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Consistorio en el que Benedicto renunció a la cátedra de san Pedro

Consistorio en el que Benedicto renunció a la cátedra de san Pedro

«Ya no tengo fuerzas»: Benedicto XVI y las 20 líneas en latín que cambiaron la vida de la Iglesia

La renuncia del Papa alemán al ministerio petrino se hizo pública el 11 de febrero de 2013 y solo una periodista comprendió en la lengua madre de la Iglesia la magnitud de lo que se decía, convirtiéndose así en la difusora de la primicia del siglo en el Vaticano

Era el 11 de febrero de 2013. En el Vaticano se vivía una jornada que se presumía tranquila y festiva, marcada por la conmemoración de los Pactos de Letrán, que habían sellado el reconocimiento mutuo entre el entonces Reino de Italia y la Santa Sede. Hasta que en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico y ante un reducido grupo de cardenales, Benedicto XVI comenzó a leer en latín 259 palabras distribuidas en 20 líneas que cambiarían la vida de la Iglesia.

Mientras la Sala de Prensa estaba casi vacía y apenas unos periodistas seguían en directo el discurso, la vaticanista Giovanna Chirri, de la agencia Ansa, fue la única en comprender la magnitud de lo que se decía en la lengua madre de la Iglesia. Tras confirmar la noticia con el padre Federico Lombardi, entonces director de la Oficina de Prensa, pulsó el botón de enviar y lanzó una «bomba» informativa que dio la vuelta al mundo: el Papa renunciaba al ministerio petrino.

«Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino», afirmó el Pontífice ante unos obispos que no daban crédito a lo que escuchaban. La Sede de Pedro quedaba huérfana por voluntad propia, un gesto amparado por el Código de Derecho Canónico, que exige que la renuncia sea libre y formal, sin necesidad de aprobación externa.

Texto de renuncia de Benedicto XVI

Texto de renuncia de Benedicto XVIGTRES

Un humilde trabajador en la viña del Señor

Ante el desconcierto general y las preguntas sobre por qué un anuncio tan trascendental se había hecho de forma tan discreta, Lombardi respondió escuetamente: «El Papa no puede dimitir con un comunicado de la Sala de Prensa». Sin embargo, el gesto no estuvo exento de polémica. Incluso en el entorno más cercano de su predecesor surgieron voces críticas. Stanislaw Dziwisz, secretario de Juan Pablo II, recordó que «de la cruz no se baja», comparando el gesto con la resistencia de Wojtyła hasta el final.

El Papa emérito no solo enfrentó la incomprensión dentro de la Iglesia, sino que también debió afrontar diversas especulaciones sobre los motivos de su decisión. «Pienso en las teorías de la conspiración que surgieron; algunos dijeron que fue culpa del escándalo de Vatileaks, otros mencionaron una conspiración del lobby gay, incluso algunos vincularon mi renuncia al caso del teólogo conservador lefebvriano Richard Williamson. No quieren creer que fue una elección consciente. Pero mi conciencia está tranquila», llegó a afirmar Ratzinger posteriormente.

El 28 de febrero de ese mismo mes, a las 17:00, el Papa alemán partió en helicóptero hacia Castel Gandolfo, mientras todas las campanas de Roma resonaban despidiéndolo. En sus últimas horas como Pontífice, aquel que se había presentado al mundo como «un humilde trabajador en la viña del Señor» y que siempre destacó no solo por su obra teológica, sino también por encarnar su lema episcopal —cooperador de la verdad—, se despidió ante el mundo con esa misma arrolladora humildad: «Seré solo un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinar por esta tierra».

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