Algunos de los monjes con el cardenal Müller, quien les predicó un retiro en 2021
De los porros a rezar en latín: la asombrosa aventura de los hippies que fundaron una abadía benedictina en Oklahoma (y arrasa en vocaciones)
Entre el Mayo del 68 y los ecos de la guerra de Vietnam, una decena de estudiantes de la Universidad de Kansas cambiarían radicalmente su vida, que acabaría dando forma a un proyecto: la Abadía de Clear Creek
Hubo un tiempo en que las melenas descuidadas, las protestas contra la guerra de Vietnam y la experimentación con sustancias eran el carné de identidad de casi cualquier joven estadounidense con inquietudes. En los años 70, la Universidad de Kansas no era precisamente un seminario, sino más bien un punto más en el mapa geográfico de una generación marcada por el mayo del 68 y desmoralizada, que buscaba respuestas en el rock y el nihilismo propio de los años setenta. Sin embargo, en medio de aquel «prohibido prohibir», surgió una anomalía que hoy, décadas después, se ha convertido en un pulmón espiritual para Occidente.
Como relata la revista Centinela, que rescató esta epopeya de otro mundo, nadie habría apostado un centavo por aquellos estudiantes que, entre clase y clase, acabaron tropezando con la Verdad en un seminario de Humanidades llamado el «programa Pearson» que se impartía en aquella universidad.
Allí, tres profesores –John Senior, Frank Nelick y Denis Quinn– no les dieron eslóganes, sino los «Grandes Libros» de la cultura clásica y la idea de los monasterios como focos de difusión del cristianismo. El resultado fue un terremoto: algunos de los que antes empuñaban porros comenzaron a sentir el «cosquilleo» de una vocación radical que les pedía mucho más que una simple reforma de vida; les pedía el monacato.
Un cuarto de siglo en el «exilio» francés
La aventura no fue un arrebato de fin de semana. Diez de aquellos jóvenes, con un chaval de tan solo 18 años llamado Philip Anderson a la cabeza, cruzaron el charco para instalarse en la abadía de Notre Dame de Fontgombault, perteneciente a la congregación de Solesmes, en Francia. Allí pasaron nada menos que 25 años.
Imaginen la escena: exhippies de Kansas intentando descifrar la regla de San Benito entre el frío acuchillante del Loira y el francés, idioma que no entendían en absoluto. Anderson lo describía a la revista como un «milagro de Dios»; sobrevivieron a base de ascesis, estudio y una determinación que ya no se estila.
Tras un cuarto de siglo de silencio en el Loira, los monjes 'más curtidos' emprendieron el regreso con una misión: recristianizar. Recorrieron Estados Unidos como buscadores de oro del Lejano Oeste hasta hallar el rincón preciso donde plantar su cruz.
No buscaban una simple inversión inmobiliaria, sino el suelo donde levantar ese «pulmón de espiritualidad» destinado a devolver el oxígeno moral a una sociedad asfixiada. Tras décadas de formación en Francia, aquellos antiguos estudiantes regresaron para liderar la vanguardia de una nueva cristiandad.
Un sueño que tomó forma en Oklahoma
Finalmente, en 1999, aquel sueño se materializó en Hulbert (Oklahoma), un minúsculo rincón del condado de Cherokee que se convirtió en el escenario de esta aventura épica. El inicio fue de una dureza espartana: los monjes tuvieron que adecentar el terreno con sus propias manos y levantar, de forma casi rudimentaria y como podían, los primeros edificios destinados a la vida contemplativa. Fue en ese mismo año cuando nació oficialmente el Priorato de Nuestra Señora de la Anunciación de Clear Creek, tomando el nombre de este paraje que pronto se convertiría en un imán de vocaciones.
Aquellos años de intenso trabajo físico bajo el cielo de las montañas de Ozark marcaron el ritmo de crecimiento. Lo que nació oficialmente como priorato en 1999 fue ganando solidez espiritual y arquitectónica hasta alcanzar el rango de abadía en 2010. El proyecto se consolidó piedra sobre piedra hasta que los edificios se dieron por terminados definitivamente en 2014.
Hoy, la Abadía de Clear Creek es un fenómeno que desafía cualquier estadística sociológica. Mientras el mundo se vacía de fe, allí cuentan con monjes que se autoabastecen explotando la tierra, trabajando la forja y la carpintería y custodian la tradición y el canto gregoriano entre muros que ellos mismos ayudaron a alzar. Philip Anderson, el antiguo universitario que buscaba respuestas en los 70, es ahora el abad que lidera este bastión de la civilización occidental. Quién se lo iba a decir a aquel hippie de Kansas.