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El cardenal Robert Sarah acaba de presentar su último libro

El cardenal Robert Sarah acaba de presentar su último libro

Sarah advierte a los lefebvristas ante sus ordenaciones: «Abandonar la barca de Pedro es entregarse a la tormenta»

El cardenal Robert Sarah expresa su «honda tristeza» ante el anuncio de la Fraternidad San Pío X de consagrar obispos sin mandato pontificio, recordando que la defensa de la Tradición no puede nacer de una desobediencia que arriesga la salvación de las almas

La Iglesia parece asistir a un capítulo idéntico al del 30 de junio de 1988, cuando monseñor Marcel Lefebvre consagró a cuatro obispos en Suiza sin la autorización de Juan Pablo II. El cardenal Robert Sarah ha querido alzar la voz ante el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) de proceder a ordenaciones episcopales sin el mandato de Roma el próximo 1 de julio.

Con la claridad que caracteriza al purpurado guineano, Sarah advierte que «abandonar la barca de Pedro equivale a entregarse a las olas de la tormenta», subrayando que la unidad de la Iglesia no es una opción, sino una exigencia de la fe.

Para el cardenal, la justificación de la Fraternidad basada en la «ley suprema de la salvación de las almas» resulta contradictoria si conlleva una ruptura con la fuente misma de la gracia: «¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el Cuerpo místico de Cristo de manera quizá irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de esta nueva ruptura?», se pregunta con pesar el purpurado.

La obediencia no es un «juego mundano»

Sarah no ignora las dificultades actuales ni el desprecio que sufre el depósito de la fe incluso «por aquellos mismos que tienen la misión de defenderlo». Sin embargo, tampoco omite el hecho de que la fe nunca puede legitimar la ruptura con el Sucesor de Pedro. «No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática», advierte, señalando que la verdadera Tradición es una cadena ininterrumpida que solo el Papa puede garantizar.

La obediencia–explica– no es una cuestión de política eclesiástica, sino una «mirada sobrenatural sobre la obediencia canónica» que protege al fiel de que su lucha por la fe se desvíe hacia la ideología. Sarah explica la clave de separar el respeto a la figura del Pontífice de cualquier «culto a la personalidad» o seguidismo de ideas privadas, pues la clave reside en obedecer al Sucesor de Pedro cuando este transmite la doctrina que no es suya, sino de Quien le envió.

En este sentido, advierte que recurrir a «medios humanos para mantener nuestras obras», por muy buenas que estas parezcan, supone una traición a la verdadera Tradición si ello implica prescindir de seguir a Cristo en su humildad hasta la Cruz. Al final, recuerda que no son nuestras estructuras las que salvan, sino la unidad de la Iglesia, pues es a través de ella como «el mundo creerá y será salvado».

Además, recurre a la historia para iluminar el presente, citando el ejemplo del Padre Pío de Pieltrecina, quien, ante una condena injusta que le prohibió confesar durante doce años, eligió el silencio y la «obediencia crucificante». «¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios?», se pregunta. Frente a la tentación de la autonomía, el fraile sabía que «la humildad sería más fecunda que su rebelión», y que el bien de las almas, al ser una realidad sobrenatural, nunca puede alcanzarse a través de una «desobediencia deliberada».

Un vínculo que nos preserva del subjetivismo

Según Sarah, el interrogante radica en «¿quién nos preservará del subjetivismo?» o quién garantizará que no se ha tomado la opinión propia por la verdad revelada. En este sentido, subraya que «la mejor protección contra el error sigue siendo nuestro vínculo canónico con el Sucesor de Pedro», un lazo que actúa como dique de contención para evitar que la legítima defensa de la Tradición acabe por «desviarse hacia la ideología» o el aislamiento en círculos cerrados.

«Podemos afirmar que el mejor medio para defender la fe, la Tradición y la auténtica liturgia será siempre seguir a Cristo obediente. Cristo jamás nos mandará romper la unidad de la Iglesia», sentencia Robert Sarah. Ante la tentación de la ruptura, apela a una fidelidad que trascienda incluso las heridas causadas por los «escándalos de malos pastores», advirtiendo que es el propio Señor quien pide no abandonar la institución, pues «esta unidad es ante todo la de la fe católica; es también la de la caridad; y es, finalmente, la de la obediencia».

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