POR QUÉ MOLESTA TANTO JESÚS HOY: de Prada sin tapujos

POR QUÉ MOLESTA TANTO JESÚS HOY: de Prada sin tapujos

¿Por qué molesta tanto Jesús hoy? Juan Manuel de Prada señala al «odio al sacrificio»

Frente a los intentos secularizadores de reducir la figura de Cristo a un mero curandero, maestro moral o reformador social, el escritor recupera la célebre disyuntiva de Chesterton: «O aceptas que es hijo de Dios o piensas que era un loco furioso»

La figura histórica y teológica de Jesús de Nazaret continúa proyectándose sobre la historia con una fuerza difícil de ignorar. Así lo han expuesto el escritor y columnista Juan Manuel de Prada y el periodista José María Zavala en un diálogo donde han desgranado por qué el Redentor sigue siendo la presencia más incómoda y, a la vez, transformadora de la humanidad.

Para Juan Manuel de Prada, Cristo no es una figura lejana o meramente histórica; es el motor absoluto de la existencia. «Jesús es seguramente la razón por la que uno hace lo que hace, dice lo que dice, cree en lo que cree; es la razón fundamental de tu vida, es el eje diamantino de tu vida».

El dilema insalvable de Chesterton

Frente a los intentos modernos de desdibujar la identidad de Jesús reduciéndolo a un simple reformador social, de Prada defiende la disyuntiva que en su día planteó el genial pensador inglés G.K. Chesterton. «Con Cristo solamente hay dos posibilidades: o aceptas que es hijo de Dios o piensas que era un loco furioso, o sea, un loco peor que Calígula».

En este sentido, el escritor califica de «falsas» aquellas lecturas descafeinadas que buscan neutralizar el impacto del Evangelio: «Esas visiones de Jesucristo como un curandero, como un maestro moral o como un revolucionario, esas son falsas, porque si Cristo no es hijo de Dios, es un loco de atar». No se trata de un loco común, aclara de Prada, sino de alguien que no solo afirma reiteradamente ser el Hijo de Dios, sino que además «se deja matar porque se niega a retractarse».

Zavala secunda esta visión, apuntando al absurdo de las corrientes negacionistas que intentan borrar su huella histórica, señalando que pretender que Cristo no existió «sería la mayor conspiración de la historia», especialmente cuando toda nuestra era se computa a partir de su nacimiento.

La subversión de la Gracia y el misterio de la Cruz

Al analizar los textos evangélicos, Prada argumenta que las enseñanzas de Jesús carecen de la incoherencia propia de la demencia: «Las cosas que decía Cristo no las dice un loco de atar; tenían todo el sentido (...) son enseñanzas de una profundidad, de una sabiduría humanamente hablando inalcanzable para cualquiera de nosotros». Sus palabras poseen una hondura tan vertiginosa y directa que «cualquier persona que se toma en serio el Evangelio, hay un momento en el que descubres la diferencia entre Jesús y Mahoma, o entre Jesús y Aristóteles».

Otro de los puntos de la conversación giró en torno al carácter revulsivo de los gestos de Jesús, rompiendo de plano con las estructuras de poder y los prejuicios de su época. Prada destaca pasajes como la vocación de San Mateo: «A Jesús le falta le le basta con fulminarle con la mirada y pronunciar una sola palabra: 'Sígueme', para que este hombre que es rico de repente lo deje todo». Es una llamada que dinamita cualquier convención social: «En sus elecciones él también es subversivo y contrario a los códigos de su tiempo».

Esta naturaleza provocadora es precisamente lo que suscita el rechazo de la sociedad contemporánea. A la pregunta de Zavala sobre por qué sigue molestando tanto una persona que se dejó crucificar hace más de dos mil años, de Prada responde sin ambages: «Fundamentalmente molesta su sacrificio. (...) Si Cristo se hubiera retirado al desierto o hubiese cambiado de oficio, no molestaría. Molesta su sacrificio porque es el odio a la Encarnación».

El origen del «odium fidei»

El escritor y pensador español sitúa la raíz de este rechazo en el plano sobrenatural y teológico. El odio a la fe —el odium fidei— no es un mero conflicto cultural, sino una manifestación del combate espiritual e histórico inaugurado en el Génesis. Para de Prada, el Demonio, como espíritu puro, experimenta una profunda rebelión ante el favor divino otorgado a los hombres: «Tiene que ser muy duro aceptar la preferencia que Dios otorga al ser humano, cuando a fin de cuentas el ser humano está lleno de defectos, tiene debilidades y está hecho de barro».

Por ello, el ensayista precisa que el verdadero odio de los perseguidores de la Iglesia no se dirige a las manifestaciones artísticas o externas, sino al Misterio de la Salvación: «No es el odio a la Cruz como objeto, es el odio a lo que significa la Cruz». Prada vaticina que si este laicismo beligerante lograra imponerse plenamente, «lo primero que harían sería montar museos llenos de cruces» para exhibirlas desprovistas de su sentido salvífico.

Coherencia sacramental en un mundo caído

El diálogo concluye con una llamada al realismo cristiano. Aunque la puesta en práctica de las enseñanzas de Jesús traería «el cielo en la tierra», ambos intelectuales recuerdan que el pecado original impide la plenitud de este ideal en el orden temporal. La santidad perfecta no se alcanza aquí abajo, pero la victoria se juega en la fidelidad cotidiana.

Zavala recuerda la máxima evangélica de que «sin mí no podéis hacer nada», a lo que de Prada añade que la clave reside en perseverar y levantarse tras cada caída: «Si tú estás en buena disposición de luchar por hacer la voluntad de Dios, frecuentas los sacramentos y eres coherente con tu fe, puedes arrastrar a mucha gente». Una propuesta que, lejos de ser una ideología utópica, se presenta hoy como la única respuesta sólida ante el vacío existencial de nuestra era.

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