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Beata María Ráfols Bruna

Beata María Ráfols Bruna

La monja que desarmó a las tropas de Napoleón: María Ráfols, la heroína que convirtió la fe y el servicio en baluarte entre las bombas

Nacida tal día como hoy hace 245 años, la cofundadora de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana encarnó una fe radical y audaz en una España devastada por la peste, las invasiones napoleónicas y las luchas carlistas

En los campos de batalla, junto a los enfermos y hasta tras los barrotes de una prisión: allí llevó María Ráfols Bruna su vocación de servicio. Nacida en una época marcada por las guerras, la inestabilidad política y la descomposición social, esta religiosa hizo de la atención a los más vulnerables el eje de su existencia. Su trayectoria constituye uno de los testimonios más singulares de entrega y caridad cristiana en la España de la transición del siglo XVIII al XIX.

María Ráfols nació en Vilafranca del Penedès (Barcelona) en 1781, en el seno de una humilde familia de molineros y campesinos. Tras la muerte de su padre, ingresó en 1794 en el monasterio femenino de San Gervasio, perteneciente a la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Fue durante una devastadora epidemia de peste cuando la joven catalana conoció al capellán del centro, el sacerdote Juan Bonal Cortada.

Aquella emergencia sanitaria reveló el estado precario y deshumanizado de la atención hospitalaria en la España: recintos sobrepoblados, falta de higiene y escasez de personal cualificado. Viendo en María una madurez excepcional, el padre Bonal la seleccionó en 1804 —junto a un grupo de doce hombres y doce mujeres— para trasladarse a Zaragoza y hacerse cargo del Hospital de Nuestra Señora de Gracia.

Su primera visita fue a la Virgen del Pilar para poner en sus manos la arriesgada misión. Inmediatamente ingresó en el hospital, donde bajo el lema Domus Infirmorum Urbis et Orbis (Casa de los Enfermos de la Ciudad y del Mundo) se cobijaban enfermos, dementes y niños abandonados.

Aunque los enfermos experimentaron de inmediato la solicitud de las religiosas por su bienestar físico y espiritual, la presencia de la fraternidad chocó con la abierta hostilidad de parte de los empleados asalariados del centro, quienes recelaban de las hermanas al considerarlas un peligro para sus intereses y negocios particulares.

Rezar, cuidar y volver a empezar

El reglamento conservado en los archivos históricos detalla una jornada minuciosamente organizada, que comenzaba a las cuatro de la madrugada y se prolongaba hasta las diez de la noche. Tras levantarse y dedicar una hora a la oración, las religiosas iniciaban las tareas de limpieza y atención a los enfermos. Su labor incluía desde barrer las salas, hacer las camas y lavar los utensilios hasta acompañar a los médicos durante las visitas, administrar los medicamentos prescritos y practicar sangrías cuando era necesario.

La asistencia sanitaria se alternaba constantemente con una profunda vida contemplativa: el rezo del Rosario, la lectura religiosa, el examen de conciencia y los momentos de oración marcaban el ritmo de una jornada en la que tampoco faltaban la preparación y distribución de los alimentos y las cenas. Incluso después de la última visita médica y de las curas nocturnas, el descanso no llegaba para todas: dos hermanas permanecían de vela junto a los enfermos hasta las cuatro de la madrugada, cuando comenzaba de nuevo el ciclo.

La extrema exigencia física y las tensiones internas provocaron que la rama masculina de la fraternidad se disolviera a los tres años de su llegada. Sin embargo, la comunidad femenina permaneció bajo el liderazgo de María Ráfols, consolidando la institución que posteriormente se denominaría Congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana

La caridad en el frente de batalla

El estallido de la Guerra de la Independencia en 1808 y los trágicos Sitios de Zaragoza sometieron a la hermandad a una prueba extrema. El Hospital de Nuestra Señora de Gracia fue alcanzado por los bombardeos e incendios de la artillería invasora. En medio del caos, la escasez de alimentos y las epidemias, las hermanas se mantuvieron en primera línea rescatando y atendiendo a los heridos.

El costo humano fue devastador: de las veintiuna religiosas que componían la comunidad, doce fallecieron víctimas del cansancio, el hambre y las infecciones contagiosas. Tras la retirada francesa y la reestructuración del hospital bajo una junta de orientación afrancesada, la hermandad enfrentó maniobras de control administrativo que apartaron al padre Bonal de la comunidad para destinarlo a pedir limosna por las provincias, y llegaron a reducir el número de hermanas a tan solo cinco integrantes durante los momentos de mayor incertidumbre.

La virtud puesta a prueba

Superada la ocupación bélica, María Ráfols asumió en 1813 la dirección de la Inclusa o Asilo-Cuna del hospital zaragozano, dedicándose al amparo y custodia de los niños abandonados y expósitos. El reconocimiento institucional de la obra se afianzó en 1824 con la aprobación de la Hermandad como Congregación Religiosa de Derecho Diocesano, emitiendo sus votos perpetuos al año siguiente las hermanas María Ráfols, Tecla Canti, Raimunda Torrellas y Teresa Rivera.

Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Carlista en 1834 volvió a turbar su vida. En medio del clima de crispación política entre los partidarios de Isabel II y el pretendiente don Carlos, la madre Ráfols fue arrestada bajo la sospecha de conspiración. El motivo de la detención resultó insólito: las autoridades incautaron en su poder una plancha de plomo y diversos troqueles que la religiosa utilizaba para elaborar flores artesanales, los cuales fueron arbitrariamente considerados como herramientas para la fabricación clandestina de munición de guerra.

A pesar de que el proceso judicial posterior la eximió de toda culpa y declaró su inocencia, fue confinada en la cárcel y posteriormente castigada con el destierro a Huesca. En la comunidad oscense —donde las hermanas servían desde 1807— residió seis años sufriendo la marginación y la calumnia en constante silencio, sin proferir quejas contra sus acusadores.

Ocaso, silencio y el camino a los altares

En 1841 se le autorizó retornar a Zaragoza, reincorporándose con humildad al cuidado de los niños de la Inclusa hasta que la junta del hospital le concedió la jubilación en 1845. Afectada en su salud tras casi medio siglo de servicio ininterrumpido, falleció el 30 de agosto de 1853, próxima a cumplir los 72 años de edad.

El proceso de beatificación inició su fase ordinaria en 1926. Sin embargo, la causa sufrió un severo revés en 1944, cuando la Santa Sede decretó la suspensión del proceso mediante la fórmula dilata sine die al considerar apócrifos ciertos escritos atribuidos a la religiosa.

Tras la revisión de la causa e investigaciones históricas promovidas en las décadas posteriores, la suspensión fue revocada por la Santa Sede en diciembre de 1980. El proceso culminó solemnemente el 16 de octubre de 1994, cuando el Papa san Juan Pablo II proclamó beata a María Ráfols y definió su legado espiritual con una expresión reveladora: «Contemplativa en la acción».

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