una madre y a su hijo: un coloquio donde la tierra se desvanecía y el cielo se dejaba entrever.