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Estatua de san Pedro en el Vaticano

Estatua de san Pedro en el Vaticano

El misterio de las reliquias de san Pedro: del Vaticano a una pequeña capilla en Roma

Los restos, descubiertos por casualidad por un albañil durante los trabajos de construcción, se encontrarían en la cavidad situada bajo el altar de mármol

El cuerpo de san Pedro está enterrado en la basílica vaticana, cerca del altar mayor. Es objeto de oraciones y veneración por parte de los miles de peregrinos que cada día abarrotan la basílica. Pablo VI, el 26 de junio de 1968, anunció que las reliquias habían sido «identificadas de un modo que podemos considerar convincente», en el lugar donde Pedro había sufrido el martirio en el año 67, y sobre el que más tarde se construyó la basílica del mismo nombre.

Sin embargo, desde hace algunos años se está gestando en Roma un misterio en torno a los restos del apóstol elegido por Jesús para fundar la Iglesia y difundirla por todo el mundo.

Todo empezó con los sensacionales resultados de las obras de restauración de una pequeña iglesia del barrio de Trastevere. Entre las coloridas y animadas callejuelas, siempre atestadas de turistas que deambulan entre bares y restaurantes, se encuentra la iglesia de Santa Maria in Cappella, propiedad de la familia noble romana Doria Pamphilj. El edificio religioso es muy antiguo: tiene mil años, y fue consagrado el 25 de marzo del año 1090.

Una inscripción en piedra, estudiada por el arqueólogo Cristiano Mengarelli, encargado de la restauración, explica que la iglesia está vinculada al Papa Urbano II, Pontífice legítimo de 1088 a 1099, que vivió en la cercana isla Tiberina (el palacio de Letrán, residencia de los papas, fue ocupado por el antipapa Clemente III). Al parecer, Urbano la utilizó como capilla pontificia.

Importantes reliquias

La inscripción revela otro detalle muy importante: en el interior de la iglesia de Santa Maria in Cappella se recogieron importantes reliquias, entre ellas las de san Pedro y los papas Cornelio, Calixto y Félix.

Estas reliquias, descubiertas por casualidad por un albañil durante los trabajos de construcción, se encontrarían en la cavidad situada bajo el altar de mármol, que, sin embargo, ha permanecido sellada hasta nuestros días a la espera de las normas vaticanas.

Dentro de esta cavidad hay una caja que contiene dos pequeñas jarras de cerámica, cerradas por un tapón en el que están grabados en grafiti los nombres de los santos, entre ellos el de Petrus. El arqueólogo Mengarelli no tiene dudas sobre la datación de las vasijas con las reliquias: datan de la época en que se consagró la iglesia.

Otros arqueólogos piensan que en realidad puede tratarse del grupo de fragmentos óseos que faltan en el esqueleto hallado bajo la basílica de San Pedro, en la necrópolis vaticana, y que pertenecen, según la arqueóloga Margherita Guarducci y otros estudiosos autorizados, al Príncipe de los Apóstoles. Entre las hipótesis está la de que fue el propio Papa Urbano quien desmembró el esqueleto y trasladó parte de los restos mortales de San Pedro a su capilla pontificia.

Actualmente, los frascos han sido entregados al Vicariato de Roma. En estos casos, el Vaticano no se expone hasta un posible reconocimiento, que establecerá su eventual autenticidad. Al parecer, el reconocimiento de las reliquias ya se llevó a cabo dos veces, en los siglos XVII y XVIII, pero no se encontró ningún resultado.

Una capilla de mano en mano

La iglesia permaneció cerrada hasta la década de 1980, ya que estaba en ruinas. Pero contiene otros tesoros, o presuntos tesoros, al tratarse de una capilla perteneciente a la alta aristocracia romana. Supuestamente, contiene una cruz atribuida al famoso escultor y arquitecto Francesco Borromini, y fue regentada durante un tiempo por una santa muy popular en Roma: santa Francesca Romana.

En 1391, la iglesia fue restaurada por Andreozzo Ponziani, suegro de santa Francesca Romana, que construyó al lado el hospital Santissimo Salvatore para ayudar a los leprosos y los necesitados. A la muerte de la santa, la iglesia fue cedida primero a las monjas, y finalmente a la Confraternita dei Barilari, artesanos muy creyentes, que se dedicaban a la construcción de barriles y toneles, penúltimos «propietarios» antes de que el edificio fuera confiado por el Papa Inocencio X a la familia Doria-Pamphilj.

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