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'La oración de la tarde', por Peter Fendi

La lección insuperable de la oración nocturna: cuando un niño descubre a Dios mirando a sus padres

El jesuita y cantautor Aimé Duval evocaba cómo la devoción cotidiana de su infancia le enseñó la grandeza y la cercanía divina sin necesidad de sermones ni teologías complejas

En la intimidad humilde de una familia campesina de los Vosgos, Francia, entre nueve hermanos, la fe no se transmitía mediante explicaciones teóricas ni manifestaciones aparatosas. El padre Aimé Duval (1918-1984) —reconocido jesuita y precursor de la música popular cristiana en sotana y guitarra— recordaba con nitidez la devoción diaria que compartían en su infancia: la oración nocturna rezada en común al finalizar la jornada. Aquel momento sencillo dejó grabado en la mente del niño lo que significaba la presencia de Dios a través de la contemplación de sus padres y lo relató en un hermoso testimonio de infancia, titulado La prière du soir en famille.

Aimé Duval fue un sacerdote francés de la Compañía de Jesús, cantautor y guitarrista

La grandeza de hacerse pequeño

El padre de Aimé era un hombre fuerte y trabajador, profundamente cansado tras transportar madera o trabajar el campo, acostumbrado a mandar en casa, a guiar a sus dos bueyes y a no achicarse ante el alcalde, los ricos ni los astutos. Sin embargo, tras la cena se arrodillaba apoyando los codos en una silla y escondiendo la frente en las manos, permaneciendo inmóvil, sin mirar a nadie ni impacientarse.

Al ver a aquel hombre tan recio hacerse pequeño, el niño entendió que Dios debía de ser alguien muy grande para imponer semejante respeto a su padre, y al mismo tiempo alguien profundamente cercano, pues le hablaba vistiendo sus mismas ropas de trabajo. En palabras literales del propio Aimé Duval: «Mi padre, que es tan fuerte, que manda en su casa (...) se hace todo pequeño ante el Buen Dios. Realmente, el Buen Dios debe de ser alguien muy grande para que mi padre se arrodille, y muy familiar también para que le hable con sus ropas de trabajo…».

Su madre, exhausta por el trabajo, no se arrodillaba: se sentaba en el centro de la habitación con su vestido negro hasta los talones, sus cabellos castaños sobre el cuello y el recién nacido en brazos, rodeada por el resto de sus hijos apoyados contra ella.

Sin perder hilo de las oraciones, recorría con la mirada a cada uno de sus pequeños sin inmutarse ni interrumpir su rezo, ni siquiera cuando los niños murmuraban, estallaba un trueno sobre la casa o el gato volcaba una cacerola. De ella, el pequeño Aimé aprendió que Dios es tan bueno que se le puede hablar con un bebé en brazos y el delantal puesto, y tan importante que ante Él ni los truenos ni los incidentes domésticos conservan ya peso alguno.

A través de la actitud callada de sus padres, el futuro jesuita descubrió antes de cualquier tratado que la oración no es una estructura rígida, sino un encuentro vivo en lo cotidiano donde se unen la majestuosidad de Dios y su inmensa cercanía.