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Análisis científico de la enfermedad de Alzheimer en el hospitalGetty Images | Felipe Caparros Cruz

Un estudio revela que la pérdida de memoria puede comenzar en el intestino

Los científicos observaron que, al restaurar la actividad del nervio vago en ratones envejecidos, era posible recuperar su capacidad de memoria hasta niveles similares a los de animales jóvenes

El deterioro de la memoria asociado al envejecimiento podría comenzar en el aparato digestivo. Así lo sugiere un estudio experimental realizado con ratones que ha demostrado que la inflamación gastrointestinal y los cambios biológicos relacionados con ella pueden influir directamente en el daño cognitivo.

La investigación, publicada este miércoles en la revista Nature, ha sido desarrollada por un equipo internacional de científicos de centros de Estados Unidos y Europa. Sus resultados aportan una posible explicación de por qué, entre personas de la misma edad, algunas experimentan un mayor deterioro de la memoria que otras.

Los investigadores describen un proceso en tres fases que conduce a la pérdida de memoria. El primer paso se produce con el envejecimiento del sistema digestivo, que provoca alteraciones en la microbiota intestinal y cambios metabólicos. Posteriormente, las células mieloides del intestino detectan estas modificaciones y desencadenan una respuesta inflamatoria que acaba afectando a la comunicación entre el intestino y el cerebro. Esa conexión se realiza principalmente a través del nervio vago, una vía fundamental para transmitir señales entre ambos órganos.

El estudio aporta, además, un dato especialmente prometedor. Los científicos observaron que, al restaurar la actividad del nervio vago en ratones envejecidos, era posible recuperar su capacidad de memoria hasta niveles similares a los de animales jóvenes. Este hallazgo abre la puerta al desarrollo de futuros tratamientos destinados a frenar el deterioro cognitivo asociado a la edad.

La estimulación del nervio vago, de hecho, ya se utiliza en humanos en distintos países para tratar enfermedades como la epilepsia. Según explica Christoph Thaiss, uno de los autores del trabajo y miembro del Instituto de Investigación Arc de California, el objetivo es trasladar estos descubrimientos al ámbito clínico. «Nuestra esperanza es que, en última instancia, estos hallazgos puedan trasladarse a la clínica para combatir el deterioro cognitivo relacionado con la edad en las personas», señala.

Para comprobar la relación entre la microbiota intestinal y el envejecimiento cerebral, los investigadores diseñaron un experimento con ratones jóvenes, de dos meses de edad, y ratones viejos, de 18 meses. Ambos grupos fueron alojados juntos durante un mes. Al convivir y compartir el entorno, los animales jóvenes quedaron expuestos a la microbiota intestinal de los ratones más viejos y viceversa.

Tras ese periodo, los científicos analizaron los microbiomas de ambos grupos. Comprobaron que los ratones jóvenes habían desarrollado microbiotas más similares a las de los animales de mayor edad. Posteriormente evaluaron su rendimiento cognitivo mediante pruebas de reconocimiento de objetos y tareas de orientación en laberintos. Los ratones jóvenes con microbiomas envejecidos obtuvieron resultados similares a los de los ratones viejos, lo que indicaba un deterioro de su función cognitiva.

Sin embargo, cuando los investigadores trataron a estos animales con antibióticos para restaurar su microbioma original, los ratones recuperaron niveles de memoria comparables a los de individuos jóvenes.

El estudio también analizó el comportamiento de ratones libres de gérmenes. En estos animales, el deterioro cognitivo asociado a la edad se producía de forma más lenta que en aquellos con microbiotas típicas del envejecimiento. Este resultado refuerza la hipótesis de que ciertos microorganismos intestinales desempeñan un papel clave en el proceso.

Entre ellos, los investigadores identificaron una bacteria en particular: Parabacteroides goldsteinii. La presencia de este microorganismo aumenta con la edad y provoca una inflamación que altera la función del nervio vago, contribuyendo así al deterioro cognitivo. Cuando los científicos introdujeron esta bacteria en ratones jóvenes, los animales mostraron un peor rendimiento en las pruebas de memoria.

En cambio, al tratar a ratones viejos con una molécula capaz de activar el nervio vago, los resultados cognitivos mejoraron notablemente. En las pruebas realizadas, el rendimiento de estos animales se volvió prácticamente indistinguible del de los ratones jóvenes.

«Nuestro trabajo demuestra que la correcta señalización del intestino al cerebro, a través del nervio vago, protege a los ratones contra el deterioro cognitivo relacionado con la edad», concluyen los autores del estudio.

La estrecha relación entre intestino y cerebro tiene también una explicación evolutiva. El tracto gastrointestinal fue uno de los primeros sistemas orgánicos en desarrollarse a lo largo de la evolución, por lo que muchos de los procesos cognitivos del cerebro habrían sido moldeados, en parte, por las señales procedentes del sistema digestivo. Este vínculo, según los científicos, podría ser clave para comprender mejor el envejecimiento cerebral y diseñar nuevas estrategias terapéuticas.