Mónica García, ministra de Sanidad
Provida responden a Mónica García: «El síndrome posaborto no es política, es un daño real avalado por la ciencia»
Leire Navaridas, presidenta de Amasuve, una asociación que acompaña y visibiliza el trauma por el aborto, alerta del peligro que supone que la ministra de Sanidad niegue «las consecuencias reales»
El pasado martes, gracias a los votos de PP y Vox, la defensa de la vida recuperó su rumbo en la Comunidad de Madrid. El Pleno del Senado dio luz verde a una propuesta del partido de Santiago Abascal que permite que el Ayuntamiento informe sobre los efectos del síndrome posaborto en los centros de su competencia. Y es que, aunque PSOE y Más Madrid se negaron a reconocerlo, los síntomas de este trastorno llevan años documentados y avalados por numerosos estudios. Así, las mujeres que lo sufren pueden experimentar depresión, un profundo sentimiento de culpa, insomnio, alcoholismo y anorexia y bulimia, entre otras secuelas.
Tras dar la luz verde a esta iniciativa, Mónica García, ministra de Sanidad, criticó la aprobación porque, según su criterio, solo busca «infundir miedo» y no «informar». Asimismo, garantizó que PP y Vox, «ya indistinguibles», aprobaron en Madrid la difusión obligatoria de «mensajes falsos sobre un supuesto síndrome posaborto con mucha ideología y poca ciencia».
Además, continuó, no buscan informar, sino «infundir miedo a las mujeres en un momento tan difícil. Los problemas de salud mental están más vinculados a un embarazo no deseado que a su aborto», planteó en sus redes.
Tras sus declaraciones, Leire Navaridas, presidenta de Amasuve, una asociación aconfesional y apolítica que acompaña y visibiliza el trauma por el aborto, alerta del grave peligro que supone que la ministra de Sanidad en España niegue «las consecuencias reales del aborto provocado en la salud integral de la mujer».
En este sentido, Navaridas –que abortó cuando tenía 26 años– revela que después de los siete años que lleva acompañando a mujeres de todas las edades y condiciones socioeconómicas y puede afirmar con rotundidad que «el trauma posaborto existe». «Las madres que abortamos», confiesa, «no solo tenemos que enfrentarnos a la realidad de no ver nacer a nuestros hijos, sino que nuestra naturaleza humana queda profundamente dañada. No es política, no es religión, es un daño real. Y la ciencia lo confirma», revela desmintiendo las palabras de la titular de Sanidad, que además es médico.
Al hilo de esto, la presidenta de Amasuve respalda sus palabras con un estudio realizado en Canadá y publicado en la revista Journal of Psychiatric Research.
En él, los investigadores rastrearon y compararon durante 17 años –entre 2006 y 2022–, datos de más de 1,2 millones de mujeres que dieron a luz frente a 28.000 que abortaron. Aquí, asegura Navaridas, se pudo demostrar que «las hospitalizaciones por problemas de salud mental se duplican en quienes abortan». Tras este mismo estudio, apunta, el aborto fue asociado con «diversos problemas de salud mental», incluyendo la hospitalización por trastornos psiquiátricos, trastornos por consumo de sustancias e intentos de suicidio.
Además, subraya que puede afirmar que las consecuencias no son solo emocionales y psicológicas, sino que también existen «secuelas físicas». En este sentido, explica que muchas mujeres «sufrimos trastornos menstruales, sangrados persistentes, infecciones uterinas o posteriormente embarazos ectópicos, así como abortos espontáneos».
Uno de los principales motivos de esta reacción es la despreocupación del Ministerio de Sanidad, ya que «defiende la intervención, pero se despreocupa del seguimiento médico y psicológico de las mujeres a las que paga el aborto». En caso de hacer este seguimiento, asegura, García, descubriría que estas consecuencias «existen, son reales y con una incidencia muy alta».
A estas palabras añade que «la ciencia y la neurociencia ya han demostrado la transformación tan radical que vive el cuerpo de la mujer desde el mismo momento de la fecundación», puesto que se trata de un cambio real de su cuerpo a nivel hormonal, neuronal y estructural, como puede ser el propio aumento de pechos. Así, comenta que es «imposible» que una intervención tan violenta no afecte «a la salud biológica integral de la mujer. Y negar esta realidad es manipular a las mujeres. No informar sobre esta realidad es dar la espalda a las mujeres».