Fundado en 1910
'El anticristo' por Luca Signorelli en la Catedral de Orvieto

'El anticristo' por Luca Signorelli en la Catedral de Orvieto

La trampa del control y el poder: Munilla analiza las tres tentaciones de Jesús en el desierto a través de Dostoievski

¿Es la libertad un regalo o una carga demasiado pesada para el ser humano? A través de las páginas de Los hermanos Karamazov, el obispo de Orihuela-Alicante desgrana las tentaciones del desierto como una radiografía de la condición humana

El tiempo de Cuaresma arranca cada año con el eco de los pasos de Jesús en el desierto y las tres tentaciones, episodio de la vida de Cristo que se recogía en el Evangelio del pasado domingo. Monseñor José Ignacio Munilla, en su habitual homilía diaria que publica en Youtube, optó por no limitar el comentario de este pasaje a un mero relato para presentarlo como una «gran pedagogía espiritual» para el hombre de hoy. Para ello, el prelado se ha servido de una de las cumbres de la literatura universal: el pasaje del Gran Inquisidor de la novela Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski.

El pan frente a la dignidad humana

En el relato de Dostoievski, un anciano inquisidor reprocha a Cristo haber rechazado las ofertas de Satanás en el desierto. Munilla explica que este personaje representa a «los hombres religiosos que no terminamos de entender a Jesús» y que preferiríamos un camino más pragmático y eficaz. La primera tentación, la de convertir las piedras en panes, es interpretada por el obispo como el riesgo de reducir al ser humano a un simple «estómago satisfecho».

Según el prelado, el mundo actual vive una versión sofisticada del «pan y circo» romano, donde se busca la satisfacción material y el olvido a cambio de renunciar a la libertad. Frente a la máxima de «dame pan y llámame tonto», Munilla recuerda la respuesta de Cristo: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Esta «tentación del estómago», advierte monseñor Munilla, es una realidad palpitante en una sociedad que a menudo prefiere la seguridad a la libertad. El prelado subraya que el Gran Inquisidor —ese reflejo de nuestras propias dudas— reprocha a Jesús haber recibido una libertad que nos «complica la vida» y que muchos preferirían canjear por la tranquilidad de lo material.

Sin embargo, el obispo explica que aceptar el pan a cambio de la sumisión sería traicionar nuestra propia dignidad. Al resistir, Cristo protege nuestra capacidad de ser algo más que seres necesitados; protege nuestra vocación a la santidad, recordándonos que el bienestar sin propósito es, al final, una jaula de oro que nos impide caminar hacia lo eterno.

Hijos libres frente a súbditos impresionados

La segunda tentación, el salto desde el alero del templo, es presentada por Munilla como la búsqueda de una fe basada en lo espectacular que elimine el riesgo de creer. El Gran Inquisidor de Dostoievski acusa a Jesús de no haber dado señales irrefutables que ahorrasen al hombre el esfuerzo de la fe. Sin embargo, el obispo explica que Cristo no quiere una «religiosidad del milagro» o una «obediencia mecánica».

«Dios quiere tener hijos libres, no súbditos impresionados por un milagro espectacular», afirma Munilla, subrayando que la fe que busca Jesús es una «conversión del corazón» sincera y confiada por amor. En este sentido, la evidencia aplastante anularía la libertad del acto creyente, algo que el plan de Dios no contempla porque «el amor no se impone, se propone».

El control contra el amor en la cruz

La tercera tentación, la del poder absoluto sobre los reinos del mundo, es para Munilla el intento de sustituir el amor y la libertad por el control práctico. Se trata de una pulsión que atraviesa los siglos y que el obispo identifica como la tentación de «tenerlo todo bajo control», una aspiración que reside en el corazón de todo hombre.

Esta ambición de dominio, advierte monseñor Munilla, esconde la sutil tentación de querer ahorrarnos el drama de la libertad a cambio de una eficacia que lo gestione todo. El Gran Inquisidor reprocha a Cristo que el poder absoluto habría evitado guerras y miserias, pero el prelado asegura que ese «control práctico» es, en realidad, el entierro del amor, ya que un poder que promete felicidad sin cruz termina inevitablemente aplastando la dignidad del hombre.

Como conclusión de este duelo dialéctico entre el Inquisidor y el Salvador, Munilla destaca el silencio de Cristo, que responde a las acusaciones con un beso antes de marcharse. Para el obispo, este gesto confirma que Jesús acepta los riesgos de la libertad humana —incluidos el mal y el pecado— porque solo desde ella es posible amar a Dios entrañablemente y alcanzar la santidad. «Es decir, Cristo vence las tentaciones para salvar la libertad humana, aun sabiendo que muchos iban a preferir el pan material, el milagro fácil y el poder», afirma.

«Cristo subraya que la salvación pasa por la libertad y por el amor, no por la imposición. Y frente a tener el pan asegurado, Él nos enseña a confiar en la Providencia. Y frente a esa petición de un milagro contundente que nos dispense de tener que hacer un acto de confianza en Dios, Él nos pide una fe humilde. Y frente a ese poder de tener todo controlado, nos dice que la clave está en la libertad educada por el amor», concluye.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas