Bartolo Longo fue beatificado por Juan Pablo II en 1980
Del culto a Satanás a apóstol del rosario y de la Virgen María: la increíble conversión de Bartolo Longo
Cuando san Juan Pablo II lo beatificó, lo definió como «el hombre de la Virgen». Mañana domingo, 19 de octubre, León XIV lo canonizará
Italia, 1872. En el Valle de Pompeya, un hombre camina solo, desorientado y atormentado. En su mente resuenan unas palabras que pronto cambiarán su vida: «Si propagas el Rosario, te salvarás». Era Bartolo Longo, un joven marcado por el remordimiento y las consecuencias de un pasado sumido en el ocultismo.
Educado en un hogar católico, perdió a su madre a los diez años, y esa herida se convirtió en rechazo y furia contra todo lo que representaba la religión. Como tantos intelectuales de su tiempo, se dejó seducir por las corrientes anticristianas y el espiritismo. La lectura de La vida de Jesús de Ernest Renan —la obra más influyente del anticlericalismo francés del siglo XIX— lo empujó definitivamente por el camino del escepticismo.
Entre fiestas, orgías y prácticas esotéricas, Bartolo llegó a ordenarse sacerdote satánico. Durante una de aquellas ceremonias, presenció «paredes que temblaban, voces extrañas y visiones aterradoras». Su salud se quebró y su espíritu cayó en un abismo sin descanso. Presidía ceremonias blasfemas y arrastraba a otros con él. Hasta que un amigo, Vincenzo Pepe, lo enfrentó con una advertencia brutal: «Vas a morir en el manicomio y te vas a condenar para toda la eternidad».
El día en que volvió la luz
Aquel sacudón fue el inicio del cambio. Con la ayuda del dominico Alberto Radente, Bartolo se confesó y se reconcilió con la fe el día del Sagrado Corazón de 1865. Fue su primer paso, aunque la lucha interior duraría años.
En 1872, ya convertido en administrador de la condesa de Fusco, viajó a Pompeya para renovar un arrendamiento. Allí lo golpeó la miseria material y espiritual de los campesinos. Escribió más tarde: «Con el corazón así acongojado, con la imaginación turbada, con la mente agitada de los más tristes pensamientos, y tan aflictivas ideas que me parecían rayanas en la desesperación, salí de la casa de Fusco, y sin rumbo cierto me eché a correr a la aventura».
Fue entonces cuando escuchó aquella voz interior: «Si quieres salvarte, propaga la devoción del santo Rosario: es promesa de María». Fue ese preciso momento el que lo empujó a emprender una cruzada personal, a renunciar a su pasado y a abrazar una nueva misión: difundir la devoción al Rosario y llevar la luz de la Virgen a una región sumida en la indiferencia religiosa.
El hombre de la Virgen
Bartolo comenzó repartiendo medallas, estampas y rosarios. Pero pronto comprendió que los habitantes del valle ni siquiera sabían rezar un Avemaría. Entonces fundó la Cofradía del Rosario, con una misión más amplia: enseñar la oración, cuidar a los enfermos, asistir a los pobres y acompañar a los difuntos.
Imagen de la Virgen del Rosario que Bartolo Longo llevó a Pompeya en 1875, hoy una de las más veneradas de Italia
Su celo apostólico lo llevó más lejos. Fundó un periódico, escribió una novena a la Virgen y levantó escuelas, orfanatos y obras de caridad. La olvidada parroquia del Santísimo Salvatore se transformó en un foco de fe, y bajo el impulso del obispo de Nola comenzó la construcción del Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, que pronto se convertiría en uno de los más venerados de Italia.
Bartolo Longo murió en 1926 con un solo deseo en los labios: «Ver a María, que me salvó y me salvará de las garras de Satanás». Décadas después, el 26 de octubre de 1980, san Juan Pablo II lo beatificó y dijo de él: «Puede ser definido verdaderamente como el hombre de la Virgen».