León XIV sostiene el cirio mientras preside la Vigilia Pascual
Semana Santa 2026 «Ningún sepulcro puede aprisionar la vida de Dios»: León XIV centra su primera Vigilia Pascual en la esperanza
El Papa ha instado a los fieles a no ser meros espectadores de la historia y a «cantar con la vida» el mensaje de la Pascua
En la penumbra de la basílica de San Pedro, el rito de la luz ha vuelto a marcar el inicio de la que es considerada la «madre de todas las vigilias». Bajo las bóvedas vaticanas, el encendido del Cirio pascual ha dado inicio a mucho más que una tradición centenaria; ha sido el preludio del primer mensaje del Papa León XIV en la Vigilia Pascual, donde ha analizado las parálisis que atenazan al hombre contemporáneo. En su homilía, el Pontífice ha invitado a identificar y remover las piedras que todavía hoy mantienen sellada la esperanza en el mundo.
El punto de partida ha sido la memoria de la victoria sobre la muerte. Tras los días de la Pasión, donde se contempló a un Dios hecho «varón de dolores» y «despreciado por los hombres», la liturgia de la noche santa se presenta como el memorial de un triunfo definitivo.
El rito comenzó a las 21.00 hora local en un atrio del templo vaticano en penumbra
El Papa ha recordado que el Resucitado es el mismo Creador que en los orígenes sacó «del caos el cosmos» y «del desorden la armonía», confiando al ser humano la tarea de ser su custodio. Sin embargo, la reflexión central se ha detenido en la imagen de los muros y las barreras que impiden ese proyecto original de concordia.
Las piedras inamovibles
Al desgranar el relato evangélico de las mujeres que acudieron al sepulcro de Jesús, el Santo Padre ha establecido un paralelismo con la actualidad. Aquellas mujeres esperaban encontrar una losa pesada y soldados vigilando la entrada. Para el Pontífice, esa barrera representa la esencia del pecado: «Una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza».
El Papa, durante su primera Vigilia Pascual
El Papa ha advertido que en pleno siglo XXI «tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir». Ha identificado piedras que, por su peso y vigilancia, parecen «inamovibles». Entre las de carácter interior, ha destacado la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor, que oprimen el corazón del individuo.
No obstante, sus palabras han ido más allá de lo personal, señalando las consecuencias de estos estados interiores: «Rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones».
El rito de apertura culminó con la iluminación progresiva de todo el templo y el canto del 'Exsultet'
Pero el Papa no se detiene en la mera exposición de las realidades más duras. Fiel a su estilo, introduce una palabra de aliento. En esta ocasión, ha recordado que muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, han sido capaces de remover esas piedras, «quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos».
Lejos de presentarlos como «personajes inalcanzables», ha querido subrayar que, siendo personas corrientes, sostenidas por la gracia, «tuvieron el valor de hablar con palabras de Dios y de actuar como quien recibe de Dios ese poder».
Una misión contra la parálisis
«¡No dejemos que nos paralicen!», ha afirmado el Papa frente a este panorama de «parálisis». El Pontífice ha recordado que el misterio de esta noche «doblega a los poderosos» y posee la capacidad de «expulsar el odio», tal como lo atestiguaron María de Magdala y María, la madre de Santiago, al ver la piedra removida. La vida del Dios del amor, ha subrayado, es una vida eterna que «ningún sepulcro la puede aprisionar».
Con un punzón, León XIV grabó sobre la cera una cruz, la primera y la última letra del alfabeto griego (alfa y omega) y las cifras del año en curso
El Pontífice ha recordado que la historia de la salvación es, en realidad, la historia de una liberación constante. Desde el paso del Mar Rojo, que Dios convirtió en «puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre», hasta la mañana de Pascua, el mensaje es de una «gratitud total». Por ello, ha pedido a los fieles que no sean meros espectadores, sino que salgan del templo para «dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad», actuando como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo».
Siguiendo la tradición de los primeros siglos del cristianismo, el Pontífice administró el bautismo a diez adultos catecúmenos
Al concluir, y dirigiéndose especialmente a los catecúmenos que se bautizaran en esta noche santa, León XIV ha recuperado una exhortación de san Agustín para definir la misión cristiana en tiempos de crisis: «Anuncia a Cristo; siembra. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón». El objetivo final, como ha explicado, es que el testimonio no se quede en ritos, sino en «cantar con la vida el aleluya que proclamamos con los labios», para que en cada rincón de la tierra «crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz».