León XIV saluda a los fieles presentes en la audiencia general
Audiencia General
El Papa recuerda que queda una semana para Cuaresma, un tiempo para «examinar nuestros corazones y nuestras vidas»
Al término de la audiencia general, el Santo Padre ha saludado a monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española
Auna semana del Miércoles de Ceniza, el Santo Padre ha recordado a los fieles que este es un tiempo propicio para profundizar en el amor al Señor y examinar el corazón.
En su saludo a los peregrinos de lengua inglesa en la audiencia general de este miércoles, 11 de febrero, León XIV ha señalado que el inicio de la Cuaresma puede ser un tiempo para «profundizar nuestro conocimiento y amor por el Señor, examinar nuestros corazones y nuestras vidas, así como para volver a centrar nuestra mirada en Jesús y su amor por nosotros».
Además, ha animado a los fieles a encontrar en la oración, el ayuno y la limosna «una fuente de fortaleza en nuestro esfuerzo diario por tomar nuestra cruz y seguir a Cristo».
Saciar nuestra sed de sentido
En su catequesis sobre la Constitución Dei Verbum, el Pontífice ha subrayado que la vida y la fe de la Iglesia es el «habitat» natural de la Biblia, ya que es ahí donde «revela su significado y manifiesta su fuerza». Ha explicado que la Escritura «nació del pueblo de Dios» bajo el soplo del Espíritu para manifestar toda su fuerza en el seno de la comunidad. No se trata de un texto aislado, sino de un vínculo vivo que encuentra en la fe de la Iglesia su única «auténtica hermenéutica».
El Santo Padre ha recuperado la célebre máxima de san Jerónimo para advertir que «la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo». Para el Papa, leer la Biblia es entablar un «diálogo» donde Dios habla al hombre «como a amigos», transformando la lectura en una conversación íntima y personal. Esta relación es la que permite que la Palabra de Dios «sacie nuestra sed de sentido y de verdad» sobre la vida.
Finalmente, ha recordado que la Iglesia venera las Escrituras igual que el «mismo Cuerpo del Señor», ofreciendo a los fieles el «pan de vida» en la liturgia. La Palabra de Dios no es algo estático, sino una fuente «siempre nueva e inagotable» que empuja a la Iglesia más allá de sus fronteras hacia la misión.