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El padre Tomaž Majcen con fieles de la única parroquia de la islaFacebook

Una parroquia, 500 fieles, -20 grados y un mar de icebergs: la misión de un sacerdote esloveno en Groenlandia

Mientras las grandes potencias dirigen su mirada hacia el Polo Norte, Tomaž Majcen, el franciscano que custodia la fe en la isla más grande del mundo, asegura que los católicos nativos son «muy escasos» pero «viven su fe con sencillez y sinceridad»

Un frío gélido que te arrastra, glaciares milenarios y un silencio que lo envuelve todo. En medio de ese paisaje extremo, Dios ha querido que un sacerdote esloveno encuentre su lugar. Allí, donde pocos se atreverían a buscarlo, Tomaž Majcen descubre a Dios cada día: en Groenlandia. Franciscano y misionero, Majcen pastorea hoy la única parroquia católica de la isla más grande del mundo. Desde Nuuk, la capital, abre las puertas de su vida en un testimonio recogido por el portal Aleteia, en el que relata cómo la fe, el silencio y la naturaleza han marcado su ministerio en el Ártico.

Para el padre Tomaž, Groenlandia no era el destino soñado. Cuando le propusieron Dinamarca, su mente voló hacia la cultura y la calidez de Copenhague; sin embargo, los planes de Dios tenían otros relieves. «Claramente es obra de Dios, no mía», confiesa el sacerdote al reflexionar sobre su nombramiento en 2023 como párroco de la iglesia de Cristo Rey.

En este rincón del mundo, el termómetro puede desplomarse hasta los -20 °C, y el viento del norte golpea con tal fuerza que «apenas puedes respirar». Pero es precisamente en esa hostilidad climática donde Majcen ha encontrado una belleza que roza lo místico. «A veces, me paro en la orilla, observo los icebergs flotando en el mar y pienso: '¡Qué suerte tengo de contemplar estas divinas obras de arte!'», relata.

Una fe que se elige, no se hereda

La comunidad católica de Nuuk es pequeña y discreta, formada por unas 500 personas, en su mayoría inmigrantes filipinos, vietnamitas y europeos. Allí, ser católico no forma parte de la cultura o la tradición, como sucede en muchas partes de Europa. «Aquí tienes que elegir tu fe», explica el sacerdote. «No eres católico porque tus padres lo fueron, sino porque tú lo decidiste», asegura.

GroenlandiaGTRES

Es precisamente esa determinación la que fortalece a una comunidad que vive inmersa en una cultura nativa marcada por la reserva y la introspección. Los groenlandeses son, en palabras de Majcen, «gente de silencio y de naturaleza». No obstante, para el franciscano este silencio no es un vacío ni un enemigo, sino que es un espacio «que Dios elige, llena y habita en él».

Lecciones desde el lejano norte

El frío extremo, los días que parecen eternos y el viento que corta hasta los huesos no han amedrentado al sacerdote franciscano. La vida en el Ártico ha transformado al padre Tomaž, despojándolo de las prisas y las seguridades del viejo continente. Frente a la inmensidad de los glaciares, el padre Tomaž Majcen aprendió una lección esencial: la humildad. «Cuando estás en medio de Groenlandia, frente a los inmensos glaciares, te sientes tan pequeño. Recuerdas que eres un ser humano, no Dios», confiesa.

Ese silencio —tan extraño para quien viene del sur de Europa— se convirtió pronto en un maestro exigente. «En silencio escuchas a Dios y escuchas tu corazón», explica. No siempre es cómodo, ya que «a veces preferirías poner música o coger el teléfono para huir, pero aquí tienes que enfrentarte a ti mismo, a Dios y a la verdad».

La vida en el norte también le enseñó paciencia. «Aquí todo es lento», relata. El clima puede cambiar de un momento a otro y dejarte aislado en casa durante días. Nadie tiene prisa: «La gente llega cuando llega; el tiempo no importa». Aprender a esperar, a aceptar el ritmo impuesto por la naturaleza y a vivir el presente se vuelve una necesidad. Con el paso de los meses, Majcen reconoce que Groenlandia lo ha transformado en lo más hondo, hasta hacerlo «más humano, más sacerdotal, más franciscano». No es casualidad, añade: «San Francisco amaba la naturaleza, la sencillez y la paz. Aquí, su espíritu está muy presente».

«Aquí no hay garantías», advierte el sacerdote, recordando que en la remota isla nada se da por sentado. Sin embargo, en esa incertidumbre, sabe que Dios no conoce fronteras y habita «tanto en el frío como en el calor, en el silencio como en la música, entre los eslovenos como entre los groenlandeses», enseñando que su amor es la única constante en el vasto y blanco desierto de hielo.