Fundado en 1910

Josep Solé Coll lleva 20 años en Roma sirviendo a Dios con su música

Entrevista a Josep Solé Coll, organista titular de la basílica de San Pedro

«Si no está la mano de Dios, el talento no basta»: la potente confesión del organista catalán que pone música en el Vaticano

Josep Solé Coll, titular del órgano de la basílica de San Pedro, nos desvela en esta charla cómo es poner 'banda sonora' a las misas del Papa y por qué su oficio es, por encima de todo, «muy providencial»

Son las once de la mañana en la Vía del Monte della Farina, en pleno centro de Roma. En la sede del Coro de la Capilla Sixtina, el silencio está a punto de romperse con la llegada de los niños para el ensayo diario. Allí nos recibe Josep Coll Soler, un hombre cercano que empezó siendo monaguillo en un convento de Sabadell y que hoy, tras veinte años en la Ciudad Eterna, ostenta el título de organista de la basílica más importante de la cristiandad. Su camino hasta aquí lo resume con sencillez: ha sido, ante todo, algo «muy providencial».

Ser el organista titular de San Pedro no es solo una cuestión de técnica académica o de dominar manos y pies sobre las teclas y pedales de un instrumento histórico. Para Coll, el órgano es un ser vivo que «respira» y cuya misión principal es acompañar y elevar el alma de los fieles a través del arte. Desde 2018, su reto diario es ajustar esa 'respiración' a los tiempos de distintos Papas que, entre protocolos y movimientos, marcan un ritmo litúrgico siempre impredecible.

Pero tras la solemnidad que transmiten las naves vaticanas se esconde un hombre sencillo, casado y padre de dos hijos. Defiende la acción directa de Dios en el mundo a través del arte y sostiene que una pieza, ya esté perfectamente interpretada o no, tiene el poder de tocar el corazón de quien ya no tiene palabras para rezar, porque «si Dios quiere tocar el alma de una persona, puede hacerlo igualmente».

La fe: «fundamental» en la vida del músico

–¿Cómo empezó todo? ¿Cómo pasa usted de Sabadell a acabar trabajando para el Papa en el Vaticano?

–Todo empezó con una fuerte vocación de ser músico de iglesia. Crecí en ese ambiente porque mis padres tenían un pequeño coro en un convento de monjas en Sabadell. Allí nací y crecí prácticamente; primero como monaguillo y, más adelante, cuando las monjas se hacían mayores y yo tenía ganas de tocar, mi padre me pedía que lo hiciera algunos domingos. Después empecé a tocar en mi parroquia y, finalmente, me llamaron de la parroquia principal de Sabadell, donde había un órgano de tubos.

En 2004 decidí terminar la carrera y venirme a Roma. Lo que me pasó aquí fue siempre muy providencial: nada más aterrizar, el director del Pontificio Instituto de Música Sagrada me avisó de que una parroquia buscaba organista. Acepté el trabajo para pagarme los estudios y, poco a poco, se corrió la voz. Como el director del Pontificio era también el maestro de capilla de Santa María Maggiore, entré allí, aunque inicialmente como cantor. Con el tiempo, empecé a realizar sustituciones como organista.

–Existe la idea de que tocar el órgano es como tocar el piano. ¿Qué parte de la preparación de un organista no vemos o no imaginamos?

–Está la parte técnica, que es lo que se estudia en el conservatorio y con profesores particulares, pero lo que realmente distingue a un organista litúrgico, a parte de la vocación, es la experiencia. Ser organista de iglesia no es solo tocar un instrumento, sino saber acompañar a cantantes, a un coro o al sacerdote, y estar a las órdenes de un director. No puedes ir a tu propio ritmo; debes seguir las normas litúrgicas y seleccionar las piezas adecuadas para cada tiempo. Eso no te lo da la formación académica, te lo da «la calle», la práctica diaria.

–¿Considera la fe fundamental para un músico litúrgico?

–Fundamental es la palabra. Uno puede ser músico por sus cualidades, pero el organista litúrgico no solo transmite valores artísticos, también tiene que evangelizar con lo que hace. Eso solo se logra a través de una vivencia personal que, milagrosamente, se transmite en lo que uno oye.

El silencio es como las pausas en una composición musical; es parte de la ceremoniaJosep Solé Coll

La acción de Dios a través del arte

–¿Por qué el órgano sigue siendo el instrumento por excelencia de la liturgia frente a otros como la guitarra?

–El órgano tiene la característica de ser un instrumento de viento. Por eso se dice que el órgano es el instrumento que más se acerca a lo humano, por el hecho de que sopla, respira. Esa sería una primera idea y por eso ha sido siempre el instrumento litúrgico por antonomasia. Además, tiene una capacidad polifónica única para reproducir casi todos los sonidos de una orquesta, 'respirando' junto a los fieles.

La admisión de instrumentos diversos en el culto es un fenómeno relativamente reciente, impulsado por el Concilio Vaticano II hacia 1965. A partir de ahí, surgió una tensión entre lo que se considera propio del rito y lo que le es ajeno. Introducir elementos de carácter profano en el corazón de la celebración sigue siendo, hoy en día, un tema objeto de debate.

–Y con respecto a las piezas, ¿cómo las elige? ¿tiene 'carta blanca' en las misas del Papa?

–En las misas del Papa solo decido qué tocar al final; el resto está condicionado por el canto. Mi labor también es la de improvisar para rellenar eventuales vacíos, siempre intentando mantener el estilo de lo que se ha cantado. Si se canta un motete del Renacimiento, lo que yo toque debe ser coherente con ese estilo.

En otras celebraciones donde tengo más libertad, busco que la música se adapte al momento: algo solemne y más 'estático' al principio al inicio de la misa para abrirse al misterio; algo meditativo y reposado para el Ofertorio o la Comunión; y una pieza virtuosa y alegre, lo que los franceses llaman la sortie, para la salida.

–El silencio también tiene su peso. ¿Cómo conjugarlo con el órgano?

–El silencio es como las pausas en una composición musical; es parte de la ceremonia. En la liturgia actual podrían darse más momentos de silencio, es difícil encontrarlo, además del equilibrio, porque los tiempos no están tan medidos como antes. Antes, las piezas de polifonía clásica encajaban perfectamente con los movimientos del sacerdote, pero hoy las variables son muchas.

En la liturgia antigua, el coro y el sacerdote actuaban de manera independiente, pero en la práctica todo estaba muy bien calculado. Cuando cantabas un Kyrie de Tomás Luis de Victoria o un Gloria, la pieza solía terminar justo cuando la celebración alcanzaba la proclamación del Evangelio. No se sabe por qué magia, pero estaba todo perfecto.

Ahora es más complicado, porque los tiempos han cambiado. Con el Papa Francisco la celebración solía ser más larga; con Juan Pablo II, mucho más. Ahora, con el Papa León, es un poco más corta. Todo depende de muchos factores. Por ejemplo, el Papa Francisco iba en silla de ruedas y llegó un momento en que dejó de presidir él mismo la misa; entonces todo se agilizaba más, porque había un cardenal que se movía con mayor rapidez. Al final, son muchas variables las que influyen, por eso es difícil escoger una pieza.

Con Francisco, por ejemplo, sabíamos que un Ofertorio con él duraba unos seis minutos, y debemos ajustarnos a eso. También es una cuestión de modestia: es feo cortar una pieza a la mitad porque es demasiado larga o tener que añadir algo improvisado detrás de un genio como Bach.

–Se dice que la belleza es un camino hacia Dios. ¿Qué poder tiene la música para tocar el corazón de quien entra en la basílica?

–La música, como decía el poeta, expresa lo que uno no puede decir con palabras. Pero yo iría un poco más allá y hablaría de la acción de Dios a través del arte. Un coro puede cantar muy bien o menos bien; aun así, si Dios quiere tocar el alma de una persona, puede hacerlo igualmente.

Lo que no se puede menospreciar es esa acción de Dios a través del arte. Yo prefiero hablar de arte más que de belleza, porque lo que es bello para uno puede no serlo para otro. El arte es una expresión humana de sentimientos humanos, y todo lo humano, para los que creemos, está tocado por Dios.

Por eso uno tiene que ser creyente para tocar e intentar transmitir no solo la parte artística, sino también una vivencia personal. Muchos se han convertido a través de la música. El famoso Paul Claudel, por ejemplo, se convirtió en la catedral de Notre Dame de París, e incluso hay una placa en la columna donde se convirtió escuchando el Magníficat.

Es la intervención de Dios a través del arte, no solo de la música: también de los mosaicos, las pinturas… Cuando uno entra en una capilla y contempla, por ejemplo, El Juicio Final de Miguel Ángel, se percibe que, además del talento humano, hay algo más. Un hombre puede ser muy bueno, pero si no está la mano de Dios, el talento que te puede dar Nuestro Señor... no alcanza la misma dimensión.